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El #Coronavirus nos da una lección de vida

Fuente: Tiziana Fabi/AFP

El sabio refranero español ya lo sentencia “el hombre propone y la vida dispone”. Y el coronavirus, además de disponer nuestra vida por completo, nos está dando una gran lección: sin salud, nada más funciona. Ni las bolsas, ni el comercio, ni los estudios, ni el turismo. Y es por ello que deberíamos ser capaces de aprender algo de esto, si es que el ser humano está dispuesto a aprender de su pasado. 

“¿Seremos capaces de sacar algo positivo como personas y como sociedad?”

Claramente, una pandemia es un drama indeseable; dicho esto ¿seremos capaces de sacar algo positivo como personas y como sociedad? ¿Algo bueno de pasar más tiempo en familia y menos tiempo en la oficina? ¿Se fomentará, quizá, la creatividad infantil? ¿Y qué decir acerca de tener tiempo para leer libros, siendo que la mayoría de los no lectores indican no hacerlo “por falta de tiempo”? ¿Aprenderán las empresas lecciones positivas sobre el teletrabajo? Por no hablar de reducir las emisiones de CO2, porque además de las empresas proveedoras de red móvil y los fabricantes de mascarillas y gel desinfectante, el gran beneficiado de este drama es el cambio climático. No hay mal que por bien no venga…

Cansada hasta el hartazgo de las noticias, rumores y memes acerca del mono tema, una compañera de trabajo, que es una de esas personas únicas que el universo ha puesto en mi camino, me ha mandado algo maravilloso, una bellísima reflexión de la psicóloga italiana Franceca Morelli que deseo compartir con esta comunidad de lectoras y lectores. Algo sobre lo que tendríamos que reflexionar. Os invito a ello:

 “Creo que el universo tiene su manera de devolver el equilibro a las cosas según sus propias leyes, cuando estas se ven alteradas. Los tiempos que estamos viviendo, llenos de paradojas, dan que pensar…

En una era en la que el cambio climático está llegando a niveles preocupantes por los desastres naturales que se están sucediendo, a China en primer lugar y a otros tantos países a continuación, se les obliga al bloqueo; la economía se colapsa, pero la contaminación baja de manera considerable. La calidad del aire que respiramos mejora, usamos mascarillas, pero no obstante seguimos respirando…

En un momento histórico en el que ciertas políticas e ideologías discriminatorias, con  fuertes reclamos a un pasado vergonzoso, están resurgiendo en todo el mundo, aparece un virus que nos hace experimentar que, en un cerrar de ojos, podemos convertirnos en los discriminados, aquéllos a los que no se les permite cruzar la frontera, aquéllos que transmiten enfermedades. Aun no teniendo ninguna culpa, aun siendo de raza blanca, occidentales y con todo tipo de lujos económicos a nuestro alcance.

En una sociedad que se basa en la productividad y el consumo, en la que todos corremos 14 horas al día persiguiendo no se sabe muy bien qué, sin  descanso, sin pausa, de repente se nos impone un parón forzado. Quietecitos, en casa, día tras día. A contar las horas de un tiempo al que le hemos perdido el valor, si acaso éste no se mide en retribución de algún tipo o en dinero. ¿Acaso sabemos todavía cómo usar nuestro tiempo sin un fin específico?

En una época en la que la crianza de los hijos, por razones mayores, se delega a menudo a otras figuras e instituciones, el Coronavirus obliga a cerrar escuelas y nos fuerza a buscar soluciones alternativas, a volver a poner a papá y mamá junto a los propios hijos. Nos obliga a volver a ser familia.

En una dimensión en la que las relaciones interpersonales, la comunicación, la socialización, se realiza en el (no) espacio virtual, de las redes sociales, dándonos la falsa ilusión de cercanía, este virus nos quita la verdadera cercanía, la real: que nadie se toque, se bese, se abrace, todo se debe de hacer a distancia, en la frialdad de la ausencia de contacto. ¿Cuánto hemos dado por descontado estos gestos y su significado?

En una fase social en la que pensar en uno mismo se ha vuelto la norma, este virus nos manda un mensaje claro: la única manera de salir de esta es hacer piña, hacer resurgir en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenencia a un colectivo, de ser parte de algo mayor sobre lo que ser responsables y que ello a su vez se responsabilice para con nosotros. La corresponsabilidad: sentir que de tus acciones depende la suerte de los que te rodean, y que tú dependes de ellos.

Dejemos de buscar culpables o de preguntarnos por qué ha pasado esto, y empecemos a pensar en qué podemos aprender de todos ello. Todos tenemos mucho sobre lo que reflexionar y esforzarnos. Con el universo y sus leyes parece que la humanidad ya esté bastante en deuda y que nos lo esté viniendo a explicar esta epidemia, a caro precio.

(Cit. F. MORELLI, traducido al español)

Blanca Cobo

RRHH en organizaciones. Le gusta viajar, leer, el mar, la música y el arte.

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