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Hazte un molde de tu vulva

vulva

Sí. Me he hecho un molde de mi vulva y me ha resultado terapéutico. Porque el autoconocimiento es pura terapia. Sobre todo en esta sociedad que nos hace producir y exponernos constantemente. Y en consecuencia, nos hace fijarnos mucho más en lo que se percibe de nosotras que lo que nos pasa por dentro, lo que vive nuestro cuerpo.

Yo empecé a hacer terapia gestalt hace algo más de un año. Gracias a ella he comprendido la importancia de entendernos a nosotras, a nuestro cuerpo y nuestro contexto para poder entender nuestras reacciones o nuestra forma de relacionarnos con los demás. Y eso es algo que te facilita infinitamente la vida. ¿Nunca te ha pasado que reaccionas con enfado ante una situación sin saber muy bien por qué? Bueno, pues practicar el autoconocimiento ayuda a identificar ese “porqué”.

Con este objetivo de conocerme mejor, hace tiempo que empecé a explorar todo aquello que me pudiera ayudar a entenderme en profundidad. Retomé aficiones que tenía apartadas, empecé a escribir un diario, a meditar… Y junto con mi terapeuta aprendí que el cuerpo nos habla mucho más de lo que pensamos. Un nudo en la garganta te puede advertir de que necesitas hablar de algún tema. Una presión en el pecho te puede alertar de que necesitas soltar alguna emoción. O un dolor de cabeza puede ser una señal de que necesitas soltar carga y desconectar.

Pues bien, a mí mi vagina me ha estado hablando desde la adolescencia y me he tirado unos quince años sin escucharla. Las candidiasis y las cistitis que tanto he sufrido normalmente me han venido a avisar de que necesito recuperar fuerzas, ya sea física o anmímicamente. O la foliculitis que sufría, que me decía que ella estaba bien tal y como era y no tenía que andar depilándola o apretándola con bragas de encaje y vaqueros ajustados. 

Y en todo este proceso de escuchar y observar a mi cuerpo me di cuenta de que casi no conocía mi vulva. Si viese una foto de mi cara, mis pies o mi pecho, los reconocería al instante. Pero de ella no. Podría pintar un retrato de casi cualquier parte de mi cuerpo. Hasta de mi espalda, que está literalmente en la parte opuesta a los ojos. Pero no sabría pintar mi vulva. Y no es que nunca me haya asomado entre mis piernas. Pero siempre ha sido de frente, con lo que apenas se aprecia, o por razones técnicas como depilarme o aplicarme una pomada. Nunca me paro a observarla.

Esta reflexión me hizo sentir repentinamente un desconocimiento sobre mi cuerpo que no me gustaba nada. ¿Cómo podía tener tan poca conciencia de una parte tan importante de mí? ¿Cómo podía llevar años ignorando mi vulva? Tenía que ponerle remedio. Y buscando la forma para hacerlo, recordé un artículo de una chica se había hecho una piruleta con la forma de su vulva. Eureka.

Me pareció perfecto tener una figura de la vulva en tres dimensiones a la que poder mirar de frente. Así que me puse a investigar. No encontré el artículo ni el kit para hacer piruletas. Pero aprendí que para hacer un molde se podía usar alginato, una sustancia inocua para la piel incluso en mucosas. De hecho es lo que usan los dentistas para hacer los moldes de la dentadura. Y a esos moldes se les puede añadir yeso y obtener esculturas con mucho detalle.  Así que me compré un pack de alginato y yeso de esos que usan las parejas para hacer esculturas de sus manos entrelazadas. 

Estaba entusiasmada. Quería probarlo de inmediato. No podía porque me acababa de llegar la menstruación y eso podía ser un poco contraproducente. Pero no me importó, tenía trabajo por delante: por un lado, tenía que depilarme muy bien para que ningún pelo se quedase pegado al alginato. No quería imaginarme el dolor que podría suponer eso. Por otra parte, el recipiente para las manos era gigante y necesitaba encontrar uno pequeño sobre el que me pudiera sentar y que se adaptara a la forma de mi vulva. Así que durante varios días estuve guardando recipientes de plástico de distintos tamaños para poder reutilizarlos. Y después de varias pruebas, di con el perfecto: un envase de nueces mondadas de marca blanca.

Tras muchos intentos fallidos de hacer el molde y tras manchar de alginato mis bragas, pantalones y sábanas… Por fin conseguí hacer uno en condiciones. No veía bien cómo había quedado. Era como ver una foto en negativo. Pero parecía fidedigno. Así que le puse el yeso.

Las tres horas de secado se me hicieron bastante largas. Quería desmoldarlo y quería hacerlo YA. Y cuando por fin lo hice… Me impresionó. Sabía que no conocía al detalle mi vulva pero sí tenía una imagen mental de ella. Aunque fuera borrosa. Y a pesar de estar haciendo eso para conocerla mejor, una parte de mí pensaba que sabía cómo iba a quedar. Pero no. 

Siempre tuve una imagen de mi vulva funcional, formada por momentos muy concretos. Pero el aspecto de la vulva abierta cuando tienes una pierna por encima del lavabo para meterte la copa menstrual no es la imagen habitual. No es la forma que la vulva tiene en reposo, en su día a día.

Yo no conocía esa imagen cotidiana de mi vulva. Y al poder mirarla de frente me di cuenta de que algunas partes eran más grandes de lo que pensaba, o de que no tenía el aspecto infantil que imaginé que le daría la falta de vello. Me resultó mucho más bonita en esa escayola que en la imagen mental que tenía de ella.

Desde entonces la he observado bastante y la he guardado en una caja de madera sólo para ella. Una especie de marco de fotos en 3D que puedo abrir y cerrar cuando quiera. Y ahora, mientras escribo este texto, sentada, puedo imaginarla perfectamente. Puedo visualizar cómo algunas partes se aplastan. O cómo se expanden si me cambio a una postura más cómoda. Ahora siento que tengo una imagen más nítida de mí misma. Y eso me ha dado una seguridad y confianza que realmente necesitaba.

Rocío Esperilla
Rocío Esperilla

Productora, feminista, vegetariana y bisexual. Ideal para una cena familiar.

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