Los que solo opinan no viven. Opinar es más sencillo que poner el cuerpo, más ligero que el sentimiento real de estar allí, de vivirlo. Opinar se disfraza de verdad absoluta y peligrosa. Opinar, en general, no tiene base. Bueno, tiene una partecita tan minúscula y absurda de sustento que cualquiera con dos dedos de frente se reiría y un erudito ni siquiera dedicaría tiempo en aparentar cordialidad ni dejaría escapar una pequeña risotada.
Opinar no genera revolución en sí mismo.
Opinar es de hipócritas, ignorantes y déspotas que se creen con las verdades más universales y absolutas de todas, incluso dictadoras. No dan lugar a lo ajeno, a lo otro.
Ahora bien, opinar con fundamento, con conocimiento de causa de primera mano, opinar desde el corazón y validar con vivencias… eso es otra cosa. Debería llamarse de otra forma.
Pero el mundo, lamentablemente, está más lleno de los opinólogos que mencioné primero. Los que se llenan la boca y los instagrams con ideas que ni siquiera entienden del todo ni les pertenecen. Se critica por criticar y se ponen banderas o insignias como se cambian de calzones.
Política, religión, Venezuela, Trump. Y lo que se les ocurra. Opinar sin tener ni puta idea, porque es gratis, porque sí. Porque callado no se puede uno quedar.
Opinar puede ser un arte, generar transformación, cambio.
Pero lo hemos convertido en otra cosa, en algo banal, común e insípido, porque nada tiene de investigación real ni casi sentido.
Pero bueno, esa es mi opinión.
