Estaba de sobremesa con una amiga, en una de esas conversaciones trascendentales en las que tratamos de resolver el mundo, cuando me hizo la pregunta: “¿cómo se mejora la autoestima?”.
Sus ojillos transmitían verdad, un deseo real de colocarse a sí misma, por fin, en el lugar que le correspondía. Y yo, que sé del tema a nivel usuario, lo primero que pude pensar fue que ya tenía más de la mitad del camino recorrido. Querer de verdad es el primer paso, pero muchas veces es el que más cuesta.
Ese ¡clic!
Además de la terapia individual, existen muchísimas herramientas a gusto del consumidor: libros, podcasts, cursos cortos, programas en grupo y hasta posts en Instagram o TikTok. Todo sirve, todo suma.
Cada quien puede prepararse un programa a la carta en función de su afinidad,
necesidades, historia de vida y gusto personal.
Y es en este punto cuando llegamos al quid de la cuestión. De nada sirve ir al psicólogo si no se retiene lo que dice, no tiene sentido llenar la estantería de libros de autoayuda si no se abre ninguno y tampoco llevará a ninguna parte seguir perfiles de profesionales en redes sociales si se pasan por alto sus posts.
Para cambiar hay que invertir. Algo de dinero (no nos vamos a engañar), pero, sobre todo, tiempo. Y en según qué casos, cuesta más lo segundo que lo primero: salir un rato para mirar hacia dentro escuece más que ir a bailar.
Pero cuando llega, ese “ahora o nunca” es un punto de no retorno. El cuerpo pide sacar, escarbar,unir hilos, comprender historias pasadas y reconstruir la propia. Dedicar tiempo. Soltar lastre.
Y sin peso, el cuerpo se mueve mejor al ritmo de la música.