Tengo una amiga —adicta al Vision Board— que me habla siempre de sus cuadros de visualización. ¿Sabéis qué es?
Básicamente, un collage espiritual donde recortas fotos como en un taller de manualidades de primaria: aquí, tu hombre ideal; aquí, tu casa perfecta; aquí, una cuenta bancaria de cinco o seis dígitos que rebose abundancia…
Me dice: «Ponlo en un panel grande, imprime fotos de lo que quieres conseguir: viajes, el piso de tus sueños, el signo del dólar… ¡que tú eres muy visual!, y cuélgalo en la cocina. ¡Así lo verás cada mañana!»
Pero a mí eso no me resuena. No sé vosotras, pero yo me pregunto: Si cada día tengo que recordarme TODO lo que aún no tengo…
¿no estoy viviendo básicamente en la carencia, pero con vistas al mar?
A veces siento que nos hemos convertido en maratonistas de la Ley de la atracción y del pensamiento mágico, como si repetir una frase trescientas veces al día fuera la nueva forma de rezar el rosario. Versión laica y del siglo XXI, eso sí.
«Yo soy abundante, yo soy abundante…»
«Yo atraigo al hombre de mi vida, al hombre de mi vida…»
Y, mientras tanto, el café se enfría, llego tarde a mi cita, cumplo un año más… y la vida —la de verdad— pasa por delante sin pedir permiso ni mandar un WhatsApp.
Que nadie me malinterprete: me encanta soñar. Me encanta fantasear e imaginar futuros bonitos. Pero hay algo en esa obsesión por invocar lo que vendrá que me deja un sabor extraño.
Como si la felicidad siempre estuviera dos pasos más allá, escondida en un hotel de las Maldivas o en una casa de la campagne que sale en AD.
Como si el hoy fuese un simple calentamiento antes del gran partido.
Y yo me pregunto:
• ¿De verdad es sano levantarnos cada mañana para repasar la lista de lo que todavía no tenemos?
• ¿No sería mejor aprender a confiar un poquito más en la vida y en el futuro por el que cada uno de nosotros está trabajando?
• ¿No sería más inteligente hacer lo posible hoy y dejar que lo demás llegue cuando le dé la gana?
A veces creo que la auténtica ley de la atracción no está en repetir una afirmación, sino en cultivar una relación honesta y amable con el presente.
En agradecer un café caliente. Un paseo descalza por el césped. Una quedada improvisada con un amigo.
El abrazo de tu hijo, que no necesita Vision Board, porque ya es en sí mismo lo mejor del universo.
La abundancia no es un tablero colgado en el salón: es la capacidad de darte cuenta de que no te falta tanto como te han hecho creer.
Que sí, que está genial pedirle al universo, pero igual el universo está esperando que dejemos de perseguir tanto y empecemos, por fin, a vivir un poco.
Quién sabe, igual ahí es cuando dice: «¡Por fin!», y se pone generoso.
