La educación argentina en tiempos de coronavirus

Fuente: Oluwakemi Solaja/ Unsplash

Actualmente, nuestro país está atravesando una situación crítica en todos los aspectos posibles: económica, sanitaria, social, financiera, educacional, entre otros. El paradigma del contacto – físico – se puso en jaque tanto en la Argentina como en el resto del mundo. El aislamiento nos atraviesa a todxs desde diferentes ángulos, aunque también desde los mismos. ¿Acaso todxs no estamos desorientadxs? Si somos todxs lxs diferentes, no es ningunx, también podemos decir. Y es absolutamente lógico sentirnos así: no tenemos ningún manual para saber qué hacer cuando hay una pandemia, porque no existen los manuales ante situaciones extraordinarias. O quizás sí para algunas, pero no para algo tan fuera de lo común como la pandemia que estamos traspasando como sociedad. Adentrándonos más en la educación en los tiempos remotos de coronavirus y siguiendo los lineamientos de Carla Wainsztok, nos preguntamos: ¿Se puede enseñar? ¿Es posible lograr  enseñanza y aprendizaje fructíferos desde la virtualidad? 

Previamente a esbozar una respuesta a lo anterior, parece necesario definir qué consideramos como enseñar. Para ello, retomamos las sabias palabras del maestro Paulo Freire en donde se afirma que “(…) enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción” (Freire, 1997: p. 47). Durante el proceso de enseñanza es indispensable que se genere una práctica democrática entre estudiante y profesor. Esta última cuestión es de por sí difícil en las propias aulas. ¿Cómo será en tiempos de coronavirus? ¿Es posible su realización? ¿Cómo afecta al alumnado? ¿Qué tienen que realizar más allá del estudio? En el aula, como docentes podemos percibir lo anterior, pero no en encuentros virtuales ya que se pierde ese ida y vuelta constante de gestos, miradas, tonalidades de voces. Por aula no nos referimos simplemente a aquel espacio físico, sino a todo lo que éste conlleva: hay un antes, un durante y un después. 

«El cierre temporal de las universidades por la pandemia del coronavirus afecta aproximadamente a unos 23,4 millones de estudiantes en América Latina y el Caribe»

La crisis actual trajo consigo cierta reflexión por parte de lxs involucradxs hacia las decisiones tomadas por los gobiernos y hacia los Estados en general, poniendo en evidencia una serie de carencias. Tomando los aportes de García Linera, nos es de sumo asombro la forma en que la población mundial aceptó suspender por completo sus actividades ante el llamado del estado. Sin embargo, nos enfocaremos en aquellas implicancias que el aislamiento social decretado por el gobierno argentino tiene sobre nuestro sistema educativo. En primera instancia, un gran porcentaje de nuestra población no está recibiendo la educación en condiciones óptimas para su aprendizaje. Lo anterior no se debe a una falencia intrínseca de la educación en sí, sino a la suma de factores estructurales que conllevan a la falta de acceso por parte de lxs estudiantxs a la misma. Podemos incorporar la pobreza, la precariedad y la salud como determinantes clave del acceso a la educación. El tiempo, asimismo, es un componente que atraviesa todas las dimensiones anteriores. Se supone que al estar siempre en casa, se tiene más tiempo. Pero esto no es siempre así ya que gran parte de la población tuvo un aumento de tareas domésticas y/o de cuidados que antes no poseían. Entonces, ¿podemos decir que lxs estudiantxs universitarixs de Argentina sufren algún impacto por la cuarentena obligatoria? 

Siguiendo el artículo de Página 12 afirmamos que la suspensión de clases presenciales sí genera un impacto sobre sus estudiantes:

El cierre temporal de las universidades por la pandemia del coronavirus afecta aproximadamente a unos 23,4 millones de estudiantes y a 1,4 millones de docentes en América Latina y el Caribe: esto representa a cerca del 98 por ciento de la población de estudiantes y profesores de educación superior de la región. (Constanza Bonsignore, 25 de abril de 2020)

  Sin embargo, ¿sabemos cuál es el impacto que genera sobre lxs mismxs? ¿Produce lo mismo en cada estudiante? ¿Es posible saberlo a través de la virtualidad? Esta última cuestión nos lleva a pensar y a re-pensar aquello que nos falta, nuestros límites, pero también todo aquello que sí podemos cambiar: nuestras posibilidades. Como se dijo anteriormente, atravesamos un momento inédito en la historia, lo que implica que aún no está editado, no está escrito. Por eso mismo, la desorganización y la desorientación son componentes naturales de la propia pandemia. Nos preguntamos ¿cómo se están llevando a cabo las clases? ¿Cuáles son las respuestas? Según la nota de La Voz: “Solo la mitad de los países lanzó plataformas educativas por la pandemia. Los expertos advierten que la transmisión de contenidos no es suficiente y profundiza las desigualdades. Para aprender se necesita interacción entre docente y alumno.” (Mariana Otero, 14 de abril de 2020)

