2025 ha llegado al final de sus 365 días y para mi sorpresa, el balance ha sido positivo. Básicamente porque tal como me inculcó el hombre más sabio del mundo, el amor es el sentimiento más poderoso del universo, ya que a diferencia del miedo y la oscuridad, conecta almas, no atiende a imperfecciones, es una elección diaria arraigada en la valentía para superar cualquier obstáculo. Estar motivado por el amor es un acto consciente que involucra compromiso y respeto hacia uno mismo y hacia los demás.
Despedir este año demanda reconocer la lucha incansable, sosegada, determinada y constante de una mujer cuyo propósito siempre ha sido trabajar en aras de recuperar el derecho más básico del ser humano, la libertad. Una mujer que representa la esencia de varias generaciones de venezolanos, de aquella que nos define como sociedad amable, generosa y trabajadora, una entidad característica arraigada en la naturaleza del gentilicio que nos ha facilitado adaptarnos a diferentes culturas, idiomas, ideologías, costumbres, climas y geografías.
Una mujer con una determinación inquebrantable, no por terquedad sino respaldada por su formación académica, moral y ética, demostrado al mundo que es una excelente gestora, firme, coherente, determinada, seria, sólida, culta, una mujer que no da bandazos, una mujer que se mantiene estoica ante un solo cometido, devolvernos un derecho tan básico como la libertad, del que nos han privado durante más de 25 años. Una mujer que no da palos de ciego porque sabe que el futuro de un país depende de su esa determinación y perseverancia.
Lo que está en juego en este punto álgido, crucial en la historia de Venezuela, no es una cuestión de ideologías políticas sino de urgencia humanitaria. No se trata de posturas doctrinales divididas en colores, partidos, derechas, izquierdas o centros. Es mucho más urgente, es una privación de los derechos básicos de cualquier ciudadano, vivir en democracia bajo la premisa de la separación de poderes y la libertad de expresión.
Hoy, después de 30 años, habiendo salido de mi país de origen en 1995, hablo en primera persona atreviéndome a pluralizar, expresando que nos despojaron de nuestros pasaportes, arrancaron nuestras raíces y con ello la identidad cultural de nuestros hijos, nuestros derechos, nuestra analogía, que en mi caso, sigo intentando rescatar.
Nuestros hijos son los hijos de la diáspora. Un enriquecimiento cultural maravilloso donde en las sobremesas se conjugan verbos entre nuestro acento y el de ellos, en castellano, inglés, francés. Y en ese amalgama de expresiones idiomáticas nos embriaga la nostalgia y la esperanza de regresar con ellos, con nuestros hijos, que también son parte de Venezuela.
La diáspora no es solo una separación geográfica sino un espacio de identidades complejas, estigmas y lazos culturales, todo ello narrado con una mirada ética y profunda que busca la verdad más allá de lo evidente.
La privación de viajar por temor a ser encarcelada en un estado donde no existe separación de poderes que fundamenta los cimientos de cualquier democracia es una atrocidad que nos hiere día a día. Y aunque de alguna forma agónica se haya normalizado esa prohibición implícita de volver a casa, la herida continúa latente a través de un recorrido de planes inconclusos.
En las entrañas de esta verdad silenciosa no podemos olvidar que lo que se intenta llevar a cabo es una transición democrática demostrable. Los venezolanos votaron con un resultado revelador, cuyo candidato ganador ha sido imposibilitado para ejercer como presidente de la República, apartado a la fuerza por una dictadura asentada en un narco estado que ha matado, secuestrado, encarcelado, y torturado, lo cual trasciende las diferencias de orden ideológico.
En este contexto social no hay cabida para hablar de gobierno y oposición, básicamente porque el primero es ilegítimo. No se trata de una cuestión de partidos sino de una opresión dictatorial sobre un cuerpo democrático que encabeza la lucha y representa la decisión de millones de venezolanos, precisamente por eso no cabe hablar de partidos. Lo que está ocurriendo en este momento es un asunto de justicia y respeto a los pilares de la democracia.
Nos amputaron el órgano más importante del ser humano, la pertenencia física a nuestros núcleos familiares, normalizando abrazos eternos en aeropuertos y ciudades que a veces no reconocemos. Es indiscutible que los venezolanos vivimos una violación a la integridad y al derecho de la libertad.
Venezuela, espérame, espéranos. Alex no podrá acompañarnos en ese viaje porque de alguna forma a él también le robaron la posibilidad de conocerte de la mano de su familia.
Pronto volveré a levantar la mirada ante el imponente Ávila que me arropó desde el día que nací. Podré presentarte a otro de tus hijos, el mío, que lleva tu cálida esencia en su sangre, en sus genes, en la cultura inculcada por su madre extranjera. Espéranos, el reencuentro está cerca.
Cuando se obra desde el amor, no se busca venganza sino justicia.