Me pregunto qué se siente al saber que el reloj está por marcar la hora de salida, qué haríamos con los últimos restos de luz antes de que el sol se guarde para siempre.
Miro a esos viejos que parecen vivir descansando o, quizás, descansan mientras viven, sumidos en un aburrimiento que muerde. Me pregunto qué tanto tiene que doler el cuerpo o el alma para elegir la soledad o el rencor como refugio. Esos que tienen un horario fijado para morir, que se quejan de la jubilación en casas que huelen a encierro, son la mayoría.
Viven entre paréntesis hasta poder poner punto final a las historias de las que ya no se sienten parte, o siquiera dignas o capaces de continuar.
Pero, por suerte, todavía identifico a los que están vivos bajo las infinitas líneas en su piel. No temen o huyen de la muerte; la aceptan con paciencia, como quien sabe que esta los espera con un vino tinto.
Mi abuela me lo dice siempre: a esta altura ya no hay temor. Pasa sus días con la familia que formó y sonríe pensando que, en unos años, visitará a la otra familia, la que ya se fue.
Ella no se queda quieta: usa tacones, va de punta en blanco y baila como si el tiempo fuera un invento. Se toma una copa de más, se ríe con el alma de veinte años y maneja por la ciudad como si fuera dueña de la avenida. Eso es amarse.
Ella sigue caminando firme hacia nuestro destino final predestinado, junto a la finitud con la que somos formados.
Me niego a creer que la vida pueda succionar tanta energía como para dejar de disfrutar el postre. Me niego a ser una cáscara vacía con la mente perturbada. El abuelo repetía que los lujos hay que dárselos en vida y había que luchar por ellos.
Ahora estoy en un avión, sentada al lado de un señor amable, y me sobrepasan las ganas de preguntarle cómo ve el mundo con ese filtro de experiencia, pero me sobrepasan las palabras y me estallan en la mano derecha. Me pregunto si extrañan su época por ser mejor, o si es solo esa nostalgia que idealiza los recuerdos.
Corremos del pasado como si nos pudiera atrapar, pero nos asusta cada paso que damos hacia el futuro.
Estoy tan conforme con mi hoy que me gustaría ser eterna. Me destroza saber que mi finitud me impedirá ver el futuro, que acá nacen los etcéteras de una historia que no voy a leer.
Hace poco mi hermanita me dijo que mamá nunca se iba a ir y no supe cómo explicarle la mortalidad sin que sonara macabro. La abracé riendo y le mentí, porque la palabra justa viene en un injusto momento.
Recuerdo el velorio de mi abuelo: gente charlando, algunas risas, una celebración de quién fue. Se sentía su presencia en cada anécdota. Él se fue conmigo de la mano; sentí su último latido, ese pulso que se apagaba suavemente. Me esperó. En ese instante entendí que el tema no es quedarse o irse, es no estar en ningún lado.
A veces, para seguir, hace falta aprender a soltar. Porque en este juego de amar y perder, a mí me gusta morir todas las veces necesarias para volver a nacer un poco más fuerte.
Sabemos todo el tiempo que nos vamos a morir, pero todo el tiempo lo olvidamos.
