El faro de la Vida

Un día mantuve una conversación con mi hijo pequeño sobre su futuro, tumbados los dos en su cama, mirando al techo y agarrados de la mano. Le conté que, aunque tenía 12 o 13 años, ya estaba construyendo su vida poco a poco, poniendo los ladrillos de su personalidad y las piedras de su propio camino, y que nosotros, sus padres, siempre estaríamos ahí, en el sentido de que siempre le íbamos a apoyar y, sobre todo, siempre seríamos el lugar al que volver. 

Le dije que imaginara un faro en una costa y un barco navegando por el océano. Él era el barco, navegando lejos o a veces cerca, desapareciendo del horizonte y volviendo con la marea, y nosotros éramos el faro, inamovibles, siempre en el mismo sitio e iluminando hacia fuera. Le dije que él tenía que salir, viajar, alejarse de nosotros, buscar sus caminos, saltar sus olas, vivir sus experiencias donde fuera necesario, donde él quisiera, y que su hogar estaba donde nosotros, donde el faro. Siempre nos tendría ahí para resolver dudas, preguntarnos, recibir calor, un plato de comida o simplemente para venir a vernos por placer. Como padres, siempre seremos esa luz que les dará a él y a su hermano las coordenadas correctas para llegar a casa, al núcleo, al nido, al amor, a la esencia. Me gustó la metáfora del faro y del barco y me gustó pensar que yo era su luz, ahora y siempre.

Hace casi un mes me enteré del fallecimiento de una compañera de trabajo. La llamaré Ada, porque Ada significa belleza y ella era una auténtica belleza. Por supuesto, me quedé en shock cuando leí el mensaje de WhatsApp y rechacé creérmelo. Aún no me creo que ya no voy a coincidir con ella por los pasillos en el trabajo, pero lo que más me duele por dentro es que ella ya no va a ver crecer a sus hijas, no va a disfrutar de verlas convertirse en adolescentes y en mujeres, no va a poder acompañarlas en sus distintos caminos, no va a poder ser su faro nunca más. De alguna manera, el faro de estas niñas sigue en pie, pero apagado. Solo les queda como guía los destellos de luz que han quedado grabados en sus recuerdos. Esas niñas ya no tienen su nido donde refugiarse, sus brazos donde acurrucarse, su cuello donde agarrarse y sus ojos donde perderse.

La maquinaria de mi mente pensante va más allá. Después del rechazo que sigo sintiendo ante su muerte, la emoción que me inunda desde entonces como una ola es que empiezo «de nuevo» a valorar cada minuto con mis hijos, mi marido, mi madre, con nuestras familias, con mi trabajo, con mis pertenencias y mis logros, con mis sueños y todo lo que aún quiero conseguir. Siento como si nunca hubiese valorado estas cosas, como si se me hubiese olvidado hacerlo. Como un imán que atrae a su polo opuesto de manera invisible, mi mente y mi cuerpo se ven rindiendo tributo a la vida de manera natural y sana, buscando constantemente la sencillez del vivir y difundir amor a mi alrededor. Siento que la palabra Vida se ha vuelto una palabra maestra que solo puede escribirse con mayúscula, como Amor. Siento una deuda ante la Vida y, sobre todo, ante Ada, que ya no la puede disfrutar. Siento que ya no tengo derecho a desperdiciar mi Vida.

Mi mente y mi cuerpo se ven rindiendo tributo a la Vida de manera natural y sana, buscando constantemente la sencillez del vivir y difundir amor a mi alrededor.

Y me pregunto: ¿de verdad tiene que morir alguien para darme cuenta de que la Vida vale la pena y que hay que valorarla y celebrarla? ¿No sería más honesto, práctico y sencillo pensar así siempre de manera natural para disfrutar de verdad de esos pequeños momentos que son oro y que a menudo ignoro, haciendo que pierdan su valor? ¿Por qué no soy capaz de mantener encendida la luz de mi consciencia para darme cuenta de ello? ¿A ti también te pasa?

¿Qué pasa en mi mente, y en la tuya quizás, para que el valor de la Vida se nos olvide? ¿Por qué sí recuerdo ciertas cosas sin importancia y no recuerdo y celebro cada día estar simplemente Viva? ¿Por qué mi consciencia sí es una lente de Fresnel encendida en la tormenta para temas triviales y no llega a alumbrarme lo suficiente delante de lo evidente? La rutina es tan poderosa que nos ciega y borra lo esencial.

Muchas preguntas, pocas respuestas, pero sí reflexiones.

Si soy capaz de ser un faro inquebrantable en la tormenta más torrencial para mis hijos, sé que puedo encontrar dentro de mí la misma sabiduría y entrega para guiarme a mí misma. Decreto que puedo ser mi propio faro. Puedo iluminarme por dentro, hacer que los destellos de luz y consciencia que proyecto fuera se dirijan al fondo de mi olvido para alumbrarlo y que esta no se apague nunca, y así poder sentir la Vida. Como cuando era niña.

Es muy fácil de decir, pero más difícil de conseguir, aunque se puede. Quiero creer que se puede. Pasito a pasito. Pájaro a pájaro.

Mi intención con esta reflexión no es dar consejos, frases de automotivación o Wonderfulismos, simplemente me gustaría que, si este texto te ha hecho reflexionar, como la partida de Ada me ha hecho a mí, puedas abrir los ojos y ver ahora mismo toda la Vida que hay alrededor de ti. Evidentemente, cada día surgen batallas, disgustos, malos momentos y desgracias, pero creo que cada día algo bueno se puede sacar dentro de uno mismo y de nuestro entorno para agradecer. Hazlo tú también, abre los ojos y observa la Vida, siéntela, búscala y encuéntrala. Pero obsérvala de verdad para ver la belleza alrededor de ti y en ti. Escucha ahora el pájaro que canta, escucha ahora su música, observa ahora la luz del sol que sale, agradece ahora la caricia de tu hijo, saborea ahora el sabor dulce o salado de lo que comes, disfruta lo suave de una sábana fina sobre tu piel, nada ahora en los ojos de tu pareja y mírate en el espejo diciéndote que lo has conseguido. Y no solo hoy, cada día. Y que puedas, como yo, darte cuenta de la suerte que tienes de poder darte cuenta.

Te doy las gracias, Ada, por abrirme los ojos hacia dentro, encender mi luz interna para dejar de ver ruido y ser capaz de transformar cualquier momento en Vida.

Si hoy volviese a tumbarme con mi hijo para contarle la historia del faro y del barco, no me olvidaría de decirle que seré su luz ahora y siempre, que todos, en algún momento, podemos ser el faro de alguien, y que si un faro solo ilumina hacia fuera, se queda oscuro, perdido, vacío. Un faro también debe de alumbrar hacia dentro.

Anna Sorton

Mujer y mamá curiosa. Viajera, escritora, coach, lectora y soñadora. Buscando vivir conscientemente siempre.

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