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El día que la sociedad me empujó a la anorexia

anorexia
Fuente: nlc.hu

Bola de sebo, ballena, Moby-Dick, gorda, montón de grasa… Es posible que te suenen todos estos adjetivos, bien porque te los han dicho a ti cuando eras niña/o, bien porque has oído como se lo decían a otros o porque has sido tú quien los ha usado contra otras personas.

Tuve la gran suerte de nacer y crecer en una familia que me amaba, que me dio confianza desde muy pequeña y que, junto con mi personalidad innata, hizo que pese a que estos insultos me acompañaron durante demasiados años de mi niñez, siempre me mostrara fuerte y segura, con una infancia muy feliz. Sin embargo ahora, que escribo estas líneas con 36 años, no puedo evitar llorar mientras plasmo esto en una insignificante hoja de Word.

«Cientos de comentarios despectivos sobre mi cuerpo que aguanté de pequeña»

Recuerdo un día que, con 9 años y «rellenita» (como me llamaban quienes no osaban llamarme gorda, pero no eran capaces de callarse sin opinar sobre mi físico) me fui al supermercado a comprar algo que mi madre me mandó para hacer la cena. Aproveché para coger unas tortitas de azúcar y cuando hacía cola en la caja un señor que no conocía de nada se acercó a decirme que si me pensaba comer eso, que estaba muy rellenita y no debía comprarlo. Recuerdo como miré a aquel señor, no con tristeza, sino con todo el odio del mundo, y él mismo se corrigió y me dijo que «por una no pasaba nada». Con solo 9 años y ya tenía que aguantar que un señor me destrozara la tarde con su estúpido comentario sobre mi cuerpo.

A pesar de esto, de los cientos de comentarios despectivos sobre mi cuerpo que aguanté de pequeña, nunca le dí demasiada importancia. Me fastidiaba, por supuesto, que me insultaran. Me dolía que me atacaran, pero tenía amigos, era feliz, era buena estudiante, y todo eso compensaba el resto. Seguía comiendo y disfrutando de la comida, y así seguí hasta los 14 años.

«La pérdida de peso fue más una consecuencia de un acto concreto y corto en el tiempo que una entrada voluntaria a la enfermedad»

En el viaje de fin de curso empezó el cambio. No quería que me viesen comer, así que allí fue donde empecé a dejar de hacerlo. En una semana volví con 4 kilos menos, sin haberlo planeado, sin pensar en ello, había empezado mi camino dentro de un trastorno que por aquel entonces aún era bastante desconocido para la sociedad, y para mí.

No era un acto consciente, la pérdida de peso fue más una consecuencia de un acto concreto y corto en el tiempo que una entrada voluntaria a la enfermedad. Sin embargo, sí recuerdo cuándo empezó todo de verdad.

Terminaba el último curso de primaria y gestionaba el paso a secundaria. Tenía una revisión médica por mi equipo de volley-ball, recuerdo el momento en que en la mutua médica me pesaron, dí 76 kilos. En el informe escribieron “sobrepeso”. Ese mismo día por la tarde mi madre me acompañó a comprar unos tejanos para mí. En la tienda me sacaron varios pero no eran mi talla. Finalmente la dependienta con el tono más desagradable que recordaba hasta entonces le dijo a mi madre: «Señora, su hija debe ir a una tienda de tallas grandes, aquí no hay talla para ella, solo tenemos hasta la 44».

«En esa tienda del centro comercial, junto a mi madre, en ese mismo momento, entré de lleno en mi vida de anorexia»

No voy a entrar en detalles, creo que todos hemos leído sobre ello, todos sabemos qué es la anorexia y todos sabemos qué consecuencias físicas tiene. Tampoco voy a entrar en detallar cuantos kilos perdí, pues sé por experiencia que estos datos, si son leídos por alguien que ahora mismo sufre este trastorno, son tomados como referencias o metas a conseguir. Y no voy a ayudar a nadie a hacerse más daño.

En un momento en el que ya todo mi entorno sospechaba que sufría esta enfermedad y en el que yo ya no perdía más peso, de repente, y como si el destino quisiera ponerme a prueba, puse la televisión y daban una película sobre bulimia. Estoy segura de que la película estaba realizada con intención de avisar y alertar sobre la enfermedad, sobre prevenir y darle voz. Pero para alguien como yo en aquel entonces solo era una película que me daba otra manera de apretar mi físico un poco más. Y allí empezó mi nueva etapa, una etapa que se alargó durante más de 15 años y donde iba alternando fases de anorexia y bulimia por igual. A escondidas de mis parejas, donde les hablaba siempre de aquellos trastornos que había tenido (siempre en pasado) y de lo bien que estaba en ese momento, seguía perdiendo peso y debilitándome sin parar.

Cada vez que me decían que parecía que estaba enferma me sentía triunfar, cada hueso que me notaba de más era un logro. Tan egoísta y trastornada estaba que pesar 200 grs. menos era más importante para mí que escuchar llorar a mi madre tras la puerta mientras yo, tirada en el frío suelo del baño, intentaba provocarme el vómito una y otra vez.

