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Homenaje a las mujeres que lucharon en silencio

mujeres que lucharon en silencio

Nació en Madrid, en diciembre de 1937, en plena Guerra Civil. Nunca conoció a su padre, porque murió antes de que viniera al mundo y su ausencia marcaría no solo su infancia, sino el resto de su vida. No tiene recuerdos de la guerra en sí, era solo un bebé, pero sin duda sufrió sus consecuencias: la escasez, la amargura y la pérdida que deja a su paso, la necesidad y la falta de oportunidad. Su madre era una buena mujer, curtida por la vida, protectora en exceso y fuerte por obligación. Una superviviente luchando por sacar a sus dos hijas adelante, austera en expresar sus sentimientos y demasiado orgullosa para mostrarse vulnerable. 

Aún así, recuerda su infancia como una etapa feliz, desde la mirada inocente e ingenua de una niña que necesitaba muy poco para serlo. Fue creciendo, tímida pero avispada, obediente, inteligente y aplicada en la escuela, con gran inquietud por aprender.  Pero cuando apenas entraba en la adolescencia, tuvo que dejar sus estudios, como ya hiciera su hermana mayor, para aportar con su trabajo a la precaria economía familiar. Y fue difícil, porque adoraba ir al colegio cada día, donde tenía sus amigas, su espacio para crecer y soñar. Entendió que era su deber y asumió esa nueva vida sin objeciones, no había opción. Y tuvo que crecer de golpe.

“Su historia de amor no empezó como las que llenaban las páginas de las novelas románticas”

Empezó como aprendiz en una peluquería, barriendo, lavando y conociendo el oficio desde cero, trabajando duro. Pero su sentido del esfuerzo, su capacidad de aprendizaje y su motivación, hicieron que en unos años se convirtiera en una gran profesional, parte del equipo de un reconocido salón de belleza. Era una mujer capaz, bella por dentro y por fuera, que había conseguido dar la vuelta a la situación y labrarse un futuro. 

Un joven la rondaba desde hacía tiempo y ella era consciente de que ya tenía edad de ir pensando en formar una familia; era lo que se esperaba de ella y lo que toda mujer deseaba, ¿no?  Su historia de amor no empezó como las que llenaban las páginas de las novelas románticas, sino de forma discreta, desde el cariño y sin demasiadas pretensiones por su parte. Pero se convirtió en un bonito camino juntos y en un proyecto de vida. Se casaron, sintiéndole aún un poco extraño, con cierto miedo a lo desconocido, porque la intimidad y la pasión nunca tuvieron cabida antes del matrimonio. Y tampoco ocuparon demasiado espacio en sus vidas después, ya que una buena hija como ella no dudó un instante en llevarse consigo a su madre para no dejarla sola. Era la hija menor, era su responsabilidad y la quería por encima de todo. 

“Se entregó por completo a los suyos y fue feliz, porque su felicidad estaba en la de su familia”

Pronto tuvo que renunciar a su profesión, porque resultaría incompatible con sus nuevas responsabilidades familiares, con la dedicación a sus hijos, a su madre, a su hogar y a su esposo. Él se encargaría de trabajar duro para darles lo mejor. No fue fácil dejar de lado sus sueños de nuevo, pero así eran las cosas y así debían ser, de modo que volvió a aceptarlo sin objeciones. Y dedicó toda su energía e ilusión a esta nueva etapa de su vida, se entregó por completo a los suyos y fue feliz, porque su felicidad estaba en la de su familia. Crió con amor a sus tres hijos, mientras se esforzaba en ser la mejor esposa para su marido, que era un hombre bueno, trabajador y un gran padre, al que sus obligaciones mantenían demasiado tiempo fuera de casa. Cuidó de su madre hasta el último minuto y lloró sin consuelo su pérdida tras una larga y dura enfermedad.

Sus hijos crecieron alegres y sanos, se esforzaron para darles una buena educación y fueron encaminando sus propias vidas, dejando el hogar que habían construido. Se sentía absolutamente feliz por ellos y orgullosa, afortunada por todo lo que la vida le había dado, con un buen compañero a su lado al que quería profundamente, pero vacía. Quizás era el momento de recuperar su tiempo y su espacio, de dedicarse a descubrir aficiones, a reencontrarse con su marido, a disfrutar de esta nueva etapa juntos. Pero pronto llegaron los nietos y empezaron a llenar de nuevo su vida de alegría, a ocupar sus horas, su corazón y su casa. Y volvió a entregarse por completo, porque sentía que al fin y al cabo su vida ya estaba hecha y que su felicidad estaba ahora en apoyar a sus hijos, para que pudieran desarrollarse profesionalmente mientras formaban sus propias familias, sin tener que renunciar a nada. 

