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La rosa

Soy una pequeña yema, apretada y verde, anhelando el sol. Siento los primeros rayos de la mañana calentar mi piel y la brisa fresca de la tarde susurrarme historias. Día a día, me expando, mis pétalos se despliegan lentamente, como las alas de una mariposa que despierta.

Pronto, me revelo al mundo en mi máximo esplendor. Mis pétalos de un rojo carmesí vibrante se abren por completo, mostrando el corazón dorado que llevo dentro. Despido un aroma dulce y embriagador que atrae a las abejas y a los colibríes, mis visitantes más leales. El rocío de la mañana se posa sobre mí como diamantes diminutos, reflejando la luz del amanecer. Soy la reina del jardín.

Pero la vida es un ciclo, y la belleza es fugaz. Con el paso de los días, mis pétalos comienzan a marchitarse, sus bordes se curvan y su color se desvanece. El viento se vuelve un poco más brusco, y ya no me susurra, sino que me empuja. Siento que mi fuerza me abandona. Uno a uno, mis pétalos caen, esparciéndose por el suelo del jardín.

Finalmente, solo queda mi tallo espinoso, un recuerdo de lo que fui. No me entristece. Sé que mi belleza no se ha perdido; se ha convertido en el alimento para la tierra, para que una nueva rosa pueda nacer. Mi ciclo ha terminado, pero mi esencia permanece, lista para renacer en la próxima primavera.

Natasha Martín

Le encantan los animales, le apasiona emprender e iniciar nuevos retos profesionales

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