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Breve ensayo sobre la puntualidad

Tiene gracia que yo, que practico poco el noble arte de llegar a la hora, vaya a escribir unas líneas reflexionando sobre él. Todos estamos de acuerdo en que ser impuntual es una falta de respeto hacia el que espera. “Tu tiempo no vale más que el mío”, argumentan con enfado mientras señalan el reloj. No les falta razón.

Digamos que existen dos tipos de personas: las que son puntuales de serie y las que, ni intentándolo con todas sus fuerzas, lo consiguen. De forma misteriosa, a las segundas siempre nos (me incluyo) ocurre algo que hace que se complique el asunto: una lavadora que va a terminar y la voy a tender en diez minutos, un pantalón que he aprovechado para cambiar en la tienda que pillaba de paso, un vecino que se ha puesto de cháchara en el ascensor.

Supongo que el problema es que pecamos de optimistas y tenemos algo tergiversada la realidad. Lo que pensamos que nos va a durar diez minutos, en realidad nos lleva más. Pero, ¿cuál es la fuerza sobrenatural que hace que a algunas personas siempre les surjan cosas y a otras no? Diría que el tema está en la importancia que le dan al imprevisto; mientras los puntuales son realistas y dejan la lavadora para después, o directamente no la ponen, los impuntuales meten las tareas a presión porque, en su cabeza, el tiempo es un chicle con capacidad ilimitada para estirarse.

Cuando empieza a haber menos consenso es a la hora de definir el momento en el que se considera que una persona está, oficialmente, llegando tarde. ¿Son suficientes cinco minutos de cortesía? ¿Diez? Personalmente, a partir de quince minutos sin justificación me empiezo a mosquear. Y viceversa: no suelo llegar más de un cuarto de hora después del momento acordado.

Sin embargo, hay para quienes unos pocos minutos de retraso son motivo para avisar. Decir que llegan tarde sin especificar el tiempo es dar carta blanca a los tardones para que se relajen. No se puede utilizar en todos los casos la misma vara de medir. Por el bien de todos, necesitaríamos establecer un consenso sobre lo que está socialmente aceptado, aunque, pensándolo bien…

El acuerdo más fácil de alcanzar sería simplemente llegar a la hora fijada. Ni un poquito antes ni un poquito después.

Yo diría que soy usuaria premium del tiempo de cortesía que entra dentro de la legalidad: ni llego la primera ni hago desesperar al personal. Mis diez minutillos no me los quita nadie. Pero lo que no puedo comprender es el modus operandi de quienes, de forma recurrente, dicen que ya han salido de casa y todavía no se han metido en la ducha. Si has quedado a las seis, ¿qué posibilidades hay de que, varias paradas de metro mediante, llegues a la hora si te empiezas a preparar a menos veinte? Eso ya me parece otro nivel.

Y con este panorama, el fenómeno que es verdaderamente curioso es el que se produce cuando los tardones reincidentes llegan en hora a alguna cita importante. Puntualidad selectiva. Ellos saben medir sus fuerzas y estar preparados a tiempo si es importante causar una buena impresión, no perder un tren o coger buen sitio en un concierto. Cuando Mariquita quiere, no hay lavadoras que atender.

Paula Nicolás

Comunicar es mi forma de estar en el mundo.

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