Recuerdo sonrojada cómo de niña no podía soportar un primer tachón en mi cuaderno. La errata era incorregible por mucho esmero que pusiera en hacer la línea que debía cruzar la palabra equivocada o por mucho typex (invento del demonio) que la cubriera. Y cuanto más cercano al comienzo ocurría el fallo con más fuerza…
Redactoras























































































































































































































































