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¿Cómo comunicas?

Me siento tremendamente extraña y, a veces, reconozco que entro en una vorágine catastrofista que, aun bajando un poco la intensidad, me trae una profunda preocupación por la dificultad en la comunicación entre personas. Y, si me paro a pensar un poco más allá, todo empieza desde la comunicación que tienes
internamente contigo, o eso creo.
Por fuera de todo cliché que hace un llamado a la moda del desarrollo personal, considero de clave importancia aprender a comunicarnos, dejar de mentirnos y hablarnos con coherencia.
Ayer, justo, participé en un encuentro de respiración, que por muy de moda que esté, no deja de ser efectiva. Así lo explicaba Nazareth Castellanos en su ensayo más reciente acerca de la importancia que tiene la respiración en nuestro sistema. Y cómo esta, al menos para mí, es un primer paso para emprender
una comunicación con un aspecto básico de tu naturaleza y existencia interna. Y que, si lo aprendes, te acompañará de por vida.
Considero que comunicarse mediante la palabra es fundamental, ya que es una supuesta cualidad que nos diferencia de los animales (a pesar de serlo nosotros también) y que, además, nos hace pensar que somos,
de alguna forma, superiores, cuando, en realidad, el uso que hacemos de esta capacidad es reducido e incluso nulo en muchas ocasiones.
Algo falla cuando seguimos creyendo que nuestra opinión y palabras pronunciadas sostienen una verdad absoluta, cuando, en realidad, solo recoge un mínimo porcentaje de lo que conscientemente vemos reflejado, creemos y hemos construido. Solo un 1% de lo que vemos y sentimos es consciente; el 99% es
inconsciente. Valóralo. Dejemos de mentirnos. Pero, sobre todo, dejemos de tirar balones fuera. No tiene ningún sentido.
¿Dónde ha quedado, si es que ha existido alguna vez, la escucha? Y ¿la responsabilidad individual?¿Cómo pretendemos cambiar lo pequeño y que tenga repercusión en lo grande si no empezamos por nosotros mismos?
Sigo escuchando frases del estilo “voy a terapia por los que no quieren hacerlo” o “es que yo ya estoy trabajada”. Sinceramente, se siente un estilo de omnipotencia que refleja justo lo contrario.
Dejemos de fingir, de creer que el otro tiene la culpa. Esta última ni siquiera existe: es un constructo al que hemos decidido contribuir y asignar como excusa frente a la ceguera de lo que implica atendernos y escucharnos internamente. Dejemos, por favor, de mentirnos y de apuntar con el dedo, silencioso o no, al
que tenemos enfrente o a la sociedad, dado que, de una manera o de otra, también participamos activa y pasivamente en ella.
Empecemos por hacer algo en nuestra intimidad, sin necesidad de reconocimiento y con la intención de aportar algo bonito y amable —por pequeño que sea— a nuestra comunidad más cercana. Pequeños cambios que empiezan por ti, teniendo en cuenta que no estás solo, sino que convives en comunidad, en
sociedad, en una casa que hemos llamado globo terráqueo.
Se puede empezar por escuchar las palabras que pronuncias o respirar un silencio de segundos antes de vomitar algo por la boca; o, quizás, por hacerte consciente de que las afirmaciones sobre el estado de ánimo
ajeno dicen más de ti que de la persona a quien diriges el mensaje; y así, aprender a escuchar desde un lugar distinto.

Dicho esto, quiero concluir este artículo mencionando que cada cual llega a su ritmo, que no hay prisa pero sí una inminente necesidad tanto de responsabilidad individual como de atender que vivimos en un colectivo y que las palabras pesan, sobre todo, internamente. Hace unos días leía que “las personas no quieren leer, quieren haber leído”. Y, sí, hay lugares a los que
llegar, pero es importante que el aprendizaje no deje de ser apreciado por el camino. Porque es en él donde se pueden amoldar pequeños virajes y cambios que contribuyan a una mayor amabilidad y coherencia.
Sobre todo, coherencia.
No es tarde para empezar a preguntarnos un poco más qué queremos aprender, en lugar de qué queremos alcanzar.
Con amor,

Elena Chiriatti

Sagitariana muy venusina. Escribo para comprender(me) y acompañar a quien le resuene.

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