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Cuando amas a un hombre que no te lo pone fácil

Desde casa se escucha llover con bastante nitidez por un tragaluz extraño que reina una especie de pasillo entre la cocina y el baño. Ver y escuchar la lluvia caer un domingo por la tarde con cierta urgencia tiene algo hipnótico y embriagador. Ese sonido perfectamente acompasado tiende a abrir grietas y no en las paredes, que también. Hace que uno venere la siesta y remolonee en la cama deseando dejarse abrazar por un cuerpo en llamas con ganas de más. Al menos a mí me pasa, desconozco por lo que pasan los demás.

Mientras me preparaba un café al que le he puesto una puntita de miel, he recordado que leí algo sobre mezclar aceite de coco con café y he sonreído. En un instante estabas aquí. Has aparecido ante mí haciendo muecas con cara de asco al observar el frasco del dichoso aceite. Tú no lo soportas y yo le tengo cierto aprecio. Sus múltiples beneficios hacen de él un producto elogiable, pero eso a ti te resbala si ya has tomado una decisión y ni siquiera eres capaz de plantearte un cambio de pensamiento o dirección. Qué sé yo si hablo de aceites o de cualquier otro asunto y su calor.

-Deja esa mierda y prueba algo en condiciones -me susurras al oído abrazándome por detrás mientras tus manos suben por mi vientre directas a mis pechos.

-Déjame, estoy enfadada contigo.

– ¿Estás segura? Ni queriendo te enfadas tú conmigo y lo sabemos. Con un poquito que me acerque a tu cuello y le de las buenas tardes como se merece se te pasa.

-No seas así, joder. Tienes cero responsabilidades afectivas, solo vienes a provocar y después te largas sin mirar hacia atrás dejándome hecha un caos.

-Yo diría que tu piel erizada por mi contacto y mi voz no opina lo mismo, parece que ella me recibe bastante mejor que tú. Deberías imitarla: piensa menos, siente más.

Te pegas a mí y ni siquiera opongo resistencia. Yo poco dócil y tú muy mandón, una (im) perfecta combinación. Mi cuerpo está hecho a tu medida, siempre fuiste refugio y lugar feliz; el aire puro que se necesita para vivir. Mis gustos, mis traumas, mis penas, mis batallas, mis noches y mis días… en todas mis formas cabe tu nombre a la perfección. Tu lengua recorre mis rincones y nubla la percepción que a ratos tengo de la vida. Yo gimo y tú suspiras, entras en mí con una fuerza desmedida, sacudes mis heridas volviéndolas ceniza, embistes mis berrinches tornándolos un chiste, besas mi desnudez dándole alas a los sueños que aún emergen inocentes y vírgenes, me aferro a tu cintura, tú escupes y jadeas, agitas mi presente con fervor, caigo en tu tentación con tanto ahínco que es cosa de lunáticos lo que siento contigo, me retuerzo y derramo sobre ti como un río fluyendo hacia lo imaginable, la fantasía, los motivos y un camino bien labrado y penetrable. De amor no se vive, pero sí se puede morir. Una muerte lenta pero tenaz.

-Despierta, amor. Sigues sola, no estoy a tu lado, esto solo fue un tornado más de tu incansable imaginación, se te da bien lo de hacerlo pensando en mí -dices mientras te esfumas con una sonrisa guasona y yo caigo en la cuenta, una vez más, de la traición de mi cuerpo, la obviedad de mi mente y la humedad insensata que en este momento se instala en mi cama. Te desvaneces sin más. Mi latir desesperado regresa a la normalidad. El hombre al que amo no me lo pone fácil. Eres más mío que tuyo y tú no lo sabes. Estúpida de mí por sentir y entregarme a ciegas a este inevitable destino.

Me temo que vas siempre un paso por delante de lo que yo necesito, sin importar el mes o el año, guardaré tu nombre con mimo en el cajón de lo consentido por si un día regresas dispuesto a quitarme lo odiosa a besos y también escribes el mío -con delicadeza y poesía-, al abrigo de un ‘no te olvido’.

Fátima López

Autora de dos libros. Escribe los b(V)e(R)sos que no puedo dar. Fan de lo cotidiano.

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