La nostalgia no siempre es un recuerdo amable. A veces aparece como una presión en el pecho, como la certeza de que algo cambió sin pedir permiso. No duele por lo que fue, sino por lo que ya no somos.
Hay un momento en el que entendemos que hemos cambiado. No porque lo hayamos decidido, sino porque la vida avanzó. Y con ese cambio aparece el miedo: dejar atrás versiones de nosotras que fueron refugio, identidad, sostén.
Nuestra generación no solo extraña el pasado, sino el futuro que imaginó.
Crecimos creyendo que había tiempo, que las respuestas llegarían solas. Hoy convivimos con la incertidumbre, la comparación y la sensación constante de estar reconstruyéndonos.
Extrañamos a la mujer que fuimos cuando el error pesaba menos y el tiempo no se sentía tan urgente. Aceptar que esa versión ya no existe es un duelo silencioso, uno que no siempre sabemos nombrar. Dejar atrás lo que fuimos no es un acto heroico. Es una pérdida.
Nos enseñaron a crecer, pero no a despedirnos de nosotras mismas.
Soltar da miedo porque implica avanzar sin mapas. Confiar en lo que viene cuando todavía no sabemos quiénes seremos. Y esa confianza no siempre está disponible.
Por eso la nostalgia a veces se vuelve refugio. No para quedarnos, sino para recordar que lo que fuimos fue real y necesario. Que esas versiones hicieron lo que pudieron con lo que sabían.
Tal vez crecer no sea abandonar el pasado, sino integrarlo sin que nos detenga. Quizás no se trate de dejar atrás lo que fuimos, sino de honrarlo.
Entender que cambiar no es traicionarnos, sino hacer espacio.
Mirar a esas versiones con gratitud y decirles: gracias por traerme hasta aquí. Aprender a caminar con miedo sin permitir que nos detenga, confiar en que incluso en la incertidumbre existe una nueva forma de sostén.
Porque, aunque el pasado duela, no nos ata.
Y aunque el futuro asuste, también nos espera.
Seguimos siendo hogar, incluso cuando estamos cambiando.


