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Está bien no estar bien

Hubo un tiempo en el que creía que lo más complicado de atravesar mi periodo de sanación era haber reconocido que no estaba bien, que necesitaba parar y pedir ayuda. Pero, para mi sorpresa, la vida volvió ha darme una lección de humildad. Cuando dejé mi última relación estaba lejos de encontrarme emocionalmente estable. Me había hundido. Otra vez. Solo que esta vez la carga de culpabilidad que sentía sobre mis hombros era mayor. Llevaba un año dedicando tiempo a mejorar mi salud mental, así que notar cómo había vuelto a caer en el pozo de oscuridad me hacía sentir como un fracaso en este proyecto personal que tanto me había costado comenzar. Y es que el crecimiento personal no es lineal. Resulta frustrante admitirlo, pero es necesario hacerlo. Puedes haber estado siguiendo todos los consejos: yendo a terapia, tomándote la medicación…, y eso no significa que vayas a obtener los resultados que esperabas. O al menos no en el tiempo que esperabas.

No toda la presión por querer estar bien en tiempo récord provenía de mí misma, claro. También había que sumarle la asfixiante persecución social por tener que estar siempre (siempre) bien. O, al menos, aparentarlo. Te resulta familiar, ¿verdad? El juego es sencillo. Consiste en priorizar las apariencias por encima de tu salud. Podrás llegar a encontrarte bebiendo sin disfrutar de la copa. Comiendo hasta sentirte mal. Drogándote sin recordar la fiesta. Follando en bucle en la app de tu elección. Todo con la finalidad de que nadie, ya sea o no de tu entorno, se percate de lo que te ocurre internamente. Si lo logras, ganas. O eso es lo que creemos… ¿Cuántas veces nos hemos visto envueltos en estos patrones de conducta para evitar experimentar emociones y pensamientos complicados? Es jodidamente agotador. Y difícil admitirlo. Y más cuando miramos hacia fuera y el mundo nos recuerda que somos nosotros los que parece que estamos haciendo algo mal. Que estamos rotos. Que el día a día debe estar desbordado de positivismo y que las emociones negativas no están, en ningún caso, permitidas. Y así, negándonos algo que es parte de la vida y, por tanto, natural, aumentamos las posibilidades de enfermar aún más. Porque tan solo es necesario parar y escucharse. ¿No notas cómo entristeces y te aíslas aún más cuando ignoras los primeros signos de depresión? ¿Y como disminuye tu rendimiento en el trabajo cuando lo haces con la ansiedad que llevas arrastrando ya un tiempo? ¿Y el abuso de sustancias que aumenta cada semana por el asunto que no te has sentado a tratar con tu pareja o tu familia?

Tan solo hace falta cambiar la perspectiva. Las emociones negativas son en su esencia positivas (y productivas), en tanto que nos avisan del momento en el que tenemos que ocuparnos de algo. Y sí, como todo desafío, probablemente no será fácil de solucionar o mejorar, pero merecerá la pena. Por supuesto esto es mucho más sencillo de llevar a cabo cuando ya has empezado tu proceso de sanación. O cuando lo has recorrido en algún momento de tu vida y ya cuentas con las herramientas para analizar. En mi caso siempre ha sido a través de terapia. Así soy capaz de poner mucha más atención en las emociones negativas cuando aparecen. Profundizar en ellas. Buscar la raíz. Sentirlas, en vez de negarlas. Soy consciente de que puede que no a todos vosotros os llame la atención profundizar en las emociones de la misma manera que lo hago yo. Pero tened claro que para que el crecimiento personal se produzca se necesita un ingrediente clave: la autoconsciencia. Si no estás dispuesto a ahondar en tu interior difícilmente conseguirás algún avance. Ya no solo en tu crecimiento personal, sino en el malestar que tanto deseas quitarte de encima.

Si ya has desbloqueado ese nivel, y te consideras una persona consciente de ti misma, entonces también tendrás acceso al bonus. Porque para tener salud mental no solo no hay que olvidarse de las emociones negativas, sino tampoco del placer. Pero hablo del placer real, no aquel que creemos que experimentamos cuando tapamos las primeras. Permitirnos sentir placer de verdad resulta un acto de rebeldía en un mundo que nos pide constantemente dar más y más. ¿Y si tratáramos el placer con la misma atención que tratamos el dolor? Aquí hablo de cosas tan sencillas como disfrutar de una sobremesa con la familia o amigos sin tocar el móvil. Pero también de decisiones que pueden llegar a desestabilizar estructuras internas, como dejar el trabajo o la relación de pareja que día a día nos marchitan; todo con la finalidad de encontrar aquello que nos devuelva el disfrute a nuestros días. 

Analizando mi evolución del último año puedo decir que he aprendido un par de lecciones en relación a este tema. La primera es que mi crecimiento personal cambia de rumbo y no puedo predecir cuándo lo hace ni lo puedo controlar, por lo que no puedo culpabilizarme por ello. La segunda es que es mucho más útil utilizar el malestar para saber qué tengo que solucionar, que pretender enmascararlo. Me da menos problemas de estómago. Obviamente no suelo despertarme el día uno del cambio con la suficiente claridad mental como para saber cuál es el primer paso. También está bien no tener las cosas claras. Y cuando esto me sucede vuelvo a lo básico, al cuerpo. Intento dormir lo suficiente. Comer más limpio. Beber menos alcohol. Hacer más deporte. Así me he dado cuenta que cuidando de mí misma a través de estas amables rutinas, y sin olvidarme del placer, construyo una base sobre la que será más fácil intervenir en cualquier proceso psicológico. Y esto también es salud mental.

Sara Chamberlain

Actriz, modelo y catalizador. Mente inquieta apasionada de la psicología.

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