Todo empezó con una camiseta de Lucía Be. Fue amor a primera vista. Rojo sobre blanco en el frente, con letras bien claras: Soy una señora.
Hacía ya mucho tiempo que había sufrido aquel primer ataque. Un chaval con la cara cubierta de acné se dirigió a mí —vaya usted a saber por qué— como señora, «sin ser yo nada de eso», que diría la vecina de Valencia. Aquello dolió, no lo negaré. Me sentía lozana, con las carnes aún prietas y la cabeza a por uvas. «Mierda de niño», pensé. Y seguí con mi alegre vida de Peter Pan.
Llegaron los cuarenta, vi la luz y decidí ser madre. A todo llego tarde, ya veis, pero soy caballo ganador. Con mi churumbela a cuestas seguía viéndome joven. La maternidad me sentó bien, sacó lo mejor de mí y se tragó lo que sobraba. Pero instauró ya el tratamiento: señora. En el médico, en la guardería, en el mercado, en todas partes. Me daban ganas de sacar el libro de familia para demostrar que seguía soltera y aún me correspondía el diminutivo.
Con mi consabida lentitud, apareció el amor con letras grandes de neón y me casé. No había escapatoria, edad y estado civil se confabulaban para colgarme el maldito sustantivo con todas las letras: s-e-ñ-o-r-a.
Sobre mí cayó esa imagen trasnochada de maruja con el pelo cardado y su rebequita con los brazos cruzados bajo el pecho. Si me mantenía en forma, con la melena alisada y mis ganas de disfrutar firmes. Hasta que me miré mejor. ¿Qué pensaba que era una señora? Una persona de cierta edad, como recoge en una de sus acepciones el DLE. Pues, efectivamente, ya tenía una edad bastante respetable. También era responsable de una familia y estaba dedicada a mi hogar. Vamos, un ama de casa… una maruja, mal dicho. ¿Qué me molestaba entonces? Ahí radicaba el prejuicio.
A diferencia de señor, el molesto apelativo de señora no tenía esa connotación de respetabilidad, salvo que, como define el diccionario, gobernara en un ámbito determinado, me sirviera un criado u ostentara cierta categoría social. Por lo que sea (complétese la explicación con cualquier influencia machista*), a señora le hemos dado un sentido peyorativo, degradante, incluso. Y no debería ser así, por supuesto que no.
Señora es una mujer con dignidad, con derechos y obligaciones, con la invidualidad propia de cualquier ser humano. Y con la cabeza bien alta. Igual que una señorita, independientemente de la edad o el estado civil. Deberíamos dejar de asociarla a una mujer mayor y con menopausia (de eso os hablaré otro día) que nos infunde cierta condescendencia.
Señora es una mujer con dignidad, con derechos y obligaciones, con la invidualidad propia de cualquier ser humano.
Así que, esa camiseta de la que hablaba al principio me abrió los ojos, y con ella he bailado y berreado en conciertos de rock pasados los cincuenta años. Porque, no sé si lo he dicho, SOY UNA SEÑORA y orgullosa de serlo. ¡Que le den a los prejuicios y al edadismo!*
*Sigamos avanzando cada Día de la Mujer.


Me ha encantado esta descripción de la palabra “señora” y de como lo explica su autora. Enhorabuena 👏 👏👏
Gracias, el sentido de las palabras depende de la intención con que se digan.
Lo que eres es una magnífica señora, que falta el adjetivo!!
Gracias por el piropo a nuestra redactora 🙂
Jajaja! Se pueden aplicar múltiples adjetivos, todo depende del momento 😉
Es la definición que deberíamos darle y quitarnos de tonterías. Mil gracias 🙂