Hasta que los nietos también crecieron, la vida pasaba rápido y los años empezaron a pesar, para los dos. Y ahora ya es complicado recuperar su tiempo y su espacio. Hoy se esfuerza por ser la mejor esposa para su marido y por hacerle este capítulo de sus vidas lo más feliz posible. Porque ahora es él quien más la necesita. Disfruta las pequeñas alegrías e intenta guardarse sus penas y llorar por dentro, porque son suyas y no quiere preocupar a sus hijos, sólo verlos felices siguiendo sus caminos. Sigue ejerciendo de madre y abuela entregada y orgullosa siempre que tiene ocasión y exprime esos momentos, que son una inyección de energía y le hacen sentir que su vida realmente ha merecido la pena. Y los días difíciles mira hacia atrás, da las gracias por todo lo vivido y coge fuerzas para continuar su vida de la mano de su compañero, con su mejor sonrisa. 

“Hay miles de pequeñas heroínas, aquellas que no se limitaron a resignarse, sino que renunciaron a vivir sus propias vidas para entregárselas por completo a los suyos”

La historia está llena de grandes mujeres que marcaron un antes y un después, mujeres que tuvieron el coraje de romper moldes, que se entregaron a grandes causas y a las que tenemos sin duda que reconocer y agradecer su legado. Pero también hay miles de pequeñas heroínas, aquellas que no se limitaron a resignarse, sino que renunciaron a vivir sus propias vidas para entregárselas por completo a los suyos sin esperar nada a cambio. Mujeres que vivieron una época sin opciones, donde los valores les venían impuestos y el qué dirán las acorralaba, donde no fueron libres para elegir, no fueron dueñas de sus vidas y ni siquiera de su sexualidad. Tuvieron que crecer demasiado rápido y dejar de soñar. Hijas, esposas y madres abnegadas, que luchaban en silencio sus propias batallas con la fuerza del amor incondicional. Y supieron hacer lo mejor con lo que tenían, poniendo la felicidad de los otros por encima de todo, porque ese sería su éxito. Sin dudas, sin reproches, ofreciendo siempre su mejor versión. 

Seguramente, en otras circunstancias, entre ellas hoy tendríamos mujeres relevantes en el arte, la educación, la ciencia, la política o quizás grandes empresarias. Hubieran sido capaces de cualquier cosa, pero lamentablemente, les faltó la OPORTUNIDAD. A cambio, tenemos a grandes mujeres con sus pequeñas historias, absolutamente relevantes, porque han marcado muchas de nuestras vidas y nos han hecho ser lo que somos. Me gustaría que pusiéramos en valor a todas esas mujeres anónimas, esas “luchadoras silenciosas”; escucharlas, contar sus historias. Esta podría ser la de cualquiera de ellas, pero es la de mi madre.  

“A veces hay que parar un momento, mirar todo lo conseguido, reconocer y valorar las cosas que han cambiado radicalmente”

Hay mucho de mi madre en mí más allá de la genética, mucho de lo que he aprendido a su lado. Mi empatía, mi resiliencia, la capacidad de ser paciente y apreciar lo bueno en las pequeñas cosas. Además, me ha animado siempre a vivir mi vida de otra forma, como ella no pudo hacer.  A buscar y aprovechar cada oportunidad, disfrutar, aprender y mejorar día a día, persiguiendo mis sueños con esfuerzo e ilusión, sin sentirme egoísta por ello. A perder el miedo a equivocarme o a defraudar a otros, queriendo y dando siempre lo mejor de mí a los demás, pero sin tener que renunciar a vivir mi propia vida. Y lo hago, o al menos lo intento, por mí y porque de alguna forma se lo debo.  

Sin duda, las mujeres todavía tenemos mucho camino por recorrer, mucho que erradicar, que cambiar y que mejorar. Pero a veces hay que parar un momento, mirar todo lo conseguido, reconocer y valorar las cosas que han cambiado radicalmente en nuestra sociedad en el salto de una generación, compartirlo y celebrarlo. No para conformarse, sino porque eso le dará aún más fuerza y sentido a nuestro esfuerzo por seguir avanzando.  

“Gracias mamá, te quiero y no puedo estar más orgullosa de ti”

Y tú, ¿tienes alguna gran mujer cerca a la que rendir tu pequeño homenaje? #grandesmujerespequeñashistorias

Alicia Sánchez

Psicóloga, especializada en estrategia empresarial, coaching y emprendimiento.

6 Comentarios
  1. He llorado, he llorado mucho mientras lo leía en el metro. Tristeza por esas mujeres que no pudieron realizar su sueño por tener otra misión en su vida no menos importante.

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