fbpx

Volcel: cuando el “no” es un territorio, no una renuncia

No sé en qué momento exacto lo supe, pero un día me descubrí pensando algo que al principio me dio vértigo decir en voz alta: ya no quiero practicar sexo con hombres. Sin dramas, sin rencor, sin un final trágico. Más bien como cuando cierras una ventana porque el aire que antes refrescaba ahora solo trae ruido. Fue una constatación, no un grito; una claridad tranquila que, sin embargo, cuesta mucho explicar.

Porque no se trata de que mi cuerpo se haya vuelto frío. Al contrario: se ha vuelto coherente. Durante años me creí ese relato de que el deseo femenino es maleable, moldeable, despertable con la paciencia del otro, con el escenario adecuado, con las caricias precisas. Pero lo que nunca nos dijeron es que también puede apagarse. Que puede dejar de encenderse no por falta de amor, sino porque ese espacio interior ya no necesita ser compartido así.

Y cuando una mujer dice “no quiero”, la conversación rara vez acaba ahí. Inmediatamente llega el desvío: ¿Estás bien?, ¿Será por los niños?, ¿Por el trabajo?, ¿Él ha hecho algo?
Como si la ausencia de deseo no pudiera ser una decisión en sí misma, sino solo un síntoma. Como si fuéramos incapaces de elegir con claridad lo que queremos —y lo que ya no queremos. Cuando lo que decimos interrumpe el guion.

Hablando con otras mujeres descubrí que no estaba sola. Una amiga recién separada lo dijo sin rodeos: “Es que ya no soporto que me toque. Si no fuera por eso, a lo mejor seguiría”. Nadie levantó una ceja. Nadie le pidió explicaciones. El silencio que siguió fue pesado, casi sagrado, como si todas reconociéramos, por fin, algo que habíamos pensado en secreto. Porque es difícil decir: le quiero, pero no quiero volver a tener sexo con él. Y a la vez saber que ese dato puede volver imposible la continuidad de una relación. Porque uno de los dos sigue queriendo tener sexo siempre, toda la vida, y el otro ya no quiere nunca más. No es simétrico. No es negociable. No es culpa de nadie.

Y sí, hay hombres que entienden, que se adaptan, que incluso reinventan la intimidad. Pero en nosotras sigue incrustado un eco antiguo: la obligación, el deber, la idea de que, si no deseo, le hago daño. Aunque rompamos techos de cristal en lo público, en lo íntimo seguimos pensando que el cuerpo debe servir a la armonía.

Lo que yo descubrí es que el placer en solitario me sienta mejor. Sin horarios, sin gestos que simular, sin tener que acompasar mi piel al ritmo de una urgencia ajena que se disfraza de caricia. No es rechazo al otro, sino fidelidad a un tiempo propio, lento, impredecible, no negociable. La masturbación no es un sustituto; es la única forma de intimidad donde mi silencio no necesita ser traducido a otro lenguaje. Donde mi cuerpo responde cuando quiere, como quiere, sin que yo tenga que justificarlo.

Y aquí aparece una palabra que a muchas sorprende: «volcel», voluntad de celibato. No es asexualidad. No es castidad religiosa. No es una renuncia total al deseo, ni al cuerpo, ni al auto placer. Es una decisión ética: no participar en una sexualidad compartida cuando no la deseas, incluso si sigues queriendo a la persona. La confusión viene de su asociación histórica con instituciones religiosas, donde celibato implicaba también castidad. Pero hoy no: el volcel incluye la masturbación. La legitima como forma de autonomía corporal. Como una reapropiación del deseo fuera de la lógica de la disponibilidad para otro.

Y no solo nos pasa dentro del matrimonio. También a muchas mujeres solteras o separadas. Llega un punto en el que el esfuerzo de convertir su excitación en la nuestra, su urgencia en nuestra disponibilidad, su placer en nuestra responsabilidad, se hace insoportable. No es que los hombres nos disgusten. Es que nos agotamos de representar un deseo que ya no sentimos. Es esa suave indiferencia —como el zumbido de la nevera que dejas de notar hasta que un día la apagas y descubres que el silencio también puede ser alivio.

Algunas personas interpretan este cambio como una fase. O como una provocación. Como una rareza pasajera. Como si el deseo fuera un tren que pasa cada cierto tiempo y solo hiciera falta esperar en el andén. Pero el deseo no es un servicio público. No tiene horarios. No es obligatorio montarse.

A veces me preguntan si no siento pérdida. Y sí, hay un duelo. Pero no por el sexo compartido en sí —eso se fue sin escándalo—, sino por tener que ocultar mi placer individual, por no saber cómo encajarlo dentro de una pareja. Por aceptar que no quiero algo que la cultura insiste en venderme como necesario: prueba de feminidad, de salud, de normalidad. Como si sin penetración no hubiera intimidad —cuando precisamente lo más íntimo que he vivido últimamente ocurre en el silencio, no en el ruido.

Lo más difícil no ha sido dejar de tener sexo. Lo más difícil ha sido dejar de pedir perdón por ello. Dejar de sentir que le fallo a un mandato que nadie escribió, pero todas conocemos. Dejar de pensar que mi cuerpo debe disponibilidad para mantener una estructura, una paz, un relato social.

Al final, la pregunta que aparece no es “¿qué hice mal?”. Es otra, mucho más incómoda: ¿Por qué asumimos que una relación tiene que incluir, siempre, sexo? ¿Por qué creemos que el amor necesita que el cuerpo mienta para sobrevivir?

A veces, incluso sin hijos, sin hipotecas, sin dependencia económica, hay una lealtad invisible que nos obliga: la de no hacerle daño al otro con una verdad tan íntima como devastadora: te quiero, pero no te deseo. Y no voy a fingirlo. Esa es la fractura que cuesta tanto sostener.

No es rechazo. No es trauma. No es enfermedad. Es simplemente que el deseo se fue, y por una vez, quiero tener el derecho de no perseguirlo. De no obligarme. De no actuar. De no simular que sigo dentro de algo que internamente ya he soltado.

Las mujeres llevamos siglos diciendo basta en silencio. Por agotamiento, por dolor que no sabíamos nombrar, porque algo no encajaba. Pero sin lenguaje, sin marco ético, sin permiso colectivo. Hoy por fin puedo decirlo sin vergüenza: no quiero. No ahora. Quizá nunca más. Y está bien.

Porque en ese “no”, yo no pierdo libertad: la recupero. Gano espacio para la amistad, para la intimidad que no necesita erección para existir. Para el cuerpo que no tiene que traducirse a otra lengua para ser legítimo.

Sigo siendo yo: con deseo propio, no abolido; con sensibilidad intacta; con un cuerpo que responde a su tiempo y a su ritmo. Sigo queriendo, pero de otra manera. Y si amar también significa no mentir, entonces mi “no quiero” es, paradójicamente, una forma profunda de amor. Un amor que empieza —por fin— por mí

Conchi Colmenarejo Navarro

Formadora en cosmética natural, escritora, feminista y mamá

Comentarios

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Responsable de los datos: Square Green Capital
Finalidad: Gestión de comentarios
Legitimación: Tu consentimiento expreso
Destinatario: servidores de Siteground
Derechos: Tienes derecho al acceso, rectificación, supresión, limitación, portabilidad y olvido de sus datos.