Son ladrones de valores

Son ladrones de valores

La historia es un círculo vicioso. El tiempo lo demuestra. Cómplice y aséptica, es incapaz de despertarnos la conciencia e inconscientes, repetimos nuestros fallos e inhalamos más vergüenzas. Señores, aún hay terroristas.

El capitalismo de consumo y el fundamentalismo religioso, como imanes opuestos, se retroalimentan en un contexto de debilidad política, económica y social. El ser humano, mermado, busca refugio, porque la crisis de valores afecta a su sangre, bombea dudas e inseguridades que encuentran oxígeno en las extremidades.

Como un grano de arena, el ser humano se pierde en un desierto consumista, en un mar de inmediatez, comercio y globalización. Adormecido por la heroína electrónica, olvida fronteras pero anhela su tierra. Olvida el pasado pero extraña tradiciones, critica el presente y teme el futuro. El pensamiento crítico se hace vulnerable, se pierden valores, se llenan orgullos. Un salvaje libre albedrío en el que los fundamentalistas encuentran cobijo para sus ideas… y se adueñan de valores.

Tras el 11-S, el miedo se afianzó como la mejor, más fácil y económica arma. Se quebró la sensación de seguridad y las fronteras quedaron rotas por los cielos, la burbuja se rompió y la reticencia se instauró. Racismo, sectarismo, xenofobia, nacionalismo… son muchos los escalones que llevan hasta Trump. El miedo a un color de piel, a una mochila en una estación de metro, a un dialecto en una plaza abarrotada… y se suscita el odio, se afianzan así los extremos a todos los estratos: ante el consumismo y la comida rápida, la vida healthy o la vegana. Ante una cultura diferente, el rechazo indiferente. Y se abren las puertas de la frustración.

Una sociedad de millennials narcisistas ahogados en redes sociales que banalizan las rutinas e intoxican sus neuronas. Una sociedad con sobrepeso y de extrañas nuevas enfermedades. Partidos novatos, otros demasiado ancianos, la visión de una Europa pasiva, hipocresía occidental. Y precisamente esa conciencia fragmentada, rota y distorsionada que maldicen los yihadistas, es la que ellos necesitan para llenar sus armas. El terrorismo islámico ataca a un mundo moderno que sin embargo parece viejo.

La Unión Europea se enfrenta a una sociedad en parte mermada, sobreexcitada y sobrepoblada que teme más caballos de Troya. Las políticas de integración – si es que son de integración – no funcionan y mientras media Europa observa el ascenso de los conservadurismos como en Francia, Hungría o Polonia;y populismos como en Italia o España.

Y ante la estampida de consumo, publicidad, redes sociales y banalidad, surge el eco de unos refugiados que desaparecen entre las páginas de los periódicos. Una sociedad muy fácil de criticar y muy fácil de tergiversar. Blanco sencillo de terroristas que buscan en la red adeptos a su falsa fe. Botín para ladrones de valores.

Mientras, Washington se blinda. Lanza la piedra y esconde la mano ultimando su  normativa sobre perfiles de Internet para acceder a sus fronteras. Según algunos, extralimitándose y atentando contra la liberta de expresión; según otros protegiendo y asegurando la región. Pero, ¿qué se espera de un país, sociedad y presidente que antes que dialogar con el pirata armamentístico prefiere comercializar con mochilas transparentes en los colegios?

El estilo de vida occidental, que el devenir está instaurando, sirve de excusa a los fundamentalistas para captar jóvenes y reafirmar su causa. Éstos, frustrados, desubicados y cansados, aceptan un futuro inmediato de falsa gloria para sentirse integrados, para ahogar sus rabias y para encontrar salidas. Europa, ahora, debilitada y fragmentada, observa desde lejos el proteccionismo americano.

En situaciones de crisis la sociedad se divide, inevitablemente. Surgen radicalismos, anarquismos y activismos. Si a esta fisión se le agrega el miedo al terrorismo, que desemboca en miedo al Islam y a su color de piel, el fracaso de todo sistema político y el deterioro de los valores desemboca en esta situación de inseguridad constante. Todo es global. El miedo también. Son reacciones intrínsecas al ser humano.

Cabe intentar, puesto que Internet ha tomado el relevo de muchas conciencias, utilizar esas armas de las que se adueñan los ladrones de valores para difundir otros mensajes. La opinión pública es vulnerable para ambos bandos, y es un valioso recurso, en ocasiones olvidado, en otras malinterpretado.

En este sentido, los medios de comunicación tienen más objetivos que los de informar. También pueden formar, por que tras el McMundo vendrán otros, ni peores ni mejores, simplemente otros, con sus contextos, con sus amenazas. Urge un cambio de estrategia, al menos publicitaria, para dejar atrás esa visión pasiva, cínica y fría de Europa. Los valores fluctúan, se piensa menos y se reacciona más ante una pérdida de identidad e integración. Para la siguiente, más psicología y más educación.

Carmen Corazzini
Carmen Corazzini

Periodista, chica del tiempo, cazadora de terroristas, cinéfila y presentadora.

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