El reír de los ojos de mi padre

Creo que nunca había conocido realmente a mi padre hasta que vi como miraba por última vez esa habitación. Hasta que vi ese dibujo que hizo con la mirada, hasta que vi cómo me miró y como salió de la 4353. Como si algo en él hubiera cambiado, algo pequeño, pero algo que con el tiempo iba a ser muy grande. 

De hecho, parecía que para todos se había modificado algo. A mí, de repente, me apetecía que me abrazaran. Dormir acompañada. Sentir alguien al lado, y entregarle mis pensamientos mientras dormía. 

A mi hermano le vi crecer de golpe el día de su cumpleaños. Y mientras me preparaba patatas fritas y me sacaba de la cama ese domingo, vi que me conocía como nadie. Que nos habíamos convertido en grandes compañeros de viaje. 

A mi madre la vi amar. La vi amar de la manera que yo quiero amar algún día. Y mientras nos cogía de la mano, se enamoraba un poco más de mi padre. 

Esta es la primera vez que escribo sobre él. Le miré a los ojos empañados de lágrimas y supe quién era mientras empecé a perdonarle la adolescencia incomprendida. Agarré sus manos temblorosas y acaricié el dedo herido mientras observaba el cambiante color de sus labios. Ese día se grabó en mi memoria el grave tono de su voz diciendo: ¿No tengo ninguna llamada aún? Yo ya hubiera llamado. 

Vi el miedo en su rostro y su vértigo en la mirada al aparecer por la puerta – conduje veinticinco minutos con mi moto de 50cc cruzando toda la ciudad de Barcelona, pasando por el semáforo que mi padre había dado dos volteretas y nunca he vuelto a acordarme de cómo llegué hasta allí.

La melancolía invadió su silueta física, pero su risa era aún más auténtica y supe porque lo había llegado a admirar tanto: yo era una niña de papá con una rebeldía parecida a la de papá. Le había bautizado mi guía y todas esas expectativas desde la admiración y la luz que sabía verle murieron. Y me decepcioné. Busqué en los amores de mi vida resolver esos conflictos y esos silencios al reclamar porqués. Pero no estaba en ellos, estaba en la relación con mi padre, en aquel pasado resentido y orgulloso. 

Mi padre me ha dado lo más humano que sé de la vida.

Me ha dado el cómo mirar, el cómo amar con lo más sano del alma; me ha dado el carácter, para poder ser una soñadora, y me ha dado la esperanza de ser todo aquello en lo que creo. Me ha dado la sensibilidad que él tiene guardada. Me ha ayudado a creer en la familia y en el éxito. Me ha enseñado a valorar lo pequeño y a querer las imperfecciones de alguien. A amar a un ser por cómo ve, hace y crea su mundo. Así, que comprendí que si a partir de mi primera menstruación, revolución hormonal y rebeldía innata no había sabido tratarme, no había sabido hacer lo que yo esperaba de un padre, de mi ideal de hombre, es que igual no sabía hacerlo de otra manera y que en lugar de juzgar lo que hacía, tenía que aceptar su manera de crecer y pedir perdón. Y ahí, dejé de tener miedo a los hombres y a mí misma amando a alguien. Me perdoné por haber esperado tanto -empezando por mi padre – y dejaron de aparecer esos patrones de comportamiento que solo estaban atrapados en la niña de dieciséis años que fui. 

¿A cuántas cosas de más y sin sentido les damos valor e importancia? ¿Y lo de siempre? ¿Los que te han hecho ser casa entre Rolling y ACDC? ¿Los que te han salvado de las aguas más valientes? ¿Qué? Pues son importantes. 

Guardar, exactamente, en la memoria el iris de tu padre es importante. Saber la dirección en la que él remueve el azúcar, comprar manzanas camuesas a su manera, cuidar en el tacto la textura de sus uñas, y recordar todos los VHS que te grabó es importante. 

Ser la mujer que quieres ser desvinculándote de los ideales femeninos y masculinos es importante.

Los referentes huelen a sobrevalorado y los traumas viven mejor en el cielo; y que tu padre sea tu padre y los amores de tu vida sean lo que tienen que ser, también es importante. 

Esa 4353 se quedó con una parte de la historia, con silencios heroicos y horas sin tiempo. Se quedó con un paisaje de nubes vacías y un olor a papel vegetal. Allí no reían sus ojos, después, entre algunos cojines a rallas tampoco aún, pero ya empiezan a reír. Yo sé que reirán mucho más sus ojos y que sus manos volverán a moverse con la misma intensidad y con el énfasis de su ser. Reirán sus ojos. Reiré al miedo que sentía al chillarme y a todas esas lágrimas que se sentían rechazadas.

Reiré con el reír de los ojos de mi padre. 

Mer Calduch
Mer Calduch

Actriz y creadora de cine, teatro y televisión.

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