Hola:
Soy Alba, tengo treinta y cinco años y, a los veintidós, me diagnosticaron la enfermedad fantasma: fibromialgia. La llamo así porque no se ve, nadie la ve, pero se siente.
Yo era una chica deportista, alegre, algo tímida a veces, un poco (bastante) «payasa», cariñosa y cercana. Pero algo cambió por aquel año de 2011. Tuve una depresión; eso es lo que me dijo mi médico, el mejor que he tenido, por cierto. Nunca había tenido eso, pero cuando me dejó la persona con la que estaba, mi cuerpo y mi mente pasaron por un cambio: adelgacé, tenía un tic en el ojo y no paraba de llorar.
Seguí jugando al fútbol. Jugábamos en el mismo equipo, ya que lo formamos juntas, y al poco, al poquísimo tiempo, empezaron mis dolores.
Primero fueron unos dolores en las rodillas. Pensé que sería de tanto correr: corría campo arriba, campo abajo; era mi pasión, mi entretenimiento, mi energía. Pero el dolor no cesaba y opté por ir al médico, quien me dijo que no tenía nada. Me quedé extrañada, pero me fui sin más.
Pasó el tiempo, y esos dolores aumentaron de intensidad, así que volví al médico. Me hicieron pruebas y me dijeron que era condromalacia, así que tomé unas pastillas para el cartílago de la rodilla, pero nada. Esos dolores fueron apareciendo en otros lugares, como la espalda, los brazos…
Volví al médico y, al fin, me mandaron al reumatólogo (reumatóloga, en este caso). Ella me hizo preguntas sobre qué sentía y qué me pasaba. Palpó unos cuantos puntos de mi cuerpo. Ante mi sorpresa —o no tanta, la verdad—, me dolían todos. ¡Todos! ¿Cómo podía ser?
Así, sin más, me dijo, sin hielo ni nada: tienes fibromialgia.
Yo ya había oído hablar de ello porque conocía a una persona que la tenía, pero de pensar que podía padecerla a que lo confirmaran va un paso. Y creo que mi cara se quedó paralizada por un instante. No sé en verdad qué vino después; tengo una pequeña laguna, y tampoco sé cómo se lo conté a mis padres, hermanos y pareja, con la que llevaba menos de un año.
Pero desde ahí, mi vida cambió…