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Ni la muerte nos separa

Fuente: Julio Arenas

*Nota: El siguiente artículo escrito por Patricia Tamayo se trata de un relato de ficción.

Como el muerto es mío me tocó hacer lo que hacen las viudas, desenterrar a su marido y cumplir su última voluntad. Y bueno, ahí estaba, en ese panteón desaliñado y olvidado.

«Nos prometimos más amor del que poseíamos»

No puede ser que mi esposo estuviera ahí, en ese lugar, tres metros bajo tierra, pero esperen y les cuento cómo terminé con una pala, en un cementerio, desenterrando un cadáver.  Cómo hice algo en lo que creo, y que justifica tremenda locura. Todo en nombre del amor. Esto que les cuento es real, es la vida misma. A mi esposo lo conocí allá en las montañas de la sierra de mi país, yo, que nací cerca del mar me aventuré a recorrer la sierra y fue así que nos encontramos. Cuando nos conocimos fue amor a primera vista, él me llevó a conocer más allá de las montañas y del cielo al mismo tiempo. Cuando decidimos seguir nuestro camino juntos, fue en dirección al mar, al llegar, nos recibió el sonido de las olas que embellecía todo a su paso, aún recuerdo el cielo nocturno cargado de lunares brillantes, donde nos iluminaba la poca existencia que cargábamos. 

Estábamos solos y nos reconocimos, hicimos el amor con el mar, el cielo. Dentro y fuera. Todo para que nuestro sentir no se terminara. Nos prometimos más amor del que poseíamos, nos poseíamos más de lo que nos amábamos. Todo lo hicimos en nombre del amor. Como si eso bastara. Y sí, eso bastó en ese momento. Hasta las luchas más nobles pueden llevarnos a la muerte más dramática. El tiempo que pasamos juntos se considera fugas, se considera no adecuado ni prudente. ¿Quién lo considera?  Pues la familia de él. Yo no tengo familia así que por mi parte nadie me juzga. Fue un amor de verano dicen.

Cuando murió, su familia no me permitió asistir a su funeral, decían que era solo una aventura, desmerecieron mi tiempo con él, desmerecieron todo lo que sentí, todo porque no me conocieron como él me conoció. Lo desmerecen todo, porque así actúan. Mientras no formes parte de las normas de la sociedad, mientras no tengas el tiempo “prudente” para una relación, pues no lo es y mientras no te vistas así, no digas aquello, no pienses como los demás, eres estiércol de otro corral, por ende, no tienes derecho en estar en la ceremonia. Como si para rezarle a un muerto debes hacer méritos. El muerto, muerto está, y uno llora lo que no se le pudo decir al ahora difunto.

¿Han asistido a algún los funerales? Creerán que estoy loca por lo que voy a decir, pero todo es un teatro. De repente al difunto todos lo conocen, aunque lo hayan visto solo una vez. Se jerarquiza en los entierros. En algunas ocasiones se visten con sus mejores galas y confiesan algo que no sienten: “Lo lamento”, dicen.

¿En serio «lo lamentan»? ¿En serio «lo sienten»? Pues yo creo que ni lo lamentan ni lo sienten, están ahí solo por pena, solo por los vivos que lloran. 

En un momento el funeral se torna con una capa de chismes, descarados murmullos que empiezan a sonar tediosos cuando ya se cansan de velar al muerto, cuando el olor a rosas tétricas les afecta los sentidos y empiezan a hablar de la fulana que vino vestida de tal forma, del amante de la vecina, de los malos vivos que quedan en el funeral, el más grande trato de intocables dolencias. Todo por estar con alguien que ya no escucha, se visten de negro para que sepan que están tristes, ocultan el dolor como si fuera el más terrible pecado. Yo creo que fingir cansa. Van y se quedan hasta la madrugada con alguien con el que no lo hicieron en vida.

—Lamentan tanto su perdida— dicen.

Pero les digo algo:—Dejen de decir lo que no sienten—

Lo enterraron ayer, murió de una enfermedad que le habían detectado dos meses antes de conocerme. Aunque yo creo que murió de tristeza, pero no, no por mí, sino una tristeza más pesada que él olvidó, de esas que se llevan por dentro y queman las entrañas, al fondo, muy al fondo, donde la luz no llega. Esa tristeza que muchas veces está dormida, apaciguada, pero alerta, esperando el cómo, cuándo y dónde atacar. 

Él sabía que iba a morir, hablamos tanto del tema, me contó que quería que sus cenizas fueran el abono de una planta y él ser el fruto. Él quería morir y seguir viviendo. Pero ahora está bajo tierra pudriéndose, haciéndose polvo, pero lo que ellos no saben es que dos días antes de su muerte, me casé con él, así que el muerto es mío. Esta noche lo voy a desenterrar, a hacer su última voluntad, a reírme porque esto es una locura, pero como les dije, lo que hicimos fue en nombre del amor. Una locura. Este amor que aún sigue como brasa, calentándome las tripas, avivando mis ganas de conocer la vida misma.

«Porque si yo estoy viva, él también lo está»

Estuve casada con él poquísimo tiempo, y ahora vengo a llevarme lo que es mío, porque si me caso, el muerto es mío. Aquí estoy pues, desenterrándolo, fui a buscar a mi marido y me lo llevo para cumplir su última voluntad, todo en nombre del amor. Tiempo después sus familiares se enteraron y no dudaron en llamarme de todo tipo de formas, círculos y cuadrados. Creen que me insultaron, lloraron, como si en verdad les doliera. —Un sacrilegio—dijeron, pero mi marido me dijo bien clarito dónde quería que su cuerpo terminara, y que sus cenizas estuvieran en la raíz de una planta. Pues así fue, me lo llevé y lo sembré, le pedí disculpas porque al final sí tuvo un funeral, pero bueno, no siempre se tiene lo que se quiere, ni en la vida ni en la muerte. 

Ahora lo visito cada verano, me llevo sus frutos y los vendo en el mercado. Hoy el día está soleado, tengo mucha sed, creo que tomaré una fruta para que me refresque el alma. Porque si yo estoy viva, él también lo está.

Patricia Tamayo
Patricia Tamayo

Ficciona historias reales, cree que a veces es necesario para que la verdad salga a la luz.

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