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¿A favor o en contra de la gestación subrogada?

gestación subrogada
Fuente: Agencia Swing28

“Nosotras parimos, nosotras decidimos”

Esta frase histórica ha quebrado la garganta de ciudadanas, manifestantes y activistas de todo el mundo, defendiendo nuestro derecho a decidir sobre nuestro cuerpo. Defendiendo que nadie pueda decidir o legislar por encima de nosotras. Defendiendo ser nuestras propias dueñas.

Sin embargo, esta misma frase ha intentado ser despojada de su significado original. Personas como Begoña Villacís la han esgrimido para defender la compra de bebés o la «gestación subrogada», pidiendo que le permitamos gestar a quienes quieran hacerlo para otras personas. Pero decir que la «gestación subrogada» es decidir sobre tu propio cuerpo, no puede ser mayor oxímoron. Especialmente cuando hay dinero de por medio.

En primer lugar, nadie es libre de tomar una decisión como esta en un mundo marcado por las desigualdades económicas, y menos sin un sistema que las compense. Siempre que haya personas pasando hambre y viendo cómo los suyos la pasan, va a haber gente dispuesta a hacer lo que sea a cambio de dinero. Esa no es una elección libre.

Pero pongamos que no es el caso. Pongamos que yo no soy una mujer de Rusia o Ucrania, donde miles de familias españolas acudían antes de la guerra. Donde, además, se paga menos a estas mujeres y están en peores condiciones. Pongamos que sí, que he decidido hacerlo por amor al arte, en alguno de los estados de EEUU donde se permite esta práctica. Imaginemos que nadie me ha «ayudado» a demostrar que no tengo necesidades económicas. Lo cual es algo difícil de valorar en un país donde sabes que tienes que tener grandes ahorros porque cualquier necesidad sanitaria puede hacerte caer en la bancarrota. Pero lo dicho, obviemos todo eso e imaginemos que estoy tomando una decisión cien por cien libre.

En ese caso, mi libertad acaba en cuanto firmo el contrato con la agencia. Paso de ser una ciudadana con derecho a decidir sobre su cuerpo, a alguien que está ofreciendo un servicio. Por lo tanto, no seré libre para elegir mi dieta, mis tratamientos médicos e incluso, en ocasiones, mi residencia. Y si tengo hijos propios, en algunos casos pueden separarme de ellos los últimos meses. 

¿A dónde ha ido ahora todo ese poder de decisión que supuestamente tenía?

A mis pagadores. A aquellos que quieren recibir su producto, su hijo, en perfectas condiciones. A aquellos que tomarán las decisiones sobre la gestación como si fueran ellos quienes estuvieran haciéndolo. Solo que el cuerpo que están usando no es suyo.

Afortunadamente se habla mucho últimamente de la violencia obstétrica. De cómo en un momento de enorme vulnerabilidad para las madres, muchas veces se toman actitudes y decisiones por ellas sin tener en cuenta la opinión de la madre, su criterio, su comodidad, sus preferencias, su dignidad. Esto, afortunadamente, nos está indignando últimamente. Pero, ¿a dónde va toda esa empatía cuando hablamos de madres gestantes? ¿Ahora nos parece bien que la empresa y quienes le han pagado decidan por ella en función de sus intereses?

¿Dónde queda la defensa de los derechos de esa mujer? ¿Dónde queda su salud física y mental? ¿Cómo tiene que ser haber llevado 9 meses una vida en tu cuerpo y ver cómo una mujer sale con el bebé en silla de ruedas del hospital, mientras tú te recuperas de tu desgarro vaginal? ¿De verdad creemos que es tan ventajoso recibir 80.000$ (por poner una cifra) por un embarazo, en un país donde una apendicitis cuesta 55.000$? ¿Cuánto puede costarle a esa madre gestante los tratamientos que necesite después del parto? ¿Irá al fisio de suelo pélvico o se pondrá compresas cuando se orine encima? ¿Quién pagará su tratamiento si desarrolla diabetes? ¿Se comprará un tratamiento capilar o asumirá las calvas que le salgan? ¿Irá a todas las revisiones que de verdad necesite o sólo a las que pueda costearse? 

Estas son algunas de las muchas preguntas que me surgen cuando se habla de esta práctica. Porque el relato siempre está protagonizado por esas personas que quieren un hijo genéticamente idéntico y por su deseo. Pero nunca he visto el relato desde el lado de la mujer que gesta. Y esto es algo que, por ejemplo, podemos ver perfectamente reflejado en el caso mediático más reciente, el de Ana Obregón y su hija-nieta. 

Cuando Ana se refiere a quienes somos críticos con esta práctica, ilegal en nuestro país, dice que en España estamos muy atrasados y que afortunadamente hay gente que no tiene la mente tan cerrada. Lo dice desde EEUU, donde cada vez menos personas pueden abortar libremente. Ana dice también que estamos negando a su nieta su derecho a vivir. En realidad no se está cuestionando eso, sino su falta de derecho a comprar un ser humano. Sin embargo, ella pone su deseo y el presunto deseo de su difunto hijo en el centro del relato, por encima del estado de la madre que lo había gestado. Pues cuando le preguntaron por ella, Ana dijo que no sabía cómo estaba, que tenía tantas ganas de conocer a su nieta que ni se preocupó por la mujer que acababa de dar a luz.