«En Argentina un 48,7% de estudiantes no tiene computadora y un 47% no cuenta con WiFi en su casa»

Es por estos motivos que, como docentes, no se debe pretender que lxs alumnxs hagan sus tareas y deberes como si, porque no hay un “como si”. La educación no estaba – ni está – preparada para realizar la modalidad online de manera improvisada. A lxs docentxs los tomó por sorpresa el enseñar a la distancia, claro está. Pero a lxs alumnxs también, con lo cual se puede observar la falta de organización para la misma. Y todo ello sin mencionar la coyuntura actual, para la cual nadie estaba preparadx. Asimismo, no debemos dejar de tomar en consideración que el acceso a una computadora y WiFi no es el mismo para todxs lxs estudiantes. Así se deja ver en el artículo de La Izquierda Diario:

En Argentina un 48,7% de estudiantes no tiene computadora y un 47% no cuenta con WiFi en su casa, según el Observatorio de la Deuda Social Argentina. Es decir que casi la mitad de los chicos en edad escolar no cuentan con los recursos para poder acceder a la modalidad virtual que se viene aplicando desde la suspensión de clases en marzo, a causa de la pandemia del coronavirus. (Mei Cabrera y Verónica Valenzuela, 9 de mayo de 2020)

«Hace más de 70 días se suspendieron las clases presenciales en las escuelas argentinas por la covid-19«

Lo que se cita previamente es comúnmente llamado “brecha digital”. Sin embargo, no se trata de una brecha: es desigualdad educativa y social. Lxs alumnxs no tienen acceso a la conectividad con lo cual no pueden mantener la continuidad pedagógica por falta de recursos. Además, por más de que tengan accesibilidad a internet, mediante datos móviles de su celular, en el mismo ¿tienen memoria para bajar la plataforma que se pide utilizar? Esto último, ¿es algo que se tiene en cuenta a la hora de evaluar cómo seguir con las clases a distancia? ¿Cuán virtuosa puede ser la virtualidad estudiantil en Argentina si se dejan de lado a la mitad de nuestrxs compañerxs? 

Siguiendo la línea anterior, es pertinente entender qué otras desigualdades atraviesan la mitad de lxs chicxs que no están contemplados en la modalidad virtual. Las escuelas no son solamente lugares de aprendizaje, sino también de socialización e incluso de alimentación. Con la pandemia y la cuarentena social obligatoria en nuestro país, tanto el acceso a la educación como el acceso a un plato de comida se vieron afectados para gran porcentaje del alumnado argentino. De esta manera lo esboza la siguiente nota de El País:

Hace más de 70 días se suspendieron las clases presenciales en las escuelas argentinas por la covid-19. Para muchos niños y niñas, el cierre no solo impacta en su educación y sociabilización, sino también en el acceso a una comida saludable. Las viandas escolares son esenciales para muchas familias en situación de vulnerabilidad. (Florencia Tuchin, 31 de mayo de 2020)

Finalmente, considero de suma importancia exponer las diferencias existentes de recursos entre las escuelas urbanas y las rurales, motivo por el cual para las últimas la adaptación a la virtualidad – tanto por lxs alumnxs como por lxs docentes – supone mayores obstáculos. Las noticias periodísticas que veneran alumnxs que para poder realizar exámenes virtuales tienen que subirse a un médano, o acercarse a la parada de un colectivo, como también aquellas donde docentes recorren cientos de km. para dar clase o entregar materiales a sus estudiantes son infinitas. Entre ellas, el siguiente fragmento de La Nación:

Para el docente (…) los chicos no tienen la culpa de la situación que deben vivir en medio de la nada. «No quise que mis alumnos se retrasen y que sientan diferencias con otros chicos de la ciudad que están conectados. No los quería defraudar, por eso decidí acercar los deberes a sus casas». (Mariana Reinke, 8 de mayo de 2020)

Lejos de criticar admirables acciones como las relatadas anteriormente, pretendemos que se apunte a una educación menos desigual, en la cual ni docentes ni estudiantes tengan la necesidad de pasar por todo aquello con el objetivo de poder recibir una educación digna. Personalmente, considero que la cuarentena también generó un impacto en los hogares y trabajos en tanto el contacto permanente entre los miembros de las familias lleva a mayores conflictos de convivencia. Y por supuesto que no me refiero solamente en el ámbito económico, sino también en el psicológico y anímico. Sin embargo, podría ser una gran oportunidad para lograr visibilizar todo el trabajo que conlleva mantener una familia y un hogar; tarea que en lo general es llevada a cabo por mujeres. Es un momento clave para dejar de normalizar el esclavizar a mujeres racializadxs para que sean las únicas encargadas de la limpieza de la casa y cuidado de los niñxs. Lleva tiempo, angustia, impotencia y mucho esfuerzo de nuestra parte; pero si logramos resultados, el cambio será significativo en varios aspectos de nuestras vidas cotidianas.

Bibliografía:

Nini Vinitsky
Nini Vinitsky

Licenciada en sociología. Le encanta viajar, conocer otras culturas y ayudar a la gente.

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