No voy a venderles ninguna idea, ningún producto, ningún tipo de inversión ni método revolucionario para alcanzar el éxito, más bien lo único revolucionario aquí ha sido que, mientras removía el café esta mañana (maravilloso elixir que empapa mis neuronas y las pone a funcionar), noté que a él le debo mis pensamientos y la mitad de muchos textos. A él y a los miles de audios enviados a mis amigas en conversaciones intensas. Un saludo: gracias por tanto y perdón por tan poco. ¡Estaría feo que ahora todo el mérito se lo llevara la cafeína!
Bueno, que me lío: lo único revolucionario que les vengo a contar es el planteamiento, porque la verdad es que, a pesar de lo fácil que ha sido sembrar esa semilla en mi cabeza, «trasplantarla» no lo está siendo. Le doy vueltas y vueltas y siempre llego a la misma conclusión, un giro de tuerca que definitivamente no queremos ver, ya no sé si como sociedad o como seres individuales, pero en este jardín no entraremos hoy; lo dejamos para otro día.
La idea es la del concepto del éxito como tal, en sí mismo. ¿En qué consiste, por qué y para qué? Y, sobre todo, ¿es tan importante? Ya, ya lo sé: miles y miles de personas hablando de lo mismo en miles de plataformas, libros, etcétera. El éxito es hacer dinero, conseguir la fama, metas propuestas. Facilísimo. ¡Ajá! Entonces, me detengo un momento y aquí está la famosa semilla:
¿Por qué siempre implica poder y seguridad económica? ¿Por qué está relacionado con estatus y/o reconocimiento público?
Un ejemplo fácil: imagínate una persona que ha conseguido laboralmente todos sus objetivos en la vida y decide que ya no quiere seguir dedicándose a eso; cambia a una profesión en la que gana mucho menos. ¿Damos por hecho que no va a ser igual de exitosa que en la anterior profesión o que implica perder la seguridad económica? Siguiendo el mismo ejemplo, partiremos de la base de que una persona, en vez de elegir una carrera, prefiere dedicarse a una profesión infravalorada por el motivo que sea (normalmente suele ser por mayor esfuerzo físico y menor retribución económica). Automáticamente se suele dar por hecho que no va a ser una persona exitosa, pues su desgaste en salud va a ser mayor, cuando, bajo una correcta gestión de gastos y publicidad, es posible una jubilación anticipada (por ejemplo).
Me parece que la palabra éxito es un concepto demasiado personal y subjetivo para lo mucho que se generaliza. Intento darle muchas vueltas y ponerme diversos ejemplos para ver otros puntos de vista que me saquen de la rueda de hamster, pero siempre llego al mismo punto. ¿Por qué? No sé, no me convence ninguna explicación. Solo veo generaciones de personas pasando por aros, buscando satisfacer éxitos superfluos que esconden lágrimas y antidepresivos, así que no lo veo.
Otro ejemplo es el de «salir a conocer mundo». No me malinterpretes: adoro viajar, considero que hay que viajar, ver, visitar, experimentar, descubrir y conocer, pero esa es mi opinión. Yo viajo una vez al mes, visito lugares increíbles, aprendo de todas las culturas posibles, pero luego tú tienes más éxito y eres más feliz estando en tu casa tranquila y lo más lejos que vas es a comer con tus amigas al bar de confianza, porque resulta que a ti tu casa te da paz y prefieres tus cuatro paredes.
Y ahora siéntete libre de decirme: «Pero estás mezclando conceptos: felicidad y éxito». Puede ser, y puede ser que ahí esté el error, pero normalmente van asociados. Otra generalidad: es común dar por hecho que, si tienes éxito, serás feliz, y nuevamente, para tener éxito se tiene que dar todo lo anterior. Cada vez menos convencida, la verdad.
Lo que me hace llegar a este otro punto de vista: que si laboralmente no produces no puedes tener éxito. En este tema estoy un poco en la línea de fuego, porque si la definición de éxito implica reconocimiento social o económico y no produces ninguno, pues es complicado. Pero, claro, si tener éxito es lograr la felicidad —no la que te venden o la autoimpuesta, sino la tuya, la de verdad, por los medios que sean—, entonces es más fácil ser una persona altamente exitosa, ¿no? Mucho más fácil de entender y, por ende, mucho más fácil de realizar.
Y a lo mejor ese es el quid de todo este asunto: que no conviene que todos seamos personas exitosas, también está bien no serlo. La normalidad es una forma de vida totalmente apetecible e igualmente lícita. No es necesario ser un chute de dopamina con piernas constantemente, ¿o sí?
En este punto me quedé yo:
¿Felicidad o éxito?, ¿individualidad o generalidad?, ¿normalidad?
Como les decía: aún no he encontrado la solución a este rompecabezas. Precisamente por eso lo quería compartir, a ver si ustedes llegaban a la misma conclusión que yo. Y de verdad quiero puntualizar que tener metas u objetivos no está mal; cada persona tiene solo una vida y decide cómo vivirla, y ese es el mensaje, ni más allá ni más acá.
Bueno, voy a por un café…
Enfocar el desde dónde se llevan a cabo las decisiones y bajo un para qué, en dirección hacia afuera, pero desarrollado en lo profundo del ser, creo que es la verdadera dirección.