Todavía no sé qué de todo es lo que ha enganchado a varias generaciones a la serie mundialmente exitosa Stranger Things: la estética ochentera, la música, la fantasía, los traumas, los valores que enseña… Quizá todo a la vez.
Me declaro fan de la serie y he visto todos y cada uno de los capítulos, pero hoy quiero profundizar en los personajes y tramas que más me han llegado al corazón, aquellas escenas que me han conmovido, que me han hecho pensar y, por qué no decirlo, emocionarme. Porque más allá de mostrar una serie de fantasía juvenil, nos ofrece muchos personajes y ninguno de ellos es perfecto; todos cargan con una mochila emocional a cuestas.
Si eres fan de la serie y todavía no la has terminado, te recomiendo que no sigas leyendo hasta que lo hayas hecho… y que luego vuelvas.
Al principio pensé que, más allá de Will o de Once, Mike era el protagonista. Él dirigía el juego de rol al que jugaba con sus amigos en su sótano y, finalmente, es quien cierra el círculo, siendo el último en salir del sótano, años después, para pasar el relevo del juego y de esos años de infancia a su hermana pequeña. Una característica de la personalidad de Mike que me gustó es que siempre se mostró más maduro desde lo emocional que el resto de sus amigos, dando el espacio y el tiempo que requerían, tanto a Once cuando apareció por primera vez (fue el único que la ayudó, aun sin comprender bien quién era y mientras sus amigos la estaban rechazando), como a su mejor amigo, Will, quien estuvo enamorado de él (creo que Mike siempre lo supo) y nunca le incomodó: esperó a que fuese él mismo quien se lo contase. Obviamente, Mike no estuvo a la altura en algunos momentos, puesto que, cuando empezó a salir con Once, dejó algo de lado a sus amigos, pero desde una mirada adulta veo que no deja de ser un preadolescente y, en esas edades, tener un/a primer/a novio/a se convierte en prioridad.
La amistad entre Dustin y Steve. Son mis personajes favoritos y, no en vano, los de muchas personas. Son carismáticos, la dupla perfecta, y nos muestran cómo funciona la verdadera amistad a pesar de la diferencia de edad y de los traumas internos. Al principio, todo era risas y diversión, pero cuando crecieron, Dustin conoció a Eddie y eso lo alejó de Steve. En ese momento, Dustin idolatraba a Eddie porque era mayor, le veía como alguien guay y quería ser como él. Steve era lo conocido, lo seguro. Cuando Eddie queda atrapado en el mundo del revés (y, por tanto, muere), Dustin no sabe superar esa pérdida ni gestionar esas emociones —recordemos que es un adolescente— y se aleja todavía más de los que le quieren. Además, Steve, algo celoso por haber sido reemplazado, tampoco le apoya. El momento clave de esa reconciliación llega en modo de pelea, de llantos y de reconocer que, en realidad, Dustin teme perder a Steve como ya lo hizo con Eddie.
La enseñanza es que comunicarse, sincerarse y decir lo que sientes acaba perdonando todo.
La resiliencia de Max a lo largo de su vida. Primero, porque siendo niña no tuvo una familia amorosa, se mudó a un pueblo donde no conocía a nadie y le fue difícil encajar. Su único pariente vivo era su hermano mayor, que tampoco la quiso, y al final acabó muriendo, y ella se quedó completamente sola. Y, segundo, porque estando en coma pasó dos años luchando para que Vecna (el malo malísimo) no se apropiase de su mente, refugiándose en una cueva, siendo paciente y pensando que un día encontraría el camino de vuelta.
El tesón (y fuerza para cargar con Max, dicho sea de paso) de Lucas al creer que Max volvería, pasando dos años enteros junto a su cama, haciéndole escuchar la canción que la traería de vuelta. Y, a punto de morir por unos demoperros (monstruos, para el que no haya visto la serie), siguió poniendo la canción en alto en vez de esconderse, solo porque seguía teniendo fe en que Max despertaría. Y lo hizo. Lucas nos muestra la fuerza de la fe y que no le importaría morir por amor.
