Javier Marías debajo de la escalera, mirando faldas hacia arriba

La presente reseña trata sobre la primera novela que leí de Javier Marías y que escogí al momento de su muerte. 2022 fue el año en el que falleció este escritor español y sus fotos me motivaron a leerlo: me dio una impresión de jovialidad, jovial incluso con la acumulación de décadas encima, con gabardina, con gafas, peinado y despeinado. Las fotos en blanco y negro de Javier Marías me parecieron elegantes y, por extensión, él también me lo pareció. 

No había leído nunca a Javier Marías. Tampoco lo tuve agendado. Sin embargo, el día que murió busqué entre sus títulos y me quedé con Mañana en la batalla piensa en mi. Lo elegí por cómo sonaba, por la musicalidad de lo que evocaba esa frase, de ahí la importancia de un título. Empaticé o creé un vínculo con él y, al mismo tiempo, se transformó en epitafio de un Marías consustancial, aquel que enuncia desde el otro lado, un Marías despidiéndose y dejándonos aquel lema para el recuerdo.

Iré de atrás para adelante, o mejor dicho, del final hacia el inicio: el epílogo menciona una aseveración de Cioran sobre la inutilidad de la lectura de novelas. Cioran no lee (leía) novelas porque son ficción y ya hay demasiada realidad como para ceder terreno a historias que ni siquiera han ocurrido. Marías defiende la razón de ser de las novelas arguyendo que son todo posibilidad, que, si bien no han sido, son la realización de una de tantas posibilidades que brinda cada camino a seguir. Es decir, defiende la potencia de realidad que hay en las novelas. Yo mientras leía esto pensaba en que lo verdaderamente importante de las novelas no es la potencia de realidad que hay en ellas (una historia verosímil o factible), sino que son un modelo en el que muchos podemos vernos reflejado: la anécdota de la historia puede ser una metáfora que cada uno asimila como quiere; mis reflexiones son diferentes a las que extrae el mismo autor sobre su novela. Esto es lo universal que hay en la novela. 

Javier Marías dice que su novela va de engaños: no meramente el hecho de que una pareja se ponga los cuernos, sino que, a partir de la ocultación, la vida que es para uno no es la misma idea de vida que tienen de ti los demás. Gombrowicz hablaría del ser para sí mismo y de la mirada del otro que te deforma. Marías plantea una realidad entera imposible cuando existen distintas perspectivas. Y resume todo en el engaño y la ocultación, el papel que tienen en las vidas de las personas. Recuerda también al juego de máscaras del que habla Erving Goffman en La presentación de la persona en la vida cotidiana, manual antropológico de referencia para comprender lo teatreros que somos los humanos.

Para mí, Mañana en la batalla piensa en mí ha sido una novela cuya potencia radica en la capacidad de contar: ya solo por esto me vale la pena. No me fijo en las novelas por sus anécdotas, sino por la forma en la que estas son contadas a través de un hábil narrador. Y Javier Marías lo es. No es trivial que sus primeras cincuenta páginas estén basadas en un simple encuentro que ocurre en unos quince, veinte minutos. Te devoran, esas páginas te devoran a ti como lector.

El título está extraído de una obra de Shakespeare, Ricardo III, a la que hacen alusión en la novela. El protagonista, un raro alter ego del escritor (a mi parecer), es el encargado de relatar toda la historia en una especie de monólogo silente, a lo Molly Bloom, casi en su totalidad. Tras pasar los primeros veinte minutos de la historia, vertiginosos y tensos, te cuenta lo que hace el personaje y sus elucubraciones: recuerda a cualquier personaje de Camus o existencialista, que por evitar males mayores acaba cometiendo actos torpones y aparentemente irreflexivos. Aquí radica el juego de la novela, las decisiones del protagonista, su forma de calibrar y sopesar caminos, sus encrucijadas, el hecho de cometer lo que no llegan a delitos, pero sí situaciones extremas en las que se ve envuelto, y la forma en la que te hilvana los pensamientos para que puedas llegar a comprender a un personaje que «se complica las cosas».

