He de confesar que no ha sido hasta hace más o menos un año y medio cuando empecé a sentir una verdadera preocupación —y también fascinación— por aquellas que lucharon para que los derechos de las mujeres estuvieran a la misma altura que los de los hombres. No como una idea lejana o académica, sino como algo que, de pronto, me atravesó: leerlas, pensarlas, preguntarme qué parte de mi vida les debo.
Entre todas ellas apareció Virginia Woolf. Me sumergí en su biografía y me apenó conocer lo trágica que fue su muerte, lo incomprendida que debió de sentirse en tantas ocasiones y lo querida que ha sido de forma póstuma, como ocurre con tantos artistas. Pensé en lo injusto que es no llegar a ver el alcance de tu propia voz.
Una de mis mejores amigas me regaló por mi cumpleaños Una habitación propia. Y lo digo con convicción: me maravilló leer esas páginas escritas por una mujer del siglo pasado, en un tiempo en el que muchas mujeres no se atrevían a pensar —ni mucho menos a decir en voz alta— cosas que hoy, para muchas de nosotras, forman parte de nuestra realidad cotidiana. Una realidad relativamente acomodada, relativamente respetada. Digo relativamente porque, al leerla, empecé a preguntarme cuánta de esa comodidad damos por sentada.
Mientras leía, fui subrayando fragmentos que me llamaron la atención. Algunos me incomodaban; otros me hacían asentir en silencio. Quiero compartirlos aquí, Virginia, contigo y con quienes lean esto para pensarlos juntas.
«Por eso Napoleón y Mussolini han insistido tanto en la inferioridad de las mujeres; porque si no fueran inferiores, ellos dejarían de agrandarse. Eso explica en parte la necesidad que los hombres tienen de las mujeres».
Este fragmento me hizo pensar en cuántas veces, aún hoy, la inferioridad femenina sigue siendo un recurso para sostener egos, estructuras y poderes que se tambalean si nos colocamos al mismo nivel.
«Es asombroso —pensé, mientras me guardaba las monedas en el bolso—, al recordar la amargura de aquellos días, el cambio de ánimo que trae consigo la percepción de una renta fija. Ninguna fuerza en el mundo puede arrebatarme mis quinientas libras».
Aquí entendí algo muy concreto: la libertad no es solo una idea abstracta. Tiene que ver con el dinero, con la estabilidad, con no depender. Y no pude evitar preguntarme: ¿cuántas decisiones de nuestra vida siguen condicionadas por no tener esa renta fija?
«De aquí a cien años —pensé, llegando ya a la puerta de mi casa—, las mujeres habrán dejado de ser el sexo protegido…»
Virginia, al leerte desde el presente, dan ganas de decirte: acertaste en muchas cosas. Pero también de contarte que no todo se cumplió como imaginabas o, al menos, no para todas por igual.
«Sin duda es un eterno misterio que ninguna mujer escribiera una sola palabra de aquella extraordinaria literatura… ¿En qué condiciones vivían las mujeres?»
Esta pregunta sigue resonando. Porque no era falta de talento, era falta de tiempo, de silencio, de espacio, de permiso. En otro pasaje reflexionas —y me haces reflexionar a mí— sobre cómo, si las mujeres existieran únicamente en la literatura, serían heroicas, complejas, sórdidas, apasionadas. Pero en la vida real eran silenciadas, golpeadas, arrastradas. Esa distancia entre la mujer imaginada y la mujer real sigue siendo incómodamente reconocible.
En la vida real, las mujeres eran silenciadas, golpeadas, arrastradas.
También hablas de algo que se ha quedado grabado en mi cabeza: las mujeres que querían escribir debían hacerlo en el salón de su casa, rodeadas de ruido, de interrupciones, de obligaciones. No tenían una habitación propia donde refugiarse. Y, aun así, surgieron grandes obras maestras, muchas de ellas firmadas con nombres de hombre para poder existir.
Y aquí es donde empiezo a hablarte directamente, Virginia. Porque tu ensayo me llevó a preguntarme qué significa hoy, para mí, tener una habitación propia. ¿Es solo un espacio físico? ¿Una puerta que se cierra? ¿O también es tiempo, autonomía, permiso para no estar disponible todo el tiempo para los demás? Creo que lo que nos vienes a decir —entre muchas reflexiones— es que las mujeres necesitamos espacio y recursos para ser libres: una habitación propia y una renta fija que nos permitan crear, pensar, elegir.
No depender. No escondernos. No pedir permiso.
Y me gusta pensar que, pese a todas las dificultades, hubo mujeres valientes. Mujeres que, aun ocultándose, escribieron. Que dijeron lo que pensaban. Que no callaron. Que imaginaron un futuro mejor para todas nosotras. Por eso hoy quiero decirte algo, Virginia: me alegra contarte que muchas mujeres podemos estudiar en universidades, ser doctoras, trabajar en lo que nos gusta, ¡incluso ir al espacio! Que muchas tenemos una renta fija y una habitación propia donde refugiarnos. Pero también quiero decirte que no es un triunfo completo ni definitivo. Que muchas siguen renunciando, cargando, sosteniendo. Que la habitación propia, a veces, sigue siendo prestada, mental o frágil.
Aun así, gracias.
Gracias a ti y a todas las que lucharon antes. Porque, aunque el camino no esté del todo recorrido, hoy sabemos que merecemos ese espacio. Y nadie podrá convencernos de lo contrario.


