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La maraña emocional de las redes sociales

Llevo una temporada peleada con las redes sociales. No sé quién soy o quién deseo ser en las pantallas. Puedes decirme que no es ninguna obligación mi presencia en ellas, pero ¡ay!, amiga, qué equivocada estás. Juraría que hasta en el psicotécnico para el permiso de conducir te hacen un par de preguntas sobre X, TikTok o Instagram. Seamos realistas, Facebook huele a cadáver.

Como escritora, una de las miles que salen cada año en nuestro país, como los champiñones en la oscuridad, son vitales según todos los expertos (que también crecen de los árboles frutales por polinización y que saben de todo, aunque ellos no hayan llegado a nada y por eso venden cursos a cascoporro). 

Y puede que no esté tan mal, pero que un puñado de novelas y un par de antologías de relatos no dan para llenar de publicaciones mi muro si no tengo intención de aburrir hasta el bostezo a la concurrencia. El consabido «he venido a hablar de mi libro» es una plaga y apenas tiene interés un par de meses después de ser novedad.

Durante un tiempo me dediqué a ser yo misma: compartía reflexiones ácidas sobre mi vida, que es la de muchas, durante los paseos con mis perros. A cara lavada y sin peinar. Con el pelo sudado en verano o el moco caído en los días más crudos del invierno. A mí me servían de terapia, hacía ejercicio, y alguno de ellos se hizo un poco viral. 

Pero cuando mis perros ya no estuvieron en mi vida, el paisaje se convirtió en un campo de batalla sembrado de minas en forma de recuerdos y no quise volver a salir.  El duelo no es algo que desee compartir, es tan íntimo que avergüenza; las lágrimas producen lástima, un sentimiento que no quiero provocar en nadie, lo conozca o no. Yo escribo comedia, vendo la risa como medio de convivencia y se me había acabado la munición. 

Entonces pensé en sacar a relucir mi faceta profesional, la de correctora y coach literario. Píldoras con consejos para escritores sobre los errores más comunes que pudieran resultar útiles en el proceso de creación. Y sí, conseguí darle un toque cómico, que la letra entra mejor con risas que con sangre. 

No estuvo mal, pero me cansé de mí misma y de mostrar la imagen de una institutriz con el boli rojo apoyado en la oreja. 

Un día me levanté y no tenía ganas de sonreír. No me apetecía enseñar. Ni hacer la cama, comer, ducharme o trabajar. 

¿Qué compartir cuando sientes que no te queda nada? ¿El vacío? 

Abrí la puerta de Instagram y, antes de dar un paso hacia delante, volví a cerrarla sin colgar el cartel de «Vuelvo en 5 minutos». No quería mostrarme. Y decidí que no pasaba nada. Que, si me quedaba sin seguidores, sería porque era lo que tocaba en ese momento. Pero que no me gustaban las obligaciones, la falsedad, mostrar una vida y unos sentimientos irreales porque es lo que toca, lo que piden las redes, lo que necesitan los voyeurs de existencias ajenas…

Llegué a pensar incluso en hacer un reel contando precisamente esto, que no debería pasar nada si decides retirarte de la exposición; que tu carrera no debería verse afectada porque no sientas la necesidad de compartir qué tipo de café tomas o cuál es tu rutina de belleza (quien la tenga); que desaparecer por un tiempo no debería penalizar tu tranquilidad emocional ni suponer una dosis de ansiedad extra por cómo va a afectar a tal o cual aspecto. Pero rechacé la idea. Era abrirse en canal, mostrar las sombras que guardo solo para mí, volverme vulnerable. No es eso lo que persigo.

Me gustaría confesar que me he quedado tan tranquila, pero mentiría. Temo los resultados. Que cuando tenga novedades y me apetezca compartirlas me vea partiendo de cero en una comunidad que llevo años creando de manera orgánica. Y, aunque sean unos pocos miles, ha sido lento y no están exentos de esfuerzo. Todos y cada uno.

¿Yo soy yo y mi comunidad, parafraseando a Ortega y Gasset?

Quiero ser solamente yo. Valer por mí. Que me lean porque les gusta lo que escribo. Que me contraten porque hago un buen trabajo. Meritocracia, no exhibicionismo.

No achaquéis mis pensamientos a mi edad. Llevo las redes con dignidad y naturalidad, pero los años me obligan a romper cualquier cadena que me ate a lugares donde no soy feliz. No imagináis cuántas locuras he hecho por esta filosofía de vida.

Ya sabes, si te ha gustado, dale un like, comparte y habla de mí. Pero que no sea mal.

Mar Del Olmo

Escritora, coach literaria y correctora. Madre, abuela temprana y mujer ante todo.

10 Comentarios
  1. Maravilloso artículo, lleno de razón y de lo que muchas personas pensamos. Pues descansa querida, si es lo que te apetece y te pide el alma. Solo te pido una cosa, no dejes de escribir.
    Abrazo🫂
    Esther Cerón

  2. Siempre es un placer leerte, Mar. Admiro la autenticidad con la que escribes, tanto para despertar una sonrisa como para inspirar una reflexión profunda.
    Nadie fijo que fuera fácil andar el camino del alma, pero es ahí donde podemos ser nosotras mismas, más allá de la opinión de la buena gente que nos rodea. Estén sentados a nuestro lado en el sofá o al otro lado de la pantalla.
    Ánimo y a seguir siendo tú misma atravesando los condicionamientos y sin agotarte, que la vida está disponible cada día para pequeñas y grandes locuras que nos lleven a disfrutar más y mejor cada instante,
    Un fuerte abrazo y agradecida por tu compartir 💫

  3. Me ha gustado mucho. Es tan auténtico y tan de verdad como su autora. Pero es lo que tenemos, querida Mar. Las redes sociales son la peor droga que tiene la humanidad.

  4. ¡Qué auténtica y maravillosa eres, Mar! Pues a mí me encantas, chica, como tus libros. Cansada de fachadas muy bien pintadas pero llenas de humedades y goteras, me quedo contigo y con la verdad que leo en tus palabras. Me hacen falta más personas reales y menos plástico, menos egos y más humildad… ¡tú eres de verdad, con una vida de verdad y sueños e insomnios de verdad! ♥️🫂📖

  5. Gracias, Mar, por abrirte en canal por aquí. Le has puesto voz a muchas personas para quienes las redes se han convertido en cadenas que no saben o no pueden romper. Fuerte abrazo, meritócrata 🫶

  6. Querida Mar, hace un tiempo me pasó lo mismo, el problema es que después de dejar las RRSS, no me ha provocado retomarlas. Parece que se desprendiera uno de esa mochila pesada que te incomoda en el camino. Te sientes más ligera y paradójicamente también tomas distancia de quienes seguías porque se hacen predecibles y te cansan. En fin!!! Acá estamos con sentimientos similares y probablemente con las mismas consecuencia. Amanecerá y veremos. Un abrazo.

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