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Comienzos que nos marcan

Cada mañana es un comienzo, una oportunidad. Una fecha suele marcar el inicio de algo; con otra fecha inauguramos el año y con otra, comienza una historia. Pero los comienzos no se concentran solo en las fechas, también en los lugares y, a veces, en momentos inesperados, como al dar el paso mientras caminamos, bajar del escalón de un bus y pisar el cemento firme de la calle. 
¿Qué tan atentos estamos a reconocer los comienzos cuando suceden?  
Es difícil atrapar en un calendario o en un lugar el inicio de algo que nos ha marcado por dentro; es como querer retener el ritmo al que laten dos corazones; no se puede ver, solo sentir.  
Cuando la gente nos pregunta, a mi esposo y a mí, dónde o cuándo nos conocimos, en realidad están preguntando cuándo empezó esta historia. Mi versión remite a que nos conocimos en la escuela de idiomas: ahí nos vimos por primera vez y fuimos compañeros, pero, esta historia comenzó después y no en la clase ni en la escuela.
Un día sin fecha subí en la línea de transporte #55 East, iba de camino a la escuela. Sin dejar de sostenerme del borde de los asientos, caminé por el pasillo con intención de sentarme en la última fila, cuando lo vi: “Ahí está él”. Un chico que a veces lo había visto por entre otras cabezas, sentado en el fondo de la clase, sentado en un pupitre, casi escondido entre los otros alumnos. Lo reconocí y me acerqué. Al cruzar nuestras miradas sus ojos me huyeron, fueron al techo, al piso, a un lado, al otro. Entonces lo miré fijo a los ojos y dije: “Hola”. Antes de poder responderme, noté que se acomodó en el asiento, se quitó los audífonos y enrolló el cable entre los dedos; pasó saliva y, al fin, respondió mirando hacia sus manos: “Ah, hola”.
Era verano y él llevaba pantalones cortos, por lo que no dudé ni un segundo en sacar mi personalidad juguetona y me arriesgué a tocarle la rodilla desnuda con la yema de los dedos. Me había propuesto que aquella casualidad no iba a quedarse flotando en el aire, sino, al contrario, sería algo físico, palpable. Le provoqué un leve cosquilleo y ambos sonreímos. No es que yo me aprovechara de un chico tímido que no me pudo sostener la mirada en el colectivo, pero me permití dar un paso más allá de una simple conversación entre dos conocidos. Admito que me sentí al mando de la situación y eso me dio el valor para hacerlo. Son pocas las veces en las que he sentido llevar el timón (y en aquella época en particular, mi vida estaba guiada por otras personas), por lo que esa fue mi oportunidad de sentirme un poco en dominio de “algo”, sin saber que estaba a solo instantes de que el tiro me saliera por la culata.   
Cuando llegamos a la parada que nos dejaba justo frente a la escuela, adonde ambos nos dirigíamos, él se bajó primero y enseguida volteó para extenderme la mano y ayudarme a bajar. No dudé en apoyarme en su mano y, en ese instante, cuando dejé de pisar el último escalón y pisé firme el asfalto, me di cuenta de que en realidad nunca lo había visto: alto, altísimo, manos gruesas que provocaban refugio, ojos negros, pestañas largas, boca bien delineada, sonrisa de pliegues varoniles y, sobre todo, en ese momento, descubrí su tacto, su piel tibia que combinaba con la mía. Ahí comenzó todo para mí. El amor no siempre comienza a primera vista, sino a segundas y terceras.
Luego caminamos juntos hasta llegar a la escuela; yo no podía dejar de verlo por el rabillo del ojo. Entonces me puse nerviosa, no coordinaba palabra, no sabía dónde esconder las manos ni mis ojos, que no podían quedarse quietos. Ese día, entre el escalón de un bus y el asfalto, nuestra historia comenzó.

María Fernanda Rodríguez

Escritora ecuatoriana viviendo en Canadá. Escribo sobre lo que me inquieta.

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