Hay conversaciones que comienzan como un refugio contra el ruido de afuera y terminan cambiándote la forma de mirar las calles. Sucedió hace unas semanas, entre la espuma de una cerveza y esa complicidad que surge cuando te sientes en buena compañía. Al calor de los últimos acontecimientos, un amigo se interesó por mi parte de la historia. Con la precisión de quien guarda un tesoro en la memoria, rescaté entonces el nacimiento de mi hijo, narrando ese viaje hacia la vida y la asombrosa resistencia de la mujer que, en mitad de la tormenta, se vuelve raíz y mar.
Él me escuchaba con una admiración silenciosa, la de quien ha sido testigo de lo sagrado. Tras haber acompañado el parto de su pareja, compartía conmigo esa certeza de que la fuerza femenina es el motor que hace girar el mundo. Fiel a la honestidad que lo define, soltó una reflexión que quedó suspendida en el aire, como una verdad que siempre estuvo allí:
«No entiendo por qué nuestras plazas están llenas de generales y no de mujeres que han parido».
Esa frase me persiguió de camino a casa y, desde entonces, me ha obligado a mirar nuestras ciudades de otra manera. ¿En qué momento hemos diseñado un imaginario colectivo que ignora su propio origen?
Caminamos bajo la sombra de hombres de metal que desafían el cielo con sus espadas, conmemorando victorias. Sin darnos cuenta, hemos llenado el espacio público con el orgullo de la conquista, relegando la gesta más heroica de nuestra especie —el acto de parir— a la periferia de lo invisible, como si se tratara de un proceso meramente biológico y no del rito de valentía más puro que existe.
Estamos ante un olvido extraño, sin duda, ya que celebramos a quienes firman los límites de las fronteras, pero no alzamos monumentos para quienes garantizan el comienzo de la historia. Si las estatuas son el espejo de lo que valoramos como sociedad, me temo que habitamos un entorno vacío de memoria. ¿Cómo es posible que hayamos olvidado rendir homenaje a quienes sostienen el mundo sin necesidad de empuñar un arma?
La potencia que se despliega en un alumbramiento es una energía que nace de las entrañas y que abraza el dolor para transformarlo en luz.
Frente a la piedra estática de los generales, la mujer es naturaleza pura. Por eso, sería un acto de justicia poética cambiar el bronce frío de los uniformes por la calidez de los cuerpos que abrazan la existencia; imaginar ciudades que dejen de ser mudas, donde, al levantar la vista, no encontremos un caballo de guerra, sino la imagen de una madre que mantiene encendida nuestra llama. Al final, son las mujeres, en ese silencio sagrado y feroz, las que protegen la vida y el mañana.