fbpx

El caleidoscopio de Dios

Carta para todas las mujeres que cargaron el mundo sin que nadie lo viera

Querida mujer,

Quizá estés leyendo esto porque la vida te ha hecho una pregunta que no sabes contestar. Tal vez has sido aquella que sostuvo demasiado, que calló demasiado, que cuidó demasiado, que se exigió demasiado, que sonrió cuando por dentro ardía. Tal vez eres una de esas mujeres que nunca pidió nada porque siempre se creyó capaz de con todo. De las que no dejaron caer un solo plato, aunque por dentro se estaban cayendo ellas. De las que avanzaron en silencio para que otros pudieran brillar, estudiar, vivir, sanar, crecer, mientras su propio cansancio quedaba relegado a la penumbra. Tú, que fuiste sostén, refugio, mapa, raíz, abrigo, y que pocas veces recibiste una palabra de vuelta que reconociera lo que vales.

Hay generaciones de mujeres como tú.

Mujeres que nacieron dentro de un guion que no escribieron pero que interpretaron con excelencia.

Mujeres que aprendieron a vivir en piloto automático porque la vida les reclamaba sin tregua.

Mujeres que se rompieron sin hacer ruido.

Mujeres que enfermaron por sostener cargas que nunca debieron ser suyas.

Mujeres que sobrevivieron a decepciones, a traumas, a cuerpos agotados, a desamores que les chuparon el alma, a expectativas imposibles y a esa sensación persistente de estar cumpliendo siempre con la vida de otros.

Si tú eres una de ellas, esta carta es para ti.

Quiero que imagines, aunque sea por un instante, que dentro de ti hay un caleidoscopio. No uno de juguete, sino uno eterno, hecho de los fragmentos de tu historia: tus heridas, tus sueños, tus renuncias, tus talentos enterrados, tus miedos, tus duelos, tus fuerzas, tus intuiciones, tus partes rotas y también tus partes sagradas. Todo eso está ahí, esperando luz. Y la luz —llámala Dios, vida, alma o simplemente verdad— aparece de las formas más inesperadas: a veces como una enfermedad que te obliga a detenerte, a veces como un derrumbe emocional que ya no puedes esconder, a veces como una soledad nueva que te desnuda, y otras como un susurro silencioso que te pregunta: ¿y si aún existe otra forma de mirar la vida?

Ese susurro no es el fin; es el inicio.

Porque lo que nos destruye también nos despierta.

Lo que nos hiere también nos configura.

Lo que nos vacía también nos prepara para algo distinto.

Tú no estás rota: estás reordenándote.

El caleidoscopio no cambia sus piezas; cambia la forma en que las miramos. Y cada giro, por pequeño que sea, revela una figura nueva que ya existía dentro de ti pero que jamás habías visto. Las mujeres solemos creer que reinventarse es empezar desde cero, pero es justo lo contrario: reinventarse es dar un giro y permitir que la luz atraviese lo que antes vivía en sombra. Reinventarse no es traicionar lo que fuiste; es honrar lo que sigues siendo.

Se necesita coraje para admitir que la vida que has llevado ya no te sostiene.

Coraje para reconocer que te perdiste cuidando a todos menos a ti.

Coraje para aceptar que algo dentro te pide cambio, aunque no sepas por dónde empezar.

Y coraje para mirar de frente el dolor sin maquillarlo.

Vivimos en una sociedad que exige sonrisas, éxito rápido y superación instantánea. Una sociedad que quiere que todo sea bonito, amable, estético. Pero tú lo sabes: la vida real no siempre es bonita. Y aun así, es valiosa. La vida real también se compone de noches largas, de cansancios que pesan como hierro, de lágrimas que nadie ve, de cuerpos que duelen y de almas que a veces se rinden. Y reivindico contigo esto: el dolor también sirve. El dolor no te rebaja. El dolor te revela. El dolor es un idioma antiguo que llevan las mujeres desde hace siglos, porque hemos aprendido a reconstruirnos allí donde otros se habrían rendido.

Y, aun así, incluso en ese valle oscuro, te lo prometo:

sigue habiendo luz.

Sigue habiendo propósito.

Sigue habiendo futuro.

Sigue habiendo vida.

Quizá hoy estás cansada, enferma, decepcionada, perdida. Tal vez te da miedo creer de nuevo, sentir de nuevo, soñar de nuevo. Quizá te preguntas si todavía eres útil, si todavía sirves, si todavía puedes. La respuesta es un SÍ rotundo. Sirves porque existes. Sirves porque respiras. Sirves porque tu historia no termina donde empieza el dolor. Sirves porque la vida necesita mujeres que se levantan aun cuando tiemblan. Y tú eres una de ellas.

El mundo está lleno de mujeres invisibles que hicieron posible lo imposible. Mujeres que sembraron sin ver la cosecha. Mujeres que amaron sin recibir amor. Mujeres que fueron alma silenciosa de familias, de comunidades, de generaciones enteras. Y aunque nadie lo haya dicho, yo lo digo aquí, con cada palabra que escribo: gracias por cargar el mundo sin que nadie lo supiera. Gracias por tu resistencia. Gracias por tu ternura escondida. Gracias por tus luchas silenciosas. Gracias por seguir.

Y ahora, escucha despacio lo que voy a decirte, porque es importante:

todavía estás a tiempo.

A tiempo de un giro.

A tiempo de una vida nueva.

A tiempo de verte con otros ojos.

A tiempo de renacer desde tus ruinas.

A tiempo de que la luz forme una figura que por fin te represente.

Aunque estés rota, aunque estés cansada, aunque hayas perdido la fe en ti misma, aunque la enfermedad te haya frenado, aunque el corazón te haya fallado, aunque la vida haya sido injusta… tu caleidoscopio sigue ahí, esperando que lo muevas un poco.

No necesitas hacerlo todo hoy.

No necesitas tener fuerza heroica.

Solo necesitas un gesto pequeño, una intención, un movimiento suave de muñeca.

La luz hará el resto.

Y cuando lo haga, verás que las piezas que creías inútiles encajan.

Que los dolores más viejos encuentran un significado nuevo.

Que las partes que rechazabas se vuelven esenciales.

Que lo que parecía destrucción se convierte en forma.

Que la mujer que surge del otro lado es más tú que nunca.

Querida mujer, no te rindas.

La vida es dura, sí.

Pero tú siempre has sido más fuerte.

Y ahora es tu turno de verte con la claridad con la que siempre viste a los demás.

Tu turno de recibir la luz.

Tu turno de girar el caleidoscopio y descubrirte inmensa, profunda, digna, posible.

Si hoy sientes que ya no puedes más, recuerda esto: aún no has visto todas tus formas.

Dios no crea nada incompleto.

Solo crea almas que necesitan movimiento.

Muévete un poco, aunque duela, aunque cueste, aunque tardes.

Lo que estás a punto de descubrir podría salvarte.

Con fe en ti,

Zayra

Zayra Abascal

Mamá PAS, terapeuta consciente y reflexóloga vital con un alma lleno de magia

Comentarios

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Responsable de los datos: Square Green Capital
Finalidad: Gestión de comentarios
Legitimación: Tu consentimiento expreso
Destinatario: servidores de Siteground
Derechos: Tienes derecho al acceso, rectificación, supresión, limitación, portabilidad y olvido de sus datos.