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¿Temes ser feliz? Cuando la felicidad genera culpa

Vivimos en una sociedad que nos dice constantemente cómo deberíamos ser felices. Existe un modelo de felicidad impuesto, en especial visible en redes sociales, donde parece que todo debe ser perfecto, luminoso y digno de ser compartido. Da igual la edad, la situación personal o el momento vital: hay una idea preconcebida de lo que debería hacernos sentir plenas.

Hoy una imagen vale más que mil vivencias reales. Entramos en Instagram o TikTok buscando inspiración, mensajes positivos o ejemplos de vidas aparentemente felices. Observamos sonrisas, cuerpos ideales, viajes soñados y éxitos constantes. Pero lo que se muestra no siempre coincide con la realidad. Aun así, comparamos, copiamos e imitamos; muchas veces olvidamos preguntarnos algo esencial: 

¿Qué es lo que a mí me hace sentir bien?

  • La felicidad no es permanente (y eso está bien).

La felicidad no es un estado continuo. Son momentos, instantes de alegría que aparecen, se disfrutan y se van. Quizá por eso es tan difícil definirla y tan fácil idealizarla.

Vivimos en una época llena de comodidades y facilidades. Nunca antes fue tan sencillo acceder a información, viajar o comunicarnos. Sin embargo, surge una pregunta incómoda: ¿somos realmente más felices que las generaciones anteriores?

Las comodidades ayudan, pero no garantizan el bienestar emocional.

Cada mujer vive la felicidad de una manera distinta. A menudo, las expectativas que construimos no coinciden con la realidad y esa diferencia nos lleva a la frustración. Nos cuesta valorar lo que tenemos y reconocer nuestros propios logros. 

Tal vez deberíamos aprender a coordinar mente y cuerpo como un director de orquesta, creando y recordando momentos felices: el nacimiento de un hijo, superar una enfermedad, un viaje soñado, un cambio laboral deseado o simplemente sentirse en paz.

Para muchas mujeres, la felicidad no tiene grandes escenarios; es tranquilidad, coherencia interna y calma.

  • Cuando disfrutar se vive con culpa.

En demasiadas ocasiones, las mujeres sentimos culpa cuando disfrutamos. Culpa por descansar, por reír, por priorizarnos o por sentirnos bien cuando alguien cercano no lo está.

La culpa es una emoción aprendida. Se construye desde la infancia a través de la familia, la sociedad, la cultura o la religión. Nos enseñan, a veces sin palabras, que disfrutar puede ser egoísta o inapropiado.

Tras atravesar situaciones difíciles —un duelo, una ruptura, una enfermedad, una etapa de desempleo—, cuando empezamos a recuperar la alegría, aparece una sensación contradictoria: sonreír parece casi una traición al dolor vivido. Sin embargo, prolongar el sufrimiento no nos hace más fuertes ni más dignas; simplemente nos mantiene ancladas al pasado.

  • El miedo a permitirnos ser felices.

Existe un concepto poco conocido, llamado querofobia, que hace referencia al miedo irracional a ser feliz. Proviene del griego chero, que significa “regocijarse”.

Las personas que experimentan querofobia evitan actividades que podrían generar bienestar o alegría por temor a que algo negativo ocurra después. Rechazan oportunidades, cambios positivos o momentos placenteros, convencidas de que la felicidad tiene un precio demasiado alto.

Algunos pensamientos frecuentes son:

“Si soy feliz, soy una mala persona”.
“Mostrar mi felicidad puede herir a otros”.
“Intentar ser feliz es perder tiempo y energía”.
“Después de algo bueno, siempre llega algo malo”.

Aunque este término no esté oficialmente reconocido en manuales diagnósticos, muchas mujeres se identifican con estas sensaciones, especialmente aquellas que han vivido experiencias dolorosas o han sido educadas en la autoexigencia constante.

  • Permitirse la felicidad: un acto de valentía

Quizá el mayor reto no sea encontrar la felicidad, sino permitirnos sentirla sin culpa, aceptar que no es permanente y que no necesita justificación. 

La felicidad no se exhibe, se vive. 

Y no siempre es ruidosa. A veces es silenciosa, profunda e íntima.

  • Algunos consejos para reconciliarte con tu felicidad

-Redefine la felicidad a tu medida: no tiene que parecerse a la de nadie más.

-Acepta que disfrutar no es egoísmo: cuidarte también beneficia a quienes te rodean.

-Cuestiona la culpa: pregúntate de dónde viene y si realmente te pertenece.

-Valora los pequeños momentos: la felicidad cotidiana suele ser discreta.

-Permítete estar bien, incluso después del dolor: sanar no borra lo vivido, lo integra.

-Reduce la comparación en redes sociales: lo que ves no siempre es real ni completo. 

Empezar por aquí puede ser el primer paso hacia una vida más consciente y auténtica. Porque…

Ser feliz no es una obligación, pero permitírtela es un derecho. 

Judith Mesa Pérez

Alma humanitaria y social. Amante de la luna y los atardeceres. Yogui, meditadora y muy bailona. Creadora de Metodotuatu-Terapia Familiar.

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