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Transfobia: cuando tu voz silencia a quienes necesitan ser escuchadas

«Si tocan a una nos tocan a todas». Es una frase potente y maravillosa. Es una frase que casi nos hemos tatuado de tantas veces que la hemos gritado en las manifestaciones. Es una frase que estaría genial si nuestros privilegios no nos hicieran cometer dolorosas excepciones.

Cuando oí hablar por primera vez sobre la polémica por el comunicado del Partido Feminista Español, liderado por Lidia Falcón, me dirigí a su cuenta de Twitter para buscar la fuente de los hechos, donde la información estaría más fresca. Al tercer mensaje de transfobia decidí no volver a entrar en esa red social en una semana.

«A miles de personas cada año la transfobia les cuesta la vida»

No quería que el odio se metiera en mi cuerpo. El malestar de ver gente odiando a otra me hierve la sangre y me suele durar días. Pero si evité estos mensajes de odio fue porque podía. Porque me pueden doler, pero no me afectan directamente. Sin embargo, a miles de personas cada año la transfobia les cuesta la vida.

Pero no nos adelantemos. Para entender este ataque del PFE tenemos que ir al origen. En este caso, todo empezó con Elsa, una niña trans de ocho años hablando en la Asamblea de Extremadura. En su discurso Elsa no atacaba a nadie, sólo agradecía el apoyo recibido y recordaba que otras no tienen tanta suerte como ella. Sus palabras conmovieron a medio Internet, pero por lo visto desataron la ira de la otra mitad. Y mira, si una niña pequeña expresando mensajes de libertad te genera tanto odio, revísate porque no distas tanto de los señores que se enfadan con Greta Thunberg porque dice que como suba la temperatura 1,5ºC más se va a liar parda.

«Porque así funciona la masa: nunca hacen caso a los activistas hasta que sueltan un mensaje que ayuda a perpetuar el sistema»

Y entonces, un partido político decide lanzar un mensaje de odio. Un partido que existe desde 1979 y cuyos comunicados normalmente no rompían la opinión pública. Sin embargo ahora todo el mundo se hace eco. Porque así funciona la masa: nunca hacen caso a los activistas hasta que sueltan un mensaje que ayuda a perpetuar el sistema. ¿Acaso alguien entrevistó a Falcón de cara a las elecciones? ¿Se hizo un debate público sobre sus propuestas? No, se la escucha cuando se pueden usar sus palabras como un arma más para conservar tus ya asentados privilegios.

Y la masa elige como líderes de opinión a gente que no conoce aquello sobre lo que está opinando. No se escucha a una mujer trans hablar sobre sus propios derecho o a un migrante sobre sus necesidades. O a una víctima de desahucio sobre su precariedad. Escuchamos a gente privilegiada defendiendo sus privilegios.

Lidia no es trans y no sabe lo qué es serlo. Y aún así decide hablar por un colectivo entero. Un colectivo con una tasa de paro del 85% y un altísimo índice de prostitución. El colectivo con mayor riesgo de suicidio y menor esperanza de vida. Y, sin haber vivido nada de esto, Lidia lanza su opinión como quien charla entre amigas. Y carga sobre este castigado colectivo otra losa más: la exclusión del feminismo y la acusación de querer acabar con él.

«Solo por el hecho de que tú sí te identifiques como mujer teniendo vagina no te da derecho a negar la identidad y los sentimientos de nadie»

Porque Lidia y sus seguidoras argumentan que el colectivo trans invisibiliza a la mujer y, por lo tanto, quita sentido a su lucha. Parece que no ven que las mujeres trans son M-U-J-E-R-E-S. Porque las personas trans, sólo con su existencia, ponen en entredicho la tradicional asociación de genitales y género. Y solo por el hecho de que tú sí te identifiques como mujer teniendo vagina no te da derecho a negar la identidad y los sentimientos de nadie. No es justo que le niegues a una niña lo que es, y no es justo que le niegues a una persona que sufre disforia su tratamiento médico.

El PFE también ataca a las activistas trans que luchan porque su identidad deje de ser considerada una patología, como lo fue en su momento la homosexualidad. Y critican que una niña pueda someterse a un tratamiento médico. Pero si Lidia y sus seguidoras fuesen trans sabrían que los niños no pueden medicarse ni operarse. Pero que tendrán que hacerlo más adelante para poder cambiar el género en su DNI, pues la ley obliga a documentar un mínimo de dos años de tratamiento médico. Aunque no hace falta ser trans para saberlo, solo hay que documentarse.

Señoras, Elsa, a la que vosotras tratáis de niño y a la que amenazais en vuestro comunicado con tomar acciones legales, es una valiente. Con unos padres también valientes por haber sabido escucharla con tan solo cuatro años. Elsa es una valiente y hay que ser muy cobarde para atacar a una persona en una posición tan vulnerable.

«Le pese a quien le pese, las mujeres trans son nuestras hermanas. Y sí, si tocas a una nos tocas a todas»

Ya recibimos más que suficientes mensajes de odio de la extrema derecha. Atacarnos entre nosotras es una irresponsabilidad. Y no es difícil de evitar, solo hay que pararse a pensar. Antes de lanzar una opinión al aire o de hacer un retuit, puedes preguntarte si estás opinando sobre algo que no sufres. Piensa si esa opinión sirve para proteger a un colectivo o a tu privilegio. Antes de opinar, pregúntate si es necesaria tu opinión o sólo va a contribuir al ruido. Un ruido que no nos deja escuchar las voces que necesitan ser escuchadas. Porque si tanto te preocupa el colectivo trans, sólo tienes que escuchar a las personas trans.

Yo no soy trans y por eso no voy a hablar por ellas. No voy a decirte cuál es la mejor forma de reformar la ley trans o cuáles son sus necesidades. Lo que sí voy a hacer es apoyarlas y decir bien fuerte que no toques a mis compañeras. Y a las compañeras trans se les ha tocado mucho, entre otras cosas porque han dado la cara por nuestra lucha como nadie. Así que, le pese a quien le pese, las mujeres trans son nuestras hermanas. Y sí, si tocas a una nos tocas a todas.

Rocío Esperilla
Rocío Esperilla

Productora, feminista, vegetariana y bisexual. Ideal para una cena familiar.

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