2026, mi mejor Mundial

No me considero una fanática del fútbol. No soy de las que ve el deporte todos los domingos, aunque tampoco me desagrada la idea de implementar la rutina. Pero algo que sí hago sin excusas es unirme a la fiesta deportiva cada cuatro años. Soy de las que se pone la camiseta y grita los goles, y también los casi goles; soy de las que está pendiente de los horarios de los partidos, de los puntos que le falta a uno u otro equipo para pasar a la siguiente fase; y, si juega mi selección, ese día hay fiesta amarilla, ganen, pierdan o empaten. Ya van varios mundiales que disfruto así en mis dos vidas: la de Ecuador y la de Canadá. Aunque hoy tengo la certeza de que este ha sido mi mejor Mundial. 

Pero no me juzguen aún, que ya parece que los escucho preguntar «¿Cómo puede decir que este ha sido el mejor Mundial?». Ya sé que la prensa está plagada de comentarios negativos que aquí no pretendo refutar, que las redes sociales son un hervidero de memes insultantes a los deportistas y, hasta en alguno de mis chats, hubo tal discordia que el administrador bloqueó comentarios para calmar los ánimos. Disputa tras disputa se han ventilado las frustraciones futbolísticas y también las no futbolísticas de los aficionados, se han exteriorizado envidias y la pasión ha rebasado los límites de la educación y de la cortesía, de la justicia y el padrinazgo. No obstante, me refiero a otro mundial: al que disfruté con mi esposo, mis amigos y también con algunos desconocidos, los cuales, después de un partido, terminaron siendo mis panas. 

Este Mundial me cobijó mientras un acontecimiento agitaba las emociones de mi familia, de la misma manera que hace cuarenta y cuatro años lo haría, también en un ambiente futbolístico, el de España 82. Un Mundial que marcó la historia familiar y que no recuerdo por haberlo vivido, pues yo tenía apenas tres años, sino por todo lo que se dice alrededor de los dos sucesos que ocurrieron entonces: el nacimiento de mi hermano a pocos días de comenzar el campeonato y el regreso de papá de su viaje a Madrid, cargado de souvenirs futbolísticos. Dicen que llegamos a tener en casa el Naranjito (la mascota oficial de España 82) en todas sus presentaciones: impreso en camisetas, un Naranjito de hule, el Naranjito en llaveros, en gorras, bolígrafos, en pisapapeles y en pelotas. Naranjito hasta en la sopa. Dicen que esa fue la época en que el matrimonio de mis papás comenzó a quebrarse para, tres años después, acabarse para siempre. Hay mundiales que no se olvidan, aunque uno no los haya vivido.

Otro Mundial que coleccionar en la memoria es el de 2002. A ese le guardo especial cariño. Ese año por primera vez clasificó Ecuador. Nuestra alegría fue tanta que mi mamá decidió endeudarse con una televisión: la que teníamos requería de unos golpecitos cada tanto para activarle el volumen y de un alicate para pasar los canales. La que compró vino con control remoto, y eso, para nosotros y en aquella época, fue un verdadero lujo que bien lo merecía el evento. Ese mundial lo vimos en compañía de mi tío Carlos, a quien despertábamos en medio de la noche para que se nos uniera para ver los partidos de la selección. Con pijamas y arropados con cobijas gruesas, nos sentábamos frente a la flamante pantalla como si se tratara de una fogata que pretendía dar calor a las madrugadas heladas de Quito. Mi selección le ganó a Croacia y ese gol nos hizo sentir que todo valía la pena. Los gritos y la alegría nos hicieron tirar las cobijas y olvidarnos de los malestares cotidianos. En ese momento ni lo sospechaba, pero ese sería el último Mundial que yo vería en mi ciudad, en mi casa y junto a mi tío. 

Hay eventos que se recuerdan porque marcan una línea entre el antes y el después.

Y ahora, en este Mundial tripartito de 2026 tuve una sensación de pertenencia que quizá se deba a que me aproximo a ese punto medio entre haber vivido la misma cantidad de años fuera de mi país de los que viví en él. Tuve por primera vez la oportunidad de ver la mayoría de los partidos en pantalla gigante, una que instalaron en un parque a pocas cuadras de mi departamento. Canté tres himnos nacionales diferentes y lo hice con el mismo cariño con el que canto el Salve, oh patria; me vestí de amarillo con mis hermanas y mi sobrina para gritar que sí se puede, de verde con mi esposo y de rojo con un grupo de inmigrantes que, como yo, saltaron, aplaudieron y gritaron los goles de la selección de esta tierra que ahora nos arropa. Compartí un partido junto a la hinchada de Marruecos: gente que me confirmó que la pasión por el fútbol no significa reñir con el contrario, sino compartir. La experiencia me dejó contenta por la camaradería con la que se organizaron para celebrar a su selección y por la cortesía con la que nos recibieron a los que le íbamos al equipo contrario.  

Hace poco me preguntaba sobre aquellos momentos en los que me he sentido parte de esta mi ciudad adoptiva, porque para mí, como inmigrante, el sentido de pertenencia es un vaivén (a veces de aquí, a veces de allá) y, ante el balanceo, qué mejor que asirse a lo que sea que nos dé firmeza. En este campeonato que he disfrutado en el parque del que ahora llamo mi barrio, con personas de todas partes del mundo, a quienes ahora reconozco como mis conciudadanos y con los que ondeamos en rojo y blanco una gran hoja de maple, me he sentido, como nunca, parte de esta ciudad. Hay mundiales que no se olvidan porque te recuerdan de dónde vienes; a mí este Mundial también me mostró a dónde voy.  Ya me dirán ustedes si no ha sido mi mejor Mundial.

María Fernanda Rodríguez

Escritora ecuatoriana viviendo en Canadá. Escribo sobre lo que me inquieta.

1 Comment
  1. Muy agradable perspectiva sobre la que el evento en si deberia ser en realidad, por encima de la politica y los escandalos. Fui parte de ese grupo de inmigrantes y testigo de la pasion que se genera, que nos une, que nos duele o alegra. Disfrute mucho esta lectura.

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