Desde que leí Mira las luces, amor mío (Editorial Cabaret Voltaire) hace un par de años —un ensayo-diario que Annie Ernaux escribió en 2021—, no he dejado de pensar en él cada día. Sobre todo en Navidad, Reyes y demás festividades que han olvidado su motivo principal de celebración para centrarse en el caos, las prisas y el consumismo voraz, desmedido, que ya fagocita casi cualquier aspecto de la vida.
Todo lo que un día fue ya ha dejado de ser y nunca volverá. O no, al menos, de la misma forma.
Lo hará, pero arrasando cualquier resquicio de lo que era y convirtiéndolo en algo peor, perfecto para encajar con las intenciones pretendidas.
Esa sería, quizá, mi lectura de este libro, aunque no sé si sería también la de Ernaux cuando lo escribió. Solo sé que es una crítica brutal y acertada de lo que somos, lo que queda y lo que será. El abismo al que ya nos hemos asomado e iremos cayendo poco a poco. Lo que hemos roto, inutilizado y nos hemos atrevido a llamar «avance y progreso» sin ningún miramiento, conciencia o remordimiento.
La creación de cajas de autopago para agilizar la compra a costa de puestos de trabajo —que comenzaron a surgir por primera vez en los supermercados Alcampo, protagonistas de este ensayo— ha propiciado en los últimos años el despido de parte de la plantilla debido, precisamente, a este modelo de autocobro, en el que, por cada siete cajas de autopago, se necesita una sola persona física para supervisar el correcto funcionamiento, prescindiendo del restante equipo humano.
A ello se suma la zona gourmet de los supermercados para separar la clase «pudiente» de la que solo puede acceder a descuentos y ofertas; la zona de prensa y libros, cada vez más reducida y dedicada a best sellers; y la recogida de alimentos para los más desfavorecidos a la entrada del súper, a lo que Ernaux se refiere como un «mercado de pobres expuesto a plena luz», con esa «caridad sana» que solicitan los voluntarios mientras recuerdan que ya no quieren más paquetes de pasta.
Y la «magia de la Navidad», basada en las luces, la decoración, los carros a rebosar, la montaña de regalos, comprar la felicidad (propia y de los niños) a golpe de juguetes. La sociedad hiperregalada. El ciclo vital e incansable de cada año.
El check de fin de año cumplido: comida, cena, fiesta, regalos. Todo a cualquier precio.
«Hacer feliz a su nieta. En el mundo del hipermercado y de la economía liberal, querer a los niños es comprarles lo máximo posible», escribe la autora al vislumbrar la escena de una abuela cogiendo varios regalos de Navidad para su nieta, incluso sin estar del todo convencida.
Juguetes que, por supuesto, continúan con el sesgo sexista, año tras año, con colores nada escogidos al azar y estratégicamente colocados para que niños y niñas no se crucen en el mismo pasillo, sino que cada uno tenga el suyo propio. Para que ninguna niña se quede delante de los coches, los superhéroes o diversos elementos de combate; ni ningún niño se aproxime a las cocinitas, a las muñecas ni a los sets de maquillaje y complementos.
Lo rosa bien destacado para el cerebro infantil femenino. Todo ello alejado a años luz del potente azul masculino.
El 7 de enero pienso en lo que escribe Ernaux… en las estanterías de los juguetes a mitad de precio, en las montañas de los descuentos destacados en amarillo, donde ya nadie busca, ni siquiera como regalo para las próximas Navidades, y que irán a coger polvo a los almacenes a la espera de una nueva ocasión. Hoy ya toca otra cosa. Las sobras del Roscón, las devoluciones de regalos hechos y recibidos por compromiso, la espera de las rebajas de enero.
La rueda de hámster, el bucle anual.
«En el centro comercial, no se mide el tiempo. No está inscrito en el espacio. No se lee en ningún lado. Se sustituyen las tiendas, se trasladan las secciones, se renueva la mercancía, cosas nuevas que no cambian fundamentalmente nada. Que siguen siempre el mismo ciclo, de las rebajas de enero a las fiestas de fin de año, pasando por las rebajas de verano y el comienzo del curso escolar. En este momento, franquear una de las puertas del centro es caer brutalmente en la efervescencia y la trepidación, el resplandor de los objetos, todo un mundo insospechado cuando aún estamos en el exterior, muertos de frío en el parking, frente a ese Kremlin de ladrillo».