La valentía de una madre coraje, Karen. Una mujer que siempre nos habían mostrado como alguien sumisa, señora de su casa… de repente ve cómo, en su propia cara, un demogorgon (otro monstruo) casi mata a su hija pequeña y, sabiendo que nadie irá a protegerlas, saca la fuerza y la valentía para golpearlo e intentar matarlo, sin pensar en las consecuencias, sin pensar en que casi ese acto heroico la mata a ella. Y no solo vemos ese coraje en esa escena (brutal, a mi parecer), sino en el hospital, cuando ella está intentando recuperarse, pero ve que el peligro no ha desaparecido y que, si no hace algo pronto, los amigos de sus hijos morirán, y recurre al ingenio para salvarlos, colocando una bomba de gas en una lavadora para que explote. No sabemos si era la mejor idea, pero fue la que se le ocurrió y funcionó…
Porque una madre hace lo que sea por sus hijos.
Me dejo a muchos personajes carismáticos, lo sé, pero entonces este artículo sería eterno. Quiero terminar esto con dos escenas que me marcaron porque me hicieron recordar algunos momentos personales. Quizá con ambas os sintáis identificad@s… hacédmelo saber si es así. Que sea este un espacio para compartir, siempre con respeto.
- La primera escena es cuando están en la azotea aquellos jóvenes que se han hecho adultos: Steve, Nancy, Robin y Jonathan. Y se dan cuenta de cómo están cambiando sus vidas, cómo cada uno vive en una ciudad diferente y con un camino distinto al del resto y eso les ha alejado. Han dejado su pueblo, su zona de confort, sus amigos, para empezar a descubrir una nueva vida lejos de lo que conocían. Y eso duele, porque implica darse cuenta de que nada volverá a ser como antes. Sin duda a ellos les dolió y lloraron sin miedo, juntos, en parte por lo que sentían sus personajes y también por el fin del rodaje y de una era para ellos. ¡Y yo me sorprendí llorando con ellos! Porque recordé que había pasado por ese proceso dos veces. La primera vez, cuando acabé el instituto y me mudé a otra ciudad para ir a la universidad y tuve que dejar a mis amigos, mis padres y mi casa. Y sabía que todo cambiaría, porque cuando vuelves no eres el/la mismo/a. Y la segunda, cuando acabé la universidad y, pese a estar en la misma ciudad que mis nuevos amigos, empezábamos a encontrar nuestros primeros trabajos y eso nos estaba alejando. Cada uno empezaba entonces a autodescubrirse, a hacerse mayor, a encontrar nuevas metas, a crecer, pero eso no quitaba que doliese. Porque, aunque prometas que las cosas seguirán igual, nunca lo hacen. Si alguna persona que está leyendo esto ha pasado por lo mismo que yo, sabrá de lo que hablo.
- La segunda escena que a mí me marcó (y es probable que también a todas las generaciones que hemos visto esta serie) es la final, cuando cada chico, convertido ya en adolescente, deja en la estantería su libro de juegos y se va poco a poco del lugar que hasta entonces había sido su rincón secreto de la infancia. Se observa cómo Mike es el último en irse, viendo a su hermana y a sus amigos tomar ese relevo, sentándose en la mesa y sacando el juego al que ellos habían jugado durante años. Y vemos a Mike mirando aquello con nostalgia, porque acaba de cerrar una etapa muy importante en su vida, como es la de la infancia, para dar paso a la adolescencia. Lloré con Mike, pero lloré por mí, recordando ese momento exacto en el que, siendo adolescente, hice el paso de guardar mis muñecas sabiendo que ya era mayor y que nunca más las cogería. Seguro que muchos saben de lo que estoy hablando.
En definitiva, es una serie que recomiendo por toda la parte emocional que muestra y los valores que nos transmite. ¡Nos vemos en Hawkins y nos leemos aquí!