No creo que sea casualidad, la verdad. Ni tampoco es novedad. Estamos acostumbradas a que se nos niegue o se nos borre el protagonismo en el relato histórico. Y aquí hay una falta de empatía con la mujer contratada. Y con todas las vidas de las personas precarias.

A pesar de que esta práctica es ilegal en España, desde 2010 se han registrado más de 2.500 bebés nacidos a través de ella en el extranjero. El motivo de su regularización es proteger los derechos de esos menores. Sin embargo, no hay consecuencias administrativas para esas personas que han cometido actos ilegales fuera de nuestro país. Lo cual crea una situación en la que no permitimos que usen a mujeres españolas para gestar, pero sí que lo hagan en países menos favorecidos. 

Y esta empatía que se demuestra por los bebés subrogados, regularizando su situación para proteger sus derechos, desaparece cuando se trata de población migrante y de sus bebés. En España, un bebé nacido de padres que no tienen la nacionalidad tampoco la tendrá, a no ser que sea apátrida. ¿Cómo puede ser que en nuestro país haya niñas y niños nacidos aquí que no tienen la nacionalidad española, pero se registren a miles de niños nacidos en el extranjero a través de una práctica ilegal sin consecuencias para quienes cometieron el delito? ¿Quiénes somos para decidir que un bebé puede tener más derechos que otro?

Llegadas a este punto en el que las cartas del capitalismo y la xenofobia han quedado descubiertas, hay quienes, como Villacís, o como el Partido Popular, sacan el comodín de la gestación altruista. Y digo «comodín» porque, normalmente, viene después de intentar justificar todo lo anterior. «Vale, vale, ¿y si no hay dinero de por medio? ¿Y si legalizamos la gestación altruista como en Reino Unido?»

Es cierto que la situación en Reino Unido dista de la relatada hasta ahora. Allí se permite una gestación subrogada altruista en la que se retribuye a la madre solo por los gastos derivados del embarazo y donde ella puede decidir si dar o no al bebé hasta el último momento. Pero también los “padres intencionados” tienen hasta seis meses para reclamar al bebé, o pasa a ser de la madre que lo ha gestado.

Y aunque la madre tenga aquí más derechos garantizados al no recibir dinero por ello, a mí se me vuelve a abrir un mar de dudas. ¿Qué pasa si das a luz a un bebé con alguna enfermedad, condición o complicación y los padres no lo reclaman como suyo? ¿Pasas a ser madre cuando no lo deseabas? ¿Qué ocurre si hay alguna complicación en el parto que afecte al bebé? ¿Cómo afectaría esa culpa, con la que solemos cargar las mujeres, a una madre altruista? ¿La responsabilizarían los “padres intencionados” de lo ocurrido? ¿Qué pasa si hay complicaciones para la madre? ¿Cómo vives con las secuelas de un parto altruista?

Quedarse embarazada no es como donar un hígado a un familiar. Porque el hígado no es un ser vivo. Porque no estás satisfaciendo un deseo sino salvando una vida. Porque a la hora de donar, conoces todos los escenarios: desde cuánto tiempo tarda tu hígado en volver a crecer, hasta las posibles secuelas. Pero, ¿somos las mujeres realmente conscientes de todas las posibles secuelas de un embarazo, físicas, sociales y emocionales, en una sociedad misógina que ha romantizado la maternidad y ocultado el dolor de esta? 

Hay todo un silencio alrededor de la cara oculta de la maternidad ¿Cuántas madres que lo han sido por deseo propio callan las consecuencias de su embarazo? Incontinencia urinaria, incontinencia fecal, pérdida capilar, depresión, desgarro vaginal, desgarro intestinal, diabetes, tiroiditis. Estas son algunas de las cosas que se callan o que se asumen como normales ¿Cómo se vive con ellas cuando el embarazo es para otras personas? Porque no, no es normal cargar con todo eso. Y las consecuencias pueden no acabar ahí. Un embarazo ectópico no diagnosticado, la preeclampsia o complicaciones durante el parto pueden acabar con la vida de la embarazada.

Por supuesto esto no es un juicio a las mujeres que gestan, altruistamente o no. Yo no soy quién para decirle a nadie lo que puede o no puede hacer. Pero la sociedad sí que nos lo dice. Nos han educado preparándonos para ser madres y para cuidar a nuestro entorno. Nos llevan enfocando hacia ello desde nuestra primera muñeca en nuestro cumpleaños. Desde que nos hacían poner la mesa a nosotras y a los chicos de nuestra familia no. Porque teníamos que cuidarlos. Llevamos el cuidado y la maternidad grabados a fuego. Por eso me pregunto qué implicaría legalizar esta práctica altruista, en una sociedad que nos empuja a maternar y cuidar. Me pregunto si pasaríamos por encima de nosotras mismas. Si cargaríamos con los deseos de otras personas. Si viviríamos con la culpa si estos no son satisfechos. Me pregunto si no es una herramienta más para que sigamos poniendo nuestro cuerpo y nuestra vida al servicio ajeno.

Creo todo que este debate sucede sobre terreno pantanoso. Porque hablamos como si viviésemos en una sociedad completamente libre e igualitaria. Pero la realidad se tambalea. La precariedad y la misoginia marcan nuestras vidas. Y mientras haya quienes tienen poder (económico, social, sexual…) sobre otras personas, nosotras parimos, sí. Pero hasta qué punto decidimos.

Rocío Esperilla

Productora, feminista, vegetariana y bisexual. Ideal para una cena familiar.

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