Somos una raza superior

No tenemos límite. Estamos hechos de material incombustible. Ni la kriptonita puede con nosotros. Todo el mundo sabe que somos inmortales, capaces de sobreponernos a cualquier realidad por cruda e insuperable que parezca.

«Como defensores de la justicia que somos, se nos concedió el don de jamás enfermar, jamás penar y ser omnipresentes»

Así somos los abogados. Qué le vamos a hacer si nacimos como una raza superior. Nosotros no lo pedimos pero, como defensores de la justicia que somos, se nos concedió el don de jamás enfermar, jamás penar y ser omnipresentes.

Y es que la mayoría de la gente desconoce las condiciones bajo las cuales ejercemos nuestra profesión. Quizás de conocerlas, la figura del letrado levantaría más simpatías. O no. Pero justo es que, si mi primer artículo en Bikini Burka versaba sobre mi condición de mujer, dedico el segundo a otro rasgo que me define: mi profesión.

Pensemos cuáles son las peores y más complicadas situaciones con las que una persona puede encontrarse en el transcurso de su vida. Veamos: La muerte de un padre; el fallecimiento de un hijo; la enfermedad de tu hermano; un embarazo complicado; el mismo parto; un accidente; una intervención quirúrgica. 

¿Alguien podría afirmar sin ruborizarse que en estas situaciones un trabajador debe sí o sí “fichar”? O incluso, ¿alguien exigiría a esta persona que en esos días, convaleciente, preparara a su sustituto para cubrir su ausencia?

Pues esto, señoras y señores, es lo que se pide por ley, a los 150.000 abogados y abogadas de este país. 

Les contaré una historia real. El 31 de agosto de hace 4 años, tuve una complicación médica que me obligó a estar ingresada durante más de una semana. Sufría una hemorragia interna cuyo origen, inicialmente, se desconocía. El problema no parecía menor. Desgraciadamente, tenía señalada una vista para el primer lunes del mes de septiembre. Pedí al juzgado que se aplazara el juicio hasta mi reposición (qué menos que ser dada de alta) y la respuesta, amparada por la facultad de valorar si la “excusa” es plausible que confiere la ley al letrado de la administración de justicia (antes, secretario judicial), fue que me buscara un sustituto. 

Un sustituto. ¿Y a quien podría yo buscar en tres días, postrada en la cama, que estuviera dispuesto a venir al hospital a fin de que le explicara un procedimiento tan “sencillo” que llevaba instruyéndose tres largos años? 

Gracias a Dios, la mayoría de los juzgados se muestran comprensivos con estas situaciones, pero la duda siempre nos persigue sometidos al albur de la última palabra del juzgado, y a la resolución impenitente de alguien que puede carecer de la más mínima empatía. 

«La buena voluntad de los juzgados y compañeros facilitan la mayoría de las veces que los señalamientos puedan suspenderse»

Sé de compañeras que han roto aguas en sala. He visto a compañeros defender al cliente con 40º de fiebre. Y a no pocos acudir al juzgado cojeando porque se rompieron la pierna el fin de semana anterior.

Pero eso, aunque suene tremendo, no es lo peor. Porque en definitiva, la buena voluntad de los juzgados y compañeros facilitan la mayoría de las veces que los señalamientos (para legos, vistas, juicios, declaraciones) puedan suspenderse pero… ¿qué pasa con los plazos?

Plazos de 1 día, 3 días, 5, 20… 

Ni los jueces, ni los fiscales tiene plazos para presentar sus escritos. Los abogados sí, y si vencen, pierden la oportunidad de defender los intereses de sus clientes pudiendo generar la temible responsabilidad civil. ¿Qué es la responsabilidad civil? Cuando el cliente puede demandar por negligencia.

Qué incongruencia, ¿no?. Negligencia porque estoy en el funeral de mi padre y no soy capaz de separar alma y cuerpo para pedirle al segundo que, olvidándose de la primera, se siente delante del ordenador para contestar un plazo de una audiencia

«Parece que facilitar algo tan de moda como la conciliación de la vida personal, familiar y profesional en la abogacía no mola tanto»

Los plazos jamás -y digo bien jamás- se suspenden en situaciones en las que ninguna persona normal podría actuar con claridad o coherencia. Parece que facilitar algo tan de moda como la conciliación de la vida personal, familiar y profesional en la abogacía no «mola» tanto. Ergo, debemos ser una raza superior. O al menos eso piensa el legislador que rechaza sistemáticamente humanizar lo inhumano. Y convertir en una quimera algo tan cuerdo como dejarnos trabajar con dignidad.

Cristina Llop
Cristina Llop

Abogada, consejera y vicesecretaria del C.G. de la Abogacía Española.

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