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El valor de un nombre

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Fuente: Philippe AWOUTERS/ Unsplash

Desde que nacemos nos marcan de una manera en la que, más allá de todos los factores culturales y sociales que pretenden clasificarnos en género y clase social principalmente, tiene gran utilidad y a la vez con el tiempo pierde todo su valor; este es el nombre que nos asignan

“Con el tiempo se adquieren distintas denominaciones, apodos o motes, que vienen dados por distintas experiencias”

En un principio su utilidad es la más simple, es una llamada, y ayuda adquirir consciencia del “yo”, pero a medida que pasa el tiempo se adquieren distintas denominaciones, apodos o motes, que vienen dados por distintas experiencias y posiblemente digan (o desdigan) más que su propio nombre. 

Como con todo, no hay mejor manera de entender que haciendo referencia a un ejemplo concreto con el que empatizar o simplemente visualizar una idea, una afirmación o un hecho. Aquí está el mío.

Cuando era pequeña siempre estaba confundida con este tema. Como digo, la principal utilidad de un nombre era la de emplearlo para llamar a alguien, por eso mi padre además de ser Papá, si unos le llamaban Francisco y otros Paco, se llamaba Francisco Paco. 

“Si con alguna persona me costó especialmente entender esto de los nombres fue con mi abuela materna”

Como tenía dos abuelas, al principio esta abuela era “La abuela del Boby”. Esto era porque entonces mis abuelos tenían un perro que se llamaba Boby y con eso se quedó. Le llamaba así antes de saber su nombre, aunque le estuve llamando así hasta los 12 años por lo menos. Además, fue la madre de mi madre (esto no es fácil de entender así de primeras cuando empiezas a ser consciente de los lazos familiares). Pero lo peor fue cuando empezaron a contar historias familiares y la abuela era llamada en su barrio la hija de la Olga. Hasta donde yo sabía la madre de mi abuela se llamaba Ana, ¿entonces? 

Resulta que cuando la madre de mi abuela era pequeña en vez de llamar a la gente “¡oiga!” pronunciaba mal y decía “olga” y en el barrio empezaron a llamarla la Olga. Mi abuela por herencia pasó a ser la hija de la Olga. Aunque a “la hija de la Olga” antes de ser “La abuela del Boby”, la llamaban Carmen.

Natalia Conde

Gran artista plástica e ilustradora. Entre agujas y pinceles.

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