Recuperar la mirada para reconectar

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Fuente: Marina Vitale/ Unsplash

Disfruto conversando. Soy una persona habladora (posiblemente demasiado), pero también sé escuchar y creo que no hay mayor aprendizaje que el que nace de la escucha activa y la observación. Pero a veces hay demasiado ruido de fondo, nuestra mirada solo enfoca al suelo o se pierde en distracciones vacías…  ¡Y nos perdemos tanto!

«Seguimos perdiendo oportunidades de conexión, olvidando que nuestra esencia humana necesita alimentarse de los otros»

También necesito el contacto físico como una forma más de comunicación, de expresión, de modo que me resulta extraño comprobar que cada vez nos cuesta más compartir nuestro espacio y en muchas ocasiones el acercamiento se percibe como una amenaza o una invasión molesta y vamos reduciendo el círculo de aquellos a los que permitimos el acceso. De forma que seguimos perdiendo oportunidades de conexión, olvidando que nuestra esencia humana necesita alimentarse de los otros.

Me encanta viajar en el metro y observar. Intentar descifrar miradas, gestos, labios que dibujan palabras, manos que reflejan trabajo duro, manos de artista, lecturas, besos, alguna música de fondo. Y empiezo a imaginarme pequeñas historias con esos protagonistas anónimos. A veces, alguna de esas miradas que no está perdida en una pantalla se cruza con la mía y, curiosamente, surge una tímida sonrisa de complicidad, que me hace sentir que no soy un bicho raro.

Detrás de cada persona que nos cruzamos hay una vida, una familia, sueños, luchas, victorias, preocupaciones, inseguridades o alegrías. Somos mucho más parecidos e interdependientes de lo que nos creemos; nuestra esencia nos conecta y nos iguala pero, sorprendentemente, nos cuesta reconocernos así. Quizás nuestro ego se resiente, o no nos gusta sentirnos expuestos y vulnerables, de forma que creamos barreras invisibles que nos aíslan, para encontrarnos absurdamente protegidos. Pero en esa actitud solo se acumulan oportunidades perdidas: de descubrirnos, vernos reflejados en el otro, complementarnos y aprender juntos. 

«Cuando recuperas tu capacidad de observar de nuevo como un niño, reconectas»

Cuando somos niños, nos empapamos de todo cuanto nos rodea y a través de esa mirada curiosa, sin filtros y limpia, entendemos el mundo y conectamos con él. Y así crecemos y nos desarrollamos como seres espontáneos, creativos y absolutamente sociales. Pero en algún momento esa mirada se pierde, y vamos desconectándonos, poco a poco.

Esa forma de mirar está dentro de nosotros, solo hay que sacarla del desván y ponerla a punto. Y creo que cuando recuperas tu capacidad de observar de nuevo como un niño, reconectas. 

Últimamente me vengo cruzando en el camino con personas increíbles, que están enriqueciendo muchísimo mi vida personal y profesional, de forma inesperada. Algunas habrán llegado para quedarse, otras seguirán su rumbo, dejando un buen sabor de boca y momentos compartidos. Y ahora entiendo que no es que los astros se hayan alineado, o que en nuestro destino estuviera escrito encontrarnos precisamente ahora, sino que simplemente me he abierto a que suceda y está sucediendo. Porque nunca dejó de haber, por todas partes, personas especiales por descubrir. Como las que ya estaban, están y seguirán estando en mi vida. Pero durante mucho tiempo dejé de prestar atención, “no tenía tiempo”, el ruido de fondo no me dejaba escuchar o mi mirada se perdía entre el suelo y la pantalla. 

El filósofo y escritor Jaime Vélez, analizando la concepción que ya en el siglo IV a.C. Aristóteles tenía del ser humano como “ser social por naturaleza”, exponía: 

“La verdad más profunda del ser humano es realizarse con los otros semejantes a él, porque existir es coexistir, es decir, existir con otro, sin lo cual no se vive humanamente (…)” 

Y el historiador Ulises Orellana profundizaba:

“Por tanto, la realidad comunitaria, es el centro en el cual el ser humano puede desarrollar sus cualidades y potencialidades al máximo, puesto que las acciones humanas no pueden ser estrictamente individuales, sin conexión con la comunidad. En este sentido, se descubre que el hombre es un ser para vivir con el otro; pero esta misma afirmación no anula su dimensión individual, sino todo lo contrario: lo comunitario no anula el ser propio de cada persona, pues se conserva la autonomía sin perder la unión con los otros”. 

En un programa de emprendimiento social hace unos meses, reflexionábamos sobre “la alegría de dar”. El cómo nos descubrimos disfrutando más de entregar a los otros, por ejemplo, un regalo, que de recibirlo. Pero yo creo que el verdadero descubrimiento está en la “alegría de darse”, que va mucho más allá. Porque intentar entregar tu mejor versión es diferencial.  

«Aceptar los defectos de los demás desde la humildad de reconocer nuestras múltiples imperfecciones y enriquecernos en cada interacción»

Puede empezar con un gesto, una sonrisa, un buenos días mirando a los ojos, o un ¿cómo estás? sincero. Pararse a escuchar al otro, intentar comprender, animar en un mal momento, reconocer un logro, celebrar su alegría, ser amable. Poder expresar nuestras emociones con naturalidad, aceptar los defectos de los demás desde la humildad de reconocer nuestras múltiples imperfecciones y enriquecernos en cada interacción. Es gratis, es fácil y absolutamente gratificante.

Alguien escribió que “eres lo que los demás dicen de ti cuando te vas”, pero no estoy de acuerdo, no somos palabras en boca de otros. Yo creo que somos lo que hacemos sentir cuando estamos

Totalmente en esta línea y volviendo a Ulises Orellana, añade: 

“En esa relación con el “otro”, se habla no de compartir un espacio o compartir lo material; lo que está de fondo es más profundo: es compartir la vida misma, darle al otro lo que somos, es crear un vínculo de relaciones interpersonales tan profundas, que se vean reflejadas en un vivir, donde la comunión es el factor clave en todos los sentidos. Una de las pautas que pueden servir como termómetro para medir si una persona realmente se realiza sin ayuda de los demás (que sea dicho de paso, no es posible), es ver qué tanto es feliz encerrándose en sí misma. Y en esta situación se cae inmediatamente en una contradicción, porque cuando alguien es feliz, no puede quedarse esa felicidad para sí, sino que es compartida, esto es, se da a los demás”.

«Podríamos empezar por levantar nuestra mirada, escuchar y sonreír más»

Hace poco anoté otra frase que me gustó especialmente, desconozco su autor: “Son las relaciones humanas las que definen el tipo de sociedad en la que nos encontramos”. Creo que está en nuestra mano construir esa sociedad que queremos a través de nuestras relaciones, con los demás y con el entorno que compartimos. Quizás deberíamos recuperar nuestra capacidad de comunicarnos. Podríamos empezar por levantar nuestra mirada, escuchar y sonreír más. Abrirnos a conectar y apreciar la diferencia. 

Otra particularidad del ser humano es que se trata de la única especie que es consciente de su finitud: es decir, sabe que su paso por la vida es temporal. De modo que, quizás, estaría bien empezar cuanto antes.

Alicia Sánchez
Alicia Sánchez

Psicóloga, especializada en estrategia empresarial, coaching y emprendimiento.

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