El otro día, escuché la conversación entre dos chicas jóvenes, donde una le decía a la otra: “Yo es que no puedo estar en casa. No me gusta nada estar en casa. Si puedo irme a casa de una amiga, la llamo y me voy al momento. Cuanto menos tiempo pase en casa, mejor”. La otra chica, lejos de preguntar el motivo que había detrás de aquella confesión, asintió y rió. Ambas rieron cómplices, como si aquello hubiera sido gracioso.
Yo sí que me pregunté por qué. Iba a empezar a (re)crear en mi cabeza escenarios posibles –casi todos malos– hasta que, por el resto de la conversación, me di cuenta de que se refería a no estar en casa como sinónimo de “no aburrirse”. Buscaba planes, cosas que hacer, engancharse a sus amigas, invadir sus casas para no estar en la suya propia. Quizá tampoco buscaba –o quería– estar con ella por placer, sino por necesidad: la de no estar la sola.
Me puse a pensar en la importancia de encontrar un hogar, un sitio en el que estar y no al que ir para huir de otro. Y me acordé de escritoras que leo y admiro. Pia Pera encontró su hogar en el jardín, uno grande y bonito que le ayudó con su enfermedad durante sus últimos años de vida, y que tan bien recogió en su colección literaria, aunque con más firmeza en Aún no se lo he dicho a mi jardín (Errata Naturae, 2021). También eso le ayudó a Frieda Hughes para superar su crisis matrimonial y posterior divorcio. Abandonó todas las comodidades de la gran ciudad y adquirió un terreno destartalado en mitad de la campiña inglesa con la idea de rehabilitarlo, y formar un hogar rodeado de naturaleza y tranquilidad. La elección de vivir en el campo, rodeada de animales, de flores y de naturaleza, le ha servido a Frieda para, entre otras cosas, encontrarse a sí misma, algo que plasmó en su última obra, George (Errata Naturae, 2024). Para ella, la construcción de su jardín –que le ha llevado más de 20 años y de lo que más orgullosa se siente–, supone una reconciliación entre la espiritualidad y lo físico: cultivar un jardín como forma de meditación y de realización personal. Las flores como símbolo de belleza y la naturaleza como inspiración para crear. «Cuando estoy pintando y escribiendo, necesito mi remanso de paz para poder seguir pintando y escribiendo. Para que mi cabeza funcione, necesito tener los pies en la tierra. Pasas veinte minutos en Instagram y no consigues nada, pero veinte minutos en el jardín cunden mucho», nos confesó en la presentación de su libro, en abril del año pasado –momento que recuerdo como uno de los mejores de mi vida–.
Gabrielle Filteau-Chiba encontró su hogar durante tres años en una pequeña cabaña de madera en mitad de un bosque casi abandonado en Kamouraska (Quebec, Canadá), donde se había retirado para escribir y alejarse de la estresante ciudad y su ritmo frenético: «¿Qué perdemos exactamente cuando abandonamos, papá? Dejé Montreal porque ya no aguantaba esos despertadores que nos levantan al alba ni el paso militar de los impermeables que desfilan por las aceras, cohortes de cornejas macabras con cara de funeral hacia un trabajo en la calle de mañana. Por la tarde, los trabajadores agotados engullen pastillas y malas noticias delante del televisor. Abandonar, ¿no sería cerrar los ojos ante la banalidad de nuestra existencia?», escribe en su obra En la cabaña (Editorial Minúscula, 2024).
Abigail Thomas lo hizo en el campo, tras el accidente y posterior muerte de su marido, Rich. En soledad, pero rodeada de sus perros adoptados y en la naturaleza.
No huyeron de un hogar a otro, sino que llegaron a un sitio y construyeron su hogar. Buscaron en el silencio y en el retiro su hogar, la “cura” para superar el duelo por una muerte o por una vida que no será; o para construir una nueva que ya estaba empezando a ser.
Esto mismo lo pensé el pasado año , cuando leí Una vida de tres perros de Abigail Thomas. A raíz de su publicación en español por parte de Errata Naturae, en una de las entrevistas en El País (27 de septiembre de 2023), confesó: «Sé que este libro no existiría si no me hubiese apartado de la ciudad. Es fundamental, en un momento así, disfrutar la sola idea de existir. Recuerdo que podía pasarme tardes enteras solo viendo jugar a mis perros en el campo. Viendo cómo se ponía el sol. El mundo estaba ahí conmigo mientras yo pasaba por todo eso. En realidad, no estaba sola».
Hogar, silencio y retiro. Tres palabras que, para unos, evocan tranquilidad; y, para otros, una soledad que se vuelve insoportable. ‘La insoportable soledad del ser’ le habría quedado bien a Kundera, una magnífica segunda parte a la levedad en una sociedad que, cada vez, tiene menos tolerancia a estar con uno mismo y al silencio y más miedo a la soledad cuando es elegida.
Al día siguiente, casi por cosa del destino, vi a una mujer en el metro leyendo un libro de autoayuda titulado Ama tu soledad. Muchas veces la mejor compañía la encuentras estando solo. Busqué, por inquietud y curiosidad, de qué iba, aunque más o menos intuía la respuesta. Se trata de una guía que ofrece claves para disfrutar sin dependencia social, aprender a estar con uno mismo para luego disfrutar de la compañía y ver la soledad como una oportunidad de crecimiento personal.
¿Hemos llegado al punto de necesitar un libro que nos dé pautas para estar en soledad?
«Querido diario:
Me siento más sola que la una, pero he encontrado mi Norte».
En la cabaña – Gabrielle Filteau – Chiba