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«Ninguna mujer podría estar lista para esta cirugía»

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Hoy es el día de la cirugía y voy hacia el hospital. Las cosas en las que pienso cuando manejo sola, a veces no tienen sentido. Imagino que de repente mi celular suena y que es mi ginecóloga la que ha llamado para ofrecerme una disculpa: “Querida, todo ha sido una equivocación; la histerectomía está cancelada, cancelada”, entonces a la primera oportunidad giraría en U para regresar a casa.

Meses atrás, cuando la doctora dijo que la solución definitiva “al problema” era la operación, lo hizo como refiriéndose a una de esas muelas que están hasta el final de la mandíbula y que, en realidad, no sirven para nada. “Querida, créeme que te vas a sentir mejor. La cirugía dura una hora y media, es laparoscópica, luego te vas a la casa, y listo”. Listo, en esa palabra me quedé pensando por mucho tiempo y en el tono en el que ella lo había dicho: “…y listo”. Ahora me pregunto si en realidad será así de fácil remover la matriz de una mujer. Ella lo hace a diario: llega, remueve matrices y a la hora y media dice “listo”, se lava las manos y se va.

En realidad, la idea loca de que hubieran traspapelado mis expedientes médicos y de que, al final, cancelaran la cirugía, la tuve desde que recibí el diagnóstico. Imaginé que me llamarían del hospital para disculparse por la confusión; y yo, claro, disculparía el error, lo disculparía con alegría, pero el teléfono nunca timbró para escuchar lo que esperaba oír. 

Estaciono el auto en el subsuelo del hospital, de donde mi esposo lo recogerá una vez que todo termine. Decidí venir sola; la soledad ayuda cuando el mundo parece desmoronarse, y si se desmorona sobre mí, que nadie más lo vea. 

Entro en el hospital, me coloco esta horrorosa túnica de papel azul. En la muñeca me ajustan el brazalete en el que se lee mi nombre, edad y fecha. Lo primero que me preguntan las enfermeras es: “¿Ya estás lista?”. Lista, otra vez esa palabra. No, no estoy lista, les respondo. Ninguna mujer podría estar lista para esta cirugía; raro sería estarlo, sobre todo a mi edad. Me llevan del brazo hacia la sala de operaciones, me acuestan en la camilla y tras la intravenosa siento un mareo intenso que me obliga a cerrar los ojos. Cuando los abro, la enfermera de turno dice que todo ha concluido y que estoy lista para irme a casa. En una silla de ruedas me llevan hasta el auto. Unos brazos fornidos me reciben. Es difícil reconocer por culpa de los sedantes, pero algo muy dentro de mí me motiva a dejarme llevar por esos ojos de negro brillante, único lugar al que de verdad me siento lista para ir.

MF. Rodriagui

Ecuatoriana que vive en Canadá. Escritora que siempre dice sí a proyectos literarios.

4 Comentarios
  1. Muy buen relato y bien cierto, las mujeres no estamos lista para para pasar por ciertas experiencias y menos por tu experiencia.
    Que dicha que sabes para qué sí estás lista 🥰

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