Ahora que las calles están llenas de luz y que el mapa festivo nos persigue a todas partes, no puedo evitar pensar en el otro lado de la fiesta. Hay personas que observan las tradiciones desde el reflejo de un hogar silencioso, donde las fechas señaladas se han marchitado. Para muchas, estas semanas son un espejo frío que les devuelve la imagen de la carencia, mientras la euforia rebosa en brindis de champán. Su ausencia no grita, sino que se desliza por la ciudad, como si se tratara de un iceberg a la deriva bajo un mar de celebración. ¿Cuántos abrazos se han quedado sin destino? ¿Cuántas sillas permanecen intactas, esperando una voz que no llega? La soledad es como un caldo espeso que inunda muchas casas y sabe al silencio de todas esas palabras que se quedan mudas para siempre. Quizá sea el momento de cambiar la ruta y mirar más allá de nuestra mesa.
El otro lado de la fiesta