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Decir no con las piernas es decir no con la boca

Fuente: Nicolas Ladino Silva/ Unsplash

Cuando llego a casa está él, sentado en el sofá. Ojos vigilantes. Ojos abiertos, intensos, violentos. Tiene los ojos rojos, o así se los veo yo, todo él es rojo y tiene fuego en la sangre. 

Me mira, me observa, me grita. 

Me dice que se me ven las bragas y que voy borracha. 

-¿De dónde vienes?

-De estar con unos amigos 

-¿Y vas así por la calle con tus amiguitos?

-Sí,  ¿qué pasa? 

-Que se te ven las bragas, ridícula, debería darte vergüenza. ¿Qué amigos?

-Del barrio, no les conoces.

-¿Cómo? ¿Que no les conozco? ¿Qué respuesta es esa?

Empieza el bucle, me quedo en mi sitio. No me rebajo, no me dejo avergonzar más. Me meto en la cama e intento dormir con el mismo vestido con el que se me ven las bragas. Él vuelve, no se cansa. Si se me ven las bragas las tiene que ver solo él.

Entre mis pensamientos me encuentro negándome a acostarme con él, con un ligero matiz de culpa y sensación de tristeza. Me da pena que se enfade tanto, está intentando arreglarlo, él lo pasa muy mal. 

Cedo. Sé que si digo que no, será peor, aguanto un momento y que se desfogue. Será rápido. 

“Comienza a besarme con rabia, como un animal furioso. Me agarra las muñecas y las coloca debajo de mi cabeza. Me hace daño”

Me siento incómoda. No quiero. Empiezo a decirle con el cuerpo que no me apetece. Le doy la espalda, le quito sus manos de mi pecho, le aparto la cara… pero no hace amago de entenderme, ni mucho menos de escuchar mi cuerpo, que habla más que mi boca. Así es que le digo con los labios que no quiero. Que pare. Mi voz retumba en la habitación. Pero ni se inmuta. Está pensando en el hecho de meterla y correrse. No es la primera vez que siento que soy un simple agujero. Que mi placer no importa y que tengo que quedarme callada. Tampoco es la primera vez que le digo que no y que acabo llorando mientras me “hace el amor” como un puto perro. 

Ya no me da pena y la culpa se convierte en rabia. -SUÉLTAME JODER- Grito. Parece que le gusta que grite y yo cada vez más angustiada intento que me deje en paz, pero eso le pone cachondo (Qué daño han hecho las 50 sombras de ese gilipollas).

“No debí haber cedido desde un principio”

¿Pero qué estoy diciendo? Puedo decidir más tarde y decir que me está haciendo daño. Pero no me escucha, soy un vacío. Estoy en el vacío.

No paro de gritar, grito. Grito asustada. Mi boca, mi corazón y mis manos están gritando. Pero no me escucho. Él tampoco. Soy un silencio. Estoy en el silencio. 

¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿En qué momento he dejado que mi voz se quede dormida? Que mi voz no reproduzca un sonido, un temblor, una nota musical. Ya no puedo cantar, ni bailar, ni irme de copas, no puedo sonreír, ni tener una conversación interesante. No puedo porque estoy muerta. 

Muerta. Por dentro y por fuera. Este mismo día en el que estoy gritando, mi marido me coge con fuerza para empotrarme y violarme como casi todos los días (hoy un poco más agresivo, pero a mí nunca me apetece).

En este mismo día en el que os estoy hablando, con mi voz quebrada pero pudiendo salir de la garganta, mi marido me mata por decimoquinta vez. Hoy falla, y caigo mal. El golpe en la cabeza contra la mesilla de noche me deja más muerta que ayer. Y ya no hay mañana. 

“Ya no hay nada. Solo desvanezco, y pienso en las veces que pude huir y no quise”

Ya no hay nada, decidle a mi madre que no hay nada, que hice lo que supe hacer. Seguiré en su memoria y mi recuerdo seguirá gritando y susurrando que somos libres. Que un “no” con el cuerpo es un “no” con todas las LETRAS. Que un “no” con la boca es un “NO” con las piernas.  

Clara Chacón

Actriz de cine, TV y teatro. La revolución y el cambio está en el arte.

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