Subí al tren. Llevaba conmigo un cuaderno, como siempre, y una botella pequeña de agua. El sol atravesaba las ventanas de la derecha y dibujaba siluetas blandas en las caras de los pasajeros. Era temprano, lo suficiente para que algunos dormitaran todavía con la frente apoyada en el cristal y otros miraran el móvil por inercia, sin demasiada atención. Escogí el segundo vagón y me senté junto a la ventanilla, con mi bolso apoyado en las rodillas. Me encanta mirar por la ventana, no solo por los paisajes, sino por lo que se mueve por dentro. Hay una forma particular de pensar que solo se activa en movimiento.
El tren avanzaba. Pasábamos por prados verdes, casas solitarias, naves industriales cubiertas de grafitis, pequeñas estaciones donde a veces nadie subía ni bajaba. Y ahí, entre una parada y otra, abrí la app de noticias.
La pantalla del móvil tardó un segundo más de lo habitual en cargar, como si supiera que lo que iba a mostrar necesitaba pausa. Y entonces vi la noticia:
“Una mujer detiene un tren tras activar la alarma de emergencia por ansiedad. No se registraron heridos”.
Una línea escondida entre la enésima subida del euribor, la última guerra parlamentaria y el tiempo del fin de semana. Un titular sin rostro y sin detalles. Como si no hubiera pasado nada. Como si una mujer no se hubiese roto en mitad de un vagón. Como si un colapso no mereciera espacio entre las tragedias que sí tienen permiso para doler.
Me removí en el asiento. En parte porque me dolía ese tipo de olvido tan inmediato y en parte porque conocía ese trayecto. La estación. Incluso el vagón. Recordé ese viaje con claridad. Ella se subió en Collado Mediano, vestía un abrigo gris algo grande para su cuerpo y llevaba un bolso pequeño aplastado contra el pecho, como si protegiera algo frágil. Se sentó justo enfrente. En silencio.
Durante un rato pensé que dormía. Tenía los ojos cerrados y las manos inmóviles, pero su mandíbula apretada delataba el esfuerzo por contener algo que estaba a punto de desbordarse. Las demás personas seguían en su mundo: móviles, bostezos, lecturas, conversaciones a medio volumen. Su presencia no interrumpía la rutina de nadie, hasta que ambas piernas comenzaron a temblar, incapaces ya de obedecerle. Primero la derecha y luego la izquierda; como si la lógica intentara sostenerla y la emoción, rendirse. Yo aparté la vista.
A veces, mirar de frente a alguien roto es como invadir su último refugio.
Entonces se levantó como pudo, con la vulnerabilidad de quien solo quiere que todo acabe. Miró a su alrededor. Localizó la palanca roja, extendió la mano derecha sacudida por el mismo temblor que le recorría las piernas, y la accionó. El tren se detuvo. No se escucharon gritos. Nadie se movió. Ella se dejó caer en el suelo, se abrazó las piernas y apoyó la frente en las rodillas. Empezó a llorar sin contención, en un intento desesperado –tal vez– de que alguien por fin la viera.
La señora a mi lado murmuró algo sobre el susto. Un hombre se quejaba porque llegaría tarde a su reunión. El resto siguió como si todo fuese una interrupción molesta y pasajera. Nadie preguntó su nombre. Nadie quiso saber qué le empujó a subirse al tren en ese estado. Si había dormido. Si alguien la esperaba. O si llevaba demasiado tiempo cargando con pesos que no supo soltar a tiempo.
Cuando llegó el revisor, ella ya se había serenado. Con los ojos rojos y húmedos, se limpió la cara con la manga del abrigo y dijo:
—Lo siento. Creí que me ahogaba.
El tren reanudó la marcha. Ella se mantuvo de pie junto a la puerta y, en la siguiente parada, desapareció entre la gente sin dejar rastro. Me quedé con ganas de saber cómo se llamaba. De alcanzarla. De abrazarla. De sostenerla un instante, de ofrecerle un principio que le devolviera las ganas de existir con menos peso. Pero nunca sabré qué la quebró. Si fue una llamada inesperada. Un recuerdo que apareció sin permiso. O tal vez una curva suave que activó esa memoria escondida que nadie ve desde fuera.
Desde aquel día no he dejado de pensar en ella. Me gustaría pensar que al bajarse encontró un abrazo, que alguien la consoló. Aunque el titular dijera que no hubo heridos, yo sé que sí los hubo. Porque algo en mí también se quebró al verla. Porque ella me enseñó, sin saberlo, que todos necesitamos un lugar donde nos vean. Y que ese lugar, a veces, puede ser un vagón detenido en mitad de la nada.
