Después de las decenas de miles de palabras que lleva una novela, esta es la que más me cuesta escribir. Deja un vacío enorme detrás de ella, el de los personajes que vivieron en mi cabeza durante un tiempo y decidieron abandonarla para siempre. Me queda la nada, un poco de angustia y, ante todo, la sensación de ausencia.
La vida es igual. Ponemos punto final a aquellos que pasan por nuestra vida en algún momento. Puede que algunos nos dejen porque acabó su papel dentro de nuestra historia. Ya no tienen cabida en lo que está por venir.
A otros les perdemos la pista de manera gradual. Un goteo de olvido, de no encajar en tiempo y lugar. Es una pérdida indolora, casi natural. Como las hojas que resbalan de las ramas en otoño. Nadie las llora. Las admiran cubriendo los campos y las calles, cambiando el paisaje, bellas en un lugar distinto.
Hay finales para momentos laborales, pérdidas de mascotas, cambios de ciudad, y todos ellos duelen.
El duelo (que proviene del latín duellum: guerra entre dos) es la lucha de la razón y el corazón por superar las pérdidas. Unas veces es una escaramuza sin importancia porque has desgastado al enemigo a base de pequeñas batallas que lo dejan sin fuerzas. Otras, la lucha se recrudece y cuando parece que ya has ganado, resurge de sus cenizas cual ave fénix y te derrota con un recuerdo que creías sepultado.
Dejar ir lo que hemos tenido, sea de la naturaleza que sea, nos resulta difícil; a veces, un esfuerzo titánico por el que no creemos que merezca la pena pelear y nos dejamos llevar hacia un abismo de difícil retorno.
Duele no ser la joven que fuiste; no haber aprovechado lo que tuviste en su momento y no valoraste, eso que hoy añoras porque sabes que no va a volver. Te lastima ver crecer a los que tuviste como niños en tus brazos, lo mismo que darte cuenta de cómo envejecen quienes te sostuvieron en los suyos.
Dejan vacío las amistades que ya no lo son por decisión propia, las mascotas que te dieron el amor más incondicional; los sueños perdidos y los no cumplidos; el fin de una era, de un amor, de un hogar, de los momentos irrecuperables que no supimos valorar.
La vida está formada por principios y finales, sin embargo, nos falta educación para asumir estos últimos. Aprender a seguir con las ausencias, con los «nunca más» y con los «para siempre». Caminar siempre hacia adelante, pero con la seguridad de poder volver la vista atrás sin que nos haga daño.
Ahora pongo punto final a este artículo y tal vez mañana lo vuelva a leer con cariño. Sabré que lo he terminado y no me hará mal. Puede que mañana escriba uno mejor.


