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Yo de mayor quiero ser como Oriana Fallaci

Fallaci

Con el asunto afgano candente, llevo días sin quitarme de la cabeza a la polémica Oriana Fallaci. Podría escribir un artículo informativo sobre quién fue Oriana Fallaci. Podría incluso ser bastante moderada y contar sus grandes aciertos y sus grandes errores. Pero si hiciera eso, Oriana (a la que desgraciadamente nunca tuve el placer de conocer pero me tomo la licencia de llamar por su nombre propio), se retorcería en su tumba. 

No puedo escribir un artículo sobre una mujer cuyo estandarte fue la provocación y la incorrección política disimulando lo inspiradora que es para mí en ciertos aspectos de su vida. 

Empecemos contando que Oriana nació en 1929 en la Italia de Mussolini, de familia humilde, su padre era un partisano antifascista y ella, con solo 14 años, participó en el movimiento de la Resistencia durante la ocupación de Florencia por los alemanes en la II Guerra Mundial. Como periodista, fue la primera mujer corresponsal de guerra de Italia.

Cubrió la Guerra de Vietnam, la matanza de Tlatelolco en Méjico (donde resultó herida y se le dio por muerta), y los conflictos entre la India y Pakistán y los de Oriente Medio. 

Sin duda, una mujer de armas tomar.

Por desamor (y probablemente por esa vida tan intensa que llevaba) estuvo un tiempo ingresada en un centro psiquiátrico, pero en una época en la que no tener salud mental estaba bastante estigmatizado, ella lo contaba con tal naturalidad que parecía que había estado en un campamento de verano. Y es que como dice la canción, “lo que opinen los demás está de más”. 

Como escritora vendió veinte millones de ejemplares de sus libros y se hizo famosa por sus beligerantes y polémicas entrevistas a personajes célebres de la época como Husein I de Jordania, Yasser Arafat , Haile Selassie, Federico Fellini, Indira Ghandi, Gadafi,… Dice mucho de su personalidad la entrevista que le hizo al ayatolá Jomeini, al que llamó tirano mientras se quitaba el chador que le obligaron a ponerse para hacer la entrevista….

Es curioso que nadie se acuerde de ella en el contexto actual, pero Oriana nunca gustó ni a la izquierda ni a la derecha. 

Para esta activista y escritora “parece que en los regímenes democráticos se puede decir de todo menos la verdad, porque la verdad atemoriza”.  Como diría una amiga mía a la que siempre le copio la expresión, Oriana vivía “enchufada al polígrafo”. 

La llamaron islamófoba y racista, y si bien es cierto que muchas de sus declaraciones lo eran, Oriana Fallaci no se quiso vestir nunca con el burka de la hipocresía de Occidente. 

Algunos de sus libros fueron censurados en Suecia por su contenido xenófobo, y fue juzgada y absuelta en Francia y condenada in absentia en Suiza precisamente por esos comentarios.  

A pesar de que estoy en total desacuerdo con algunas de sus afirmaciones, como fiel defensora de la libertad de expresión que soy, me niego a que se silencie, y peor aún, que se condene, la opinión de una profesional que conoció la realidad en el terreno, por muy fea que nos parezca. 

Oriana no era de esas personas tan comunes hoy en día que se esconden tras la pantalla del ordenador con un perfil falso para proferir insultos. Oriana firmaba sus libros con su nombre y apellido, y esa valentía la honra. 

A pesar de las múltiples amenazas de muerte que recibía, murió orgullosa porque la mató su propio cáncer de pulmón y no el cáncer de los fundamentalistas que la amenazaban. 

Libertaria de libro, siempre se opuso a los totalitarismos, y saber que su muerte era inminente sólo le afiló la lengua aún más. 

Bravissima Oriana. 

Teresa Pérez

Abogada franco-española y más canaria que el gofio. Amante del arte y el viajar.

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