«Mentía, inventaba, maquinaba la manera de engañar al resto, de conseguir mi meta a pesar de arrasar con todos y con todo»

Nada, absolutamente nada, podrá compensar jamás el dolor que hice a mi familia. No puedo imaginar las conversaciones que durante tanto tiempo debieron tener mis padres, mi hermano, mi familia, mis amigas. Imagino su frustración, el no poder hacer nada para hacerme parar. Sé que algunos incluso encontraron química en mi bolso que también usé para dar otro apretón más a mi cuerpo ya hecho trizas. Recuerdo como incluso algunas amigas vieron cómo me desmayaba a media tarde en un centro comercial o como algunos vigilantes de metro debían acompañarme algunas paradas al desmayarme en el vagón volviendo del trabajo.

No voy a generalizar ni a hablar sobre personas de TCA. Voy a hablar solo de mí. Me volví adicta. Mentía, inventaba, maquinaba la manera de engañar al resto, de conseguir mi meta a pesar de arrasar con todos y con todo. De arrasar conmigo misma.

Es la primera vez que escribo sobre esto, es la primera vez que hablo tan abiertamente sobre esto y posiblemente sea la última. Y lo hago principalmente por 3 razones:

  1. Pedir perdón a todos aquellos que vieron como me destrozaba sin poder hacer nada, a los que mantenía tras una frontera emotiva que nunca dejé que traspasaran para que no  fastidiaran mis planes. Perdona mamá por todas las veces que te he hecho llorar por esto. No puedo imaginarme el dolor que debías sentir, perdóname por el daño que te hice una y otra vez. Perdona papá, porque sé que aunque no lo demuestres tanto, tuviste que sufrir también muchísimo viendo lo que le pasaba a “tu pequeña”, lo siento. Perdona tete, nunca olvidaré el día que abriste la ventana del baño para hacerme una broma y me encontraste con la cabeza en el baño, vomitando y confirmando lo que seguro ya sospechabas. Ningún hermano debería haber vivido eso, lo siento.
  2. Llegar a una sola persona que esté pasando por lo que yo pasé. Busca ayuda. No te daré consejos, no voy a banalizar esta enfermedad, porque es una maldita enfermedad, con consecuencias muchísimo peores de lo que eres consciente y de lo que verás. Y como enfermedad que es, su cura debe ser pautada por un profesional. Busca ayuda, ve al médico, ve hoy, ¿por qué dejarlo para mañana? Ve y dile que tienes problemas con la comida y que quieres solucionarlo de una vez, que quieres ser tú quien por fin tome las riendas de tu vida y no este trastorno.
  3. Y la última, pero no la menos importante. Pedir perdón a mi yo del pasado. A la Gemma de 4 años que lloraba por todo lo que le decían tanto niños como adultos, porque dicen que los niños son crueles pero los adultos que llaman gordos a una niña son unos malditos terroristas. A la Gemma que no pudo asumir el comentario de esa dependienta del centro comercial. A la Gemma que durante demasiado tiempo veía el mundo desde distintos cuartos de baño. Eres fuerte, eres buena persona, eres segura de ti misma, perdona por haberte dejado tambalear tanto tiempo.

«Eres una niña brutal y aún con grietas, seguirás adelante hasta convertirte en una gran persona. Nunca dejaré que te rompas«

Gemma Boixeta
Gemma Boixeta

Economista, psicóloga, vegetariana, animalista pero sobretodo viajera.

3 Comentarios
  1. Te recuerdo Gemma, no ibas a mi clase, pero éramos niñas que jugábamos juntas como todas las de aquella época, siempre te recordaba como una niña alta, corpulenta, pero jamas como una niña ‘gorda’ que palabra tan fea, digámoslo mejor alguien con sobrepeso, ese sobrepeso que tengo yo actualmente y con el que convivo a días, pero gracias a dios sin darle demasiadas vueltas.
    Valoro tu superación, aunque leyéndote, no logro ubicar en mi tiempo de entonces todos esos sentimientos que explicas, a eso se le llama valor, el q tuviste al intentar hacer oídos sordos de esas personas que te arrastraron a esa situación. Yo quizá en mi mundo de niña, y que jamas me ha gustado juzgar a nadie, no logro recordar un insulto hacia ti delante mío, quizá no estaba rodeada de esas niñas o niños que si lo hacían y de ahí que no lo percibiera. Bien es cierto que salí del colegio en 6(fue mi último curso allí) y quizá lo pasaste peor en la adolescencia. Solo felicitarte por este artículo y por abrirte en canal. Ejemplo de superación donde los haya.
    Un abrazo

  2. Querida sobrina nunca sospeche nada de esto
    Pero esto me confirma lo que ya Sabía, eres fuerte muy fuerte y siempre has conseguido todas tus metas, economista, sigcologa y todo lo que te propongas, eres especial y por eso te quiero, sigue viajando y descubriendo nuevos orizontes eso te hará más libre todavía ,
    Con todo mi cariño……

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