Miro a mi alrededor y siento que llego tarde a todas partes. Tic, tac, tic, tac en mi cabeza. No sé cuál es el tiempo oportuno y correcto; aun así, lo siento encima como un peso que me aplasta, me deja sin aire y me encapsula. ¿Estoy en standby o voy hacia algún lugar?
He hecho las cosas bien. Tengo una habitación propia. Pero incluso eso parece insuficiente para sentirme realmente plena. Como en el País de las Maravillas, cada vez que me adentro en ella, la habitación se vuelve más y más estrecha.
No sé si es el espacio lo que falla o yo que no encajo en él.
Busco el sentido de las cosas y, en ciertas situaciones, no lo encuentro. Muchas veces me siento perdida; otras tantas, cómoda en ese limbo. Tal vez sea una especie de funámbula emocional: avanzo sin red por el cable, confiando en que el equilibrio en algún momento aparecerá.
No creo firmemente en las metas, pero sí en los propósitos. Aun así, me pregunto si sentar la cabeza no será el final del camino, un coma experiencial.
Supongo que sentar la cabeza tiene más que ver con encontrar la estabilidad. Y aunque esta puede adoptar muchas formas, siempre remite al equilibrio.
Últimamente, el único equilibrio que encuentro se halla en una clase de yoga. Quizá lo más cerca que he estado de sentar la cabeza haya sido una sirsasana. Invertir el cuerpo para ver si, desde ahí, algo encaja. Cambiar el punto de vista, aunque sea a base de cervicales.
Es posible que, pasados los treinta, sentar la cabeza signifique tener un trabajo estable, un hijo, una casa y un perro. O quizá no. Tal vez sea algo mucho más simple: llegar a casa y que no te duela el cuello.
Mientras sigo intentando descifrar en qué consiste todo esto, me muevo con cierta elegancia —o con práctica— entre bodas, despedidas de soltera y baby showers, esquivando preguntas de sobremesa como:
—Y tú, ¿qué? ¿Ya tienes novio?
Mi respuesta siempre es la misma:
—Uno, no. ¡Varios!
Aunque luego no me coma ni un rosco en meses…