Hay una historia de flashback que resulta muy interesante y que introduce una de las reflexiones de la novela: el hecho de devenir un «coyacente», cuando alguien con quien has tenido relaciones sexuales las tiene con una persona nueva, te hace coyacente de esa persona. El protagonista vuelve a esta reflexión en diferentes momentos, le parece que en alemán hay un término para este concepto. Vuelve a esta idea por el extrañamiento que de ella le embarga cada vez que se cruza con algún coyacente: «me ha hecho coyacente de este señor pusilánime», como si dijera de tanto en tanto.

El protagonista es simpático hasta cierto punto, porque derrocha una mirada masculina muy fuerte, poco apta para pasar el filtro feminista de hoy en día. El mío no lo ha pasado: es un protagonista putero, un poco salidorro (bastante), habla de adónde se le van los ojos y la incapacidad de los hombres de poder reprimir esa mirada hacia una mujer, le falta anotar puntuaciones en base a los cuerpos femeninos, es voyeur, un tanto de stalker, persigue a la hermana de la muerta e, incluso, da por hecho que se la va a ligar, además de (y lo peor de todo) sólo yacer con féminas que podrían ser sus hijas. Se habría salvado un poco de haber hablado de alguna mujer mayor que él, o si le gustara alguna de su edad, pero ni eso; es como si para alguien de ese perfil, el target fueran única y exclusivamente las jovencitas. Un poco de miedo, sí.

El protagonista de la novela se define a sí mismo como un hombre incapaz de reprimir el impulso «natural» de calcular los pechos femeninos. Para él, ir en contra de estos arrebatos sería «violentarse» y añade que es normal en él y en «muchos hombres». Es curioso ver en una novela este pensamiento literaturizado, es decir, ahora lo que se nos hace violento es más bien lo contrario, tener que permitir este tipo de valoraciones ajenas sobre el cuerpo femenino como si se analizara un objeto. La cosificación contra la que ha luchado tanto el feminismo para no sentirnos menos importantes que los hombres: quien te cosifica inmediatamente se pone unos peldaños por encima de ti. Veamos el siguiente fragmento:

«No pude evitar mirarle un momento el pecho a Luisa Téllez y, por así decir, calculárselo. Quizá el sostén de su hermana Marta no había sido de talla menor de la necesaria, quizá sus pechos habían sobresalido siempre. “Cómo puede ser que me esté fijando en el busto y los muslos de Luisa Téllez”, pensé. Sé que es normal en mí y en muchos otros hombres en cualquier circunstancia, aunque sea la más triste o más trágica, no podemos evitar el aprecio visual más que violentándonos mucho, pero me hizo sentirme como un miserable —en el habla de la adolescencia, un guarro—, y aun así volví a medirle ese busto con la mirada, fue un instante o dos, y disimuladamente, con ojos tan velados e hipócritas que a continuación los bajé hasta mi plato y comí un bocado…» (p. 105)

Es sobre este punto, pues, donde me detendría para hacer un análisis. Así como últimamente atendemos a la revisitación de ciertas películas (incluso de Disney) o series para las que el filtro actual feminista (o racista o xenófobo, homófobo, etc) no daría el aprobado, si revisitamos y revisamos obra literaria, quizá podría pasarnos lo mismo. Es habitual que los protagonistas de las novelas, tanto de hombres como de mujeres, puedan ser un trasunto o doppelganger de quien escribe, es completamente normal y común. El escritor escribe sobre sus vergüenzas, que diría Dostoyevski. Así es como se nos hace inevitable que nos chirríe cierto material a la hora de estar enfrascados en la lectura de una buena novela, y Javier Marías escribe muy bien, pero como lectora mujer no puedo dejar de arquear la ceja o estremecerme cuando hace sus valoraciones del físico femenino:

«Llevaba puesta una gabardina corta que permitía ver la mitad de sus muslos con medias negras, tenía los brazos cruzados en un gesto de frío aún soportable, y al ver que mi coche no hacía uso de la luz verde le prestó más atención y descruzó los brazos para permitirme contemplar —permitirle al conductor, a mí todavía no podía verme— su falda aún más corta que la gabardina y una especie de body que seguramente le venía bien para realzar sus pechos —así los llaman, bodies—. Se llevó las manos a los bolsillos de la gabardina y de ese modo la abrió o entreabrió, en un mortecino gesto de exhibicionismo». (p. 122-123)

Puede ser tranquilamente el pensamiento de un señoro de la actualidad que tanto nos intimida con la mirada. Debido a este hecho y, aunque no juegue en detrimento de mi percepción de la totalidad de su novela, puedo señalar que hay muchos momentos en los que puede hacer sentir incómoda a más de una:

«…el vaticinio de su vida arruinada o tal vez sólo una mala racha, el maquillaje exagerado para una joven tan joven y la ropa que, más que cubrir, subrayaba los pechos acentuados y alzados por aquel body blanco, las piernas al descubierto con la mínima falda hecha un guiñapo». (p. 135)

Hay una reiteración en señalar las partes pudendas femeninas, en recrearse en esa mirada «masculina» y saber que, al igual que en algunas películas, podemos llegar a pensar que podrían haberse ahorrado ciertas imágenes sensacionalistas de violación o simplemente desnudos que no vienen a cuento para ganar más audiencia. Así también podemos llegar a sentir un ligero escalofrío al meternos en la mente de un narrador protagonista que ya hemos definido como salido o viejo verde:

«Miré a Marta ahora desde mi altura, desde la de un hombre que está de pie y mira hacia alguien tumbado, vi sus nalgas redondeadas y duras que sobresalían de sus bragas pequeñas, la falda subida y la postura encogida dejando ver todo eso, no sus pechos que seguían cubriendo sus brazos, un desecho, ahora sí un despojo, algo que ya no se guarda sino que se tira —se incinera, se entierra— como tantos objetos convertidos en inservibles de pronto que le pertenecieron, como lo que va a la basura porque se sigue transformando y no se puede detener y se pudre —la piel de una pera o el pescado pasado, las hojas primeras de una alcachofa o la asadura apartada de un pollo, la grasa del solomillo irlandés que ella misma habría vaciado en el cubo desde nuestros platos hacía poco, antes de que fuéramos al dormitorio—, una mujer inerte y ni siquiera tapada, ni siquiera bajo las sábanas. Era un residuo y para mí sin embargo la misma de antes: no había cambiado y la reconocía». (p. 28)

Que, por si fuera poco, queda muy clara la reducción de la figura femenina en su novela a sus partes: no es la mujer en su conjunto, sino unos pechos, muslos, nalgas y, al mismo tiempo, alcachofas, pollos, solomillos. Esa dureza al describir a las mujeres con las que alterna su personaje nos da a entender que es lo natural en la esencia de todos los hombres y busca la complicidad de un lector que sería, irremediablemente, masculino.

Javier Marías escribe muy bien, pero como lectora mujer no puedo dejar de arquear la ceja o estremecerme cuando hace sus valoraciones del físico femenino.

Desgraciadamente, retrata un tipo de persona que existe. Digo que, aunque no nos guste, es así y está muy bien descrito y explicado. El personaje está bordado, le lees todos los entresijos mentales. La historia está muy bien trabada y el final cierra de forma excelente. Sin revelar la anécdota principal, esta sería una reseña posible de una buena novela como es Mañana en la batalla piensa en mí. Esperemos, pues, que este Víctor (el protagonista de la historia) no sea un trasunto de nuestro Javier Marías, por todo lo que he expuesto antes… aunque mucho me temo que nos da pistas de que sí: cuando da un nombre falso, dice Javier, y además te lo describe como un escritor aficionado (un «negro», como llaman a los escritores que escriben por encargo). Sin embargo, este Víctor es capaz de comer en restaurantes pijos londinenses al mismo tiempo que pide un MacPollo del MacDonalds. Yo le doy el beneficio de la duda…

María Elena Blay Chávez

Filóloga y doctora en literatura.

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