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El conejo en la luna

Cuenta una leyenda náhuatl que Quetzalcóatl dios de la vida, la fertilidad y el conocimiento, decidió cierto día descender a la tierra, pero siendo su forma una serpiente emplumada, consideró que la mejor manera de hacerlo era con aspecto humano.

Caminó durante todo el día, disfrutando de los maravillosos paisajes que se le presentaban, pero al caer la noche, como cualquier humano experimentó cansancio y hambre. Al no encontrar qué comer se le acercó a un conejo para preguntarle qué era aquello que tan extasiado lo tenía, el conejo con la mayor simplicidad le ofreció de la alfalfa que comía, pero la hierba no era algo que le apeteciera a Quetzalcóatl. 

Entonces el conejo le dijo: “puedes comerme a mi si lo deseas, pues yo soy solo un simple conejo, sin duda tu existencia es más valiosa que la mía”.

El dios Quetzalcóatl no pudo aceptar su ofrecimiento, y conmovido ante aquella criatura que se daba a si mismo, lo levantó hacia el cielo, tan alto que el conejo sintió que tocaba la luna, y en ese momento su imagen quedó grabada en ella.  

La leyenda dice que Quetzalcóatl grabó la imagen de aquel conejo en la luna para que siempre fuera recordado el gesto humilde y bondadoso. Sin embargo, este también fue un acto para que el conejo y cualquier criatura pudiera recordara siempre que su existencia no es menos valiosa que la de alguien más. Él se vio pequeño e insignificante, pero Quetzalcóatl dio sentido a su existencia, una existencia que merecía ser digna, vista y recordada.

Desde una mirada humanista, esta historia se vuelve una llamada a preguntarnos ¿cuántas veces vemos nuestra existencia simple y sin sentido? ¿cuántas veces nos “sacrificamos” en beneficio de otros?

El sacrificio ha sido parte de la mayoría de las culturas, pero ¿qué es realmente? No debemos confundirlo con actos de amor, de gratitud, o con altruismo. El sacrificio moderno es más bien un discurso heredado, que parece dejar en deuda a aquel por quien otro hace cosas con esfuerzo desmedido y sin satisfacción, o por creer que importa menos o tiene un menor valor que los demás (como el “buen conejo”).

Los hijos no necesitan “madres sacrificadas”, que se abandonen a si mismas y después lo echen en cara, necesitan madres reales que a pesar de los altibajos de la maternidad elijan dar con amor, y lo hagan por elección propia y no por sacrificio. Estar bien con una misma para poder estar bien para ellos.

Las parejas no necesitan sacrificarse en pro del bienestar del otro, sino compartir camino y entender los baches como parte del mismo.

Las amistades no son sacrificio, son regalos de ida y vuelta.

¿cuántas veces sientes que te das sin medida por considerar que las necesidades de los demás importan mas que las tuyas? 

Siempre que observes la luna, busca la figura del conejo y recuerda que tu existencia y la de cada ser es valiosa por sí misma: no por lo que das a otros, no por los esfuerzos desmedidos que hagas. Hónrate y desde ahí compártete con quienes amas de una manera consciente y elegida. 

Mireya Thomas

Madre de dos hijos, psicoterapeuta gestalt y consultora en desarrollo humano

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