Los sismos que sacudieron a Venezuela el pasado junio no fueron solo un fenómeno geológico: fueron el llamado desesperado de auxilio de una madre agotada. Una madre que lo ha dado todo por sus hijos y que ha sido saqueada y vandalizada por los de adentro y los de afuera durante siglos.
Aquel llamado iba dirigido al recurso más valioso que le queda a esa madre: sus hijos. Los que están dentro y sintieron en sus propios cuerpos el temblor y vieron las estructuras desmoronarse a su alrededor… y también los millones que estamos fuera y que, a raíz del sacudón, nos volvimos a conectar —cada uno desde su lugar y su experiencia— con la memoria entrañable de sentirnos profundamente venezolanos.
En mi trabajo y en mi vida, la maternidad y las historias de parto me hablan de una forma muy especial. En ellas encuentro mensajes únicos sobre el camino transformador que se abre para una mujer al prestar su cuerpo para dar a luz a cada uno de sus hijos. Y en los terremotos de Venezuela pude reconocer precisamente eso: las contracciones finales, dolorosas y profundas, de un parto que se ha extendido por demasiado tiempo y que ha consumido todas las energías de la parturienta.
Venezuela busca parirse de nuevo a sí misma, pero no puede sola.
El país ha atravesado unos pujos que no han dejado a nadie indiferente: ni a los de adentro ni a los de afuera. Ni a venezolanos ni a extranjeros. Es su momento de recibir.
A quienes están dentro les ha correspondido poner el cuerpo, las manos, la acción y la energía vital. A quienes estamos fuera nos corresponde poner la luz, los recursos, las ideas y la red. Y al resto del mundo le corresponde hacer memoria, agradecer y devolver: recordar que Venezuela fue hogar para millones de familias europeas que llegaron huyendo del hambre y de la guerra; fue riqueza energética para decenas de gobiernos y empresas extranjeras durante décadas; y fue también, alguna vez, un faro de prosperidad y democracia en el continente.
El tiempo pasa y hay quienes han buscado seguir aprovechando las grietas para continuar explotando una tierra que no da más de sí. Pero el llamado a hacerle una ofrenda, un reconocimiento y devolverle todo lo que un día entregó sigue y seguirá vigente. Como ocurre con cualquier madre en posparto, hoy Venezuela no necesita que la juzguen ni que la expriman; necesita que todos quienes la aprecian o han recibido algo de ella se acerquen y le ofrezcan compañía, escucha, nutrición y contención